9 · Semana de agua
El asistente trae el agua en una botella. Carlos, que ha dejado la palangana sobre la mesa, espera a que vuelva con el resto; el hombre pone el tapón al lado y aguarda una orden. Eso es todo. Hay que hervir la destinada a los enfermos y el fogón no da abasto.
—Para afeitarme bastará —dice Carlos.
Vierte menos de la mitad. Al inclinar la botella ve, a través del vidrio, la manga remangada del asistente y una gota que le baja desde el codo.
Llueve desde hace una semana, con interrupciones que apenas sirven para salir a recoger lo que otra ráfaga ha derribado.
El cuarto huele a lana mojada y al petróleo de la lámpara del corredor; cuando se abre la puerta, entra además el olor agrio de las camas colocadas al fondo.
Ha pedido que las retiren de allí. Todavía no hay dónde ponerlas.
En el patio, un soldado en camiseta se echa un cubo por encima y grita una palabra que las tejas vuelven incomprensible.
Otro ha tendido su pantalón sobre una caja, bajo el alero, y lo cambia de sitio cada vez que gotea una juntura.
Aún es de noche. La lluvia reúne en una sola extensión oscura el terreno que durante el día se divide entre paso, cuneta y pequeño huerto; solo el borde de una pila, al recibir la luz de la puerta, permite saber dónde termina el patio.
Del otro lado, entre los troncos, cuelga una camisa a la que nadie ha salido a buscar.
Las mangas se hinchan, chocan una contra otra y vuelven a caer con una pesadez que Carlos siente en sus propios hombros.
Se frota el cuello. Las costuras de la guerrera le han dejado la piel sensible.
La disentería sigue añadiendo nombres a las relaciones de enfermos.
El día anterior ha visto llegar de un puesto a dos hombres que se turnaban para llevar un fusil, porque quien lo cargaba necesitaba detenerse y el otro aprovechaba la parada para alejarse hacia la zanja.
Al entrar les han pedido que enderecen la formación.
Eran dos. El cabo ha retirado la orden mientras ellos procuraban obedecerla.
Carlos recuerda el cuidado con que uno se sujetaba el correaje al agacharse; hace dos días constaba disponible para el relevo.
Tendrá que pedir un nuevo estado de enfermos antes de copiar la fuerza de los puestos.
Le gustaría poder vestirse una mañana sin notar primero qué parte del cuerpo le duele.
No un descanso largo: agua abundante, una camisa seca, el tiempo de acabar una cosa.
Le molesta desear tan poco y desearlo con la insistencia que antes reservaba para una noticia de Madrid.
Anoche ha soñado con el ruido de una persiana.
En el sueño sabía qué habitación había detrás; ahora solo conserva las lamas golpeándose y la certeza, perdida al despertar, de que bastaba alargar un brazo para detenerlas.
Mete la mano en el neceser. Encuentra el hueco del espejo roto y, por debajo, la cinta que lo sujetaba al marco.
La aparta. El asistente ha preguntado en las tiendas que aún despachan, sin conseguir otro: en una quedaban peines; de otra se habían llevado hasta el cajón del mostrador.
Ayer Carlos se palpó la mejilla mientras pasaba la navaja. Hoy quiere verse.
Abre el cajón de campaña, junto a la cama, levanta dos prendas dobladas y saca el envoltorio de franela.
La tela conserva, en el interior de cada vuelta, una sequedad que le cuesta encontrar en el resto del cuarto.
Deshace el paquete sobre la cama. Después acerca la vela a la palangana y prueba dónde apoyar el bronce.
El mango resbala en la madera. Carlos coloca detrás el estuche cerrado de la navaja y obtiene una inclinación suficiente.
Su cara aparece completa, más cálida que en el vidrio, con la sombra bajo los ojos acentuada por la luz baja.
Al apartar la vela para que no le moleste, pierde claridad en una mejilla; al traerla de nuevo, el pómulo brilla y el borde de la mandíbula queda oscuro.
Acaba dejando la llama a un lado y agacha la cabeza. Así puede seguir el filo.
El jabón cuesta. Una costra alrededor de la pastilla impide que la brocha levante espuma hasta que la moja por segunda vez.
Carlos trabaja primero el lado izquierdo, estira la piel con dos dedos y da una pasada corta.
La hoja tira de la barba. No puede culpar al espejo: ve el lugar donde debería llevarla y, sin embargo, la mano se resiste a pasar otra vez por allí.
Limpia el filo en el borde de la palangana.
Un pelo queda prendido al metal; lo retira con la brocha.
Cuando alza la cabeza, una claridad cruza la pared, detrás del agua.
Hay un cerco pálido en la cal y, hacia el centro, algo más oscuro que el resto.
Carlos se queda con la navaja abierta. Toma el mango del espejo con la otra mano.
Mueve el codo y el cerco se desplaza hasta cortarse en el borde de una repisa. Lo trae de vuelta.
Tiene que inclinar el espejo para verlo otra vez.
La vela queda ahora más alejada de su cara, casi al extremo de la mesa; su luz llega de lado al disco y sale hacia la pared, donde parece reunirse mal.
Carlos recoge la navaja antes de seguir.
Acerca el candelero. La mancha crece, pierde lo poco que había en ella.
Lo aleja hasta el borde de la tabla y estira el brazo para mantenerlo allí.
Una corriente procedente de la puerta aplasta la llama.
Durante un instante cree distinguir un límite dentro de la claridad; al erguirse la llama, ese límite vuelve a ensancharse.
Pone la mano entre la vela y el disco. El cerco se apaga.
La retira. La cal recibe de nuevo una luz desigual, atravesada por la sombra del pulgar con que sostiene el mango.
Cambia de mano. La sombra se muda de sitio y el resto no termina de ordenarse.
Hay una parte más clara, otra apagada, un borde que podría pertenecer a cualquiera de las dos.
Carlos acerca los ojos a la pared, hasta que su cabeza interrumpe el reflejo. Se aparta con disgusto.
La espuma empieza a secársele junto a la boca.
Vuelve a la mesa y coloca el mango en el mismo punto.
Mide a brazo la separación del candelero, para poder repetirla; adelanta la vela un poco, la retrasa, prueba otra inclinación.
La llama es ancha, se dobla hacia un lado al pasar aire por la ventana, y cuanto más cerca la pone más se deshacen aquellas diferencias.
No obtiene una figura. Tampoco consigue decidir si hay algo que deba obtener.
El agua de la palangana sostiene, mucho más abajo, un temblor pequeño que cada roce de la mesa descompone; al cubrirla con la toalla, ese temblor desaparece y el cerco permanece en la pared.
Alguien llama desde el corredor. Carlos contesta que entren, pero solo vienen a preguntar si deben esperarle para abrir un armario. Dice que no. Mientras oye alejarse las botas, mira la navaja cerrada y advierte cuánto tiempo lleva empleando en aquello.
Gira el objeto sobre la palma. La madreperla recoge la llama en una franja rosada que cruza la roseta central.
Queda el hueco antiguo de una tesela y una grieta cruza el nácar; entre este y la guarnición ve el cerquillo de cobre, una línea oscura allí donde cuesta introducir la uña.
No la introduce. Recorre el borde con la yema, comprueba el arranque del mango y busca el punto donde una pieza abraza a la otra.
Es la atención que presta a un cierre de arma cuando algo no entra como debe: cada unión, la resistencia, el juego que pudiera haber.
El oro está gastado en los sitios que más se tocan.
Debajo asoma la plata, más fría de color; cerca del mango persisten unas marcas apretadas en el bisel.
Carlos acerca la vela. Separa una G, luego cree encontrar una L y una Z entre otras huellas que se han quedado sin borde.
No forman un nombre que conozca. Vuelve el espejo hacia la cara.
El centro permite verse bien cuando sostiene la llama quieta.
Es una pieza vieja, con mejor guarnición de la que hace falta para un cuartel.
Ahora, además, es el único espejo que tiene.
Se moja los dedos, ablanda el jabón seco y alcanza a rasurar un tramo bajo la oreja.
Desde la puerta le anuncian que han llegado los estados que pidió.
El hombre espera con las hojas al abrigo del pecho; lleva un pie descalzo y el otro dentro de una bota sin atar. Carlos mira ese pie y baja la navaja.
—Déjelos en la mesa. Haga que le vean eso.
—Es el zapato, mi teniente coronel.
—Que se lo vean.
Se quita la espuma con la toalla. Deja el bronce en el cajón, tendido cara arriba sobre la franela abierta, con las prendas apartadas hacia el extremo.
No vuelve a envolverlo. Retira una manga que impediría cerrar y baja la tapa; la navaja queda sobre la mesa, fuera de su estuche, hasta que el asistente, al recoger el agua, se la señala.
Carlos la guarda antes de tocar los papeles.
Al anochecer lleva los papeles hasta el puesto donde se reúnen las noticias de la zona.
La calle conserva algo de claridad bajo los aleros, en franjas que no se corresponden con el camino transitable.
Tiene que bajar de una acera, cruzar por detrás de un carro detenido y volver hacia las casas para evitar una corriente que baja de un patio.
Las ruedas del carro se hunden hasta el cubo.
Dentro, protegidos con una estera, hay enseres de cocina y el respaldo de una silla; nadie vigila la carga, pero una cuerda atada a la barandilla de la casa impide que se incline más.