El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 8 · Agua de Carriedo #3
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8 · Agua de Carriedo #3

En otra visita él le muestra un modo de sujetar el asa para que no se abra al llevar peso.

Basilia prueba como le indica, carga la cesta con un pie dentro y observa cómo cede hacia un lado; Anselmo la hace repetir con el apoyo cambiado, hasta que ambos ven dónde habrá que añadir otra vuelta.

Ella pensaba pedirle una reparación rápida.

Acaba agachada en el corredor, separando tiras que juzgaba iguales antes de que él le enseñase a doblarlas.

Le agrada obedecer por una vez a alguien que sabe exactamente lo que le está pidiendo.

Los vecinos dejan comida cuando pueden. Un plato de arroz, un poco de pescado, lo que cabe en una hoja doblada sin perder el jugo por las esquinas.

Anselmo devuelve los recipientes limpios y conserva solo uno.

Distribuye la comida con cuidado, aparta para después una parte que podría acabarse de una vez, pero alguna tarde la dueña se queda junto a él hablando hasta que ambos se la comen.

Basilia oye reír a la mujer desde la escalera.

Al día siguiente, Anselmo continúa trenzando el asa de su cesta.

No le gusta dormir en el corredor. La dueña cuenta que lo molestan los pasos antes de amanecer, la corriente que levanta un borde de la estera, la imposibilidad de dejar algo en el suelo sin tener que retirarlo cuando sube otra persona.

Sin embargo, durante la primera semana no pregunta por el regreso.

Sale a buscar una vara que necesita, lleva sus reparaciones a dos puertas cercanas y vuelve con una moneda que examina sentado, frotando con el pulgar la tierra adherida al canto.

Basilia recoge la ropa que él ha cambiado.

Nadie se ofrece a llevarla con las otras piezas.

Ella tampoco la añade: prepara un lavado aparte, que le cuesta agua y un rato de trabajo cuando ya cree terminada la jornada.

Le irrita el gasto, luego le irrita haberlo contado antes de coger la camisa.

No consigue ser tan distinta de las mujeres que retroceden un poco al pasar como le gustaría imaginar mientras las mira.

La primera vez deja el bulto más lejos de la pierna; a la segunda se descubre haciéndolo otra vez.

Anselmo lo ha visto. Cuando ella vuelve con la ropa seca, espera a que termine de doblarla.

—¿No tienes miedo?

—La lejía mata más que la enfermedad.

Basilia dice lo que necesita poder decir mientras acomoda el último pliegue. No levanta los ojos en busca de aprobación. Anselmo retira la camisa de debajo de su mano para ponerse a comprobar un botón; tarda en pasarlo por el ojal, lo consigue y vuelve a desabrocharlo.

El cuatro de agosto, junto al puesto donde compra arroz, Basilia oye hablar de una oferta para hacer entrar reses: cien pesos cada carabao, ciento cuarenta cada vaca.

Dicen el nombre de Pío del Pilar y discuten quién podrá aceptar aquellas condiciones.

Son animales enteros, todavía sin repartir entre quienes los comerían.

Un hombre calcula de oído lo que podría obtener de uno; otro le recuerda todo lo que ha olvidado descontar.

Basilia espera a que terminen para preguntar su precio.

Esta semana recibe menos arroz por los mismos treinta céntimos.

Al llegar escribe la cantidad nueva. La mancha de aceite ha atravesado otra hoja y transparenta una cifra de mayo debajo de la de agosto.

Tiene que levantar el papel para distinguirlas.

En el corredor de la vecina queda una cesta reparada que su dueña no ha venido a recoger; prometió comida por el trabajo y lleva dos días sin aparecer.

Anselmo cumple tres semanas en Tondo el nueve de agosto.

Ese día decide volver. La mujer que lo aloja le ha mostrado lo que queda en la olla; él termina el asa pendiente, pone las herramientas dentro de su paquete y dobla la estera sin esperar a que ella vuelva a decirle nada.

Basilia le lleva una camisa seca. No le ofrece que se quede en su casa.

Le gustaría poder hacerlo sin empezar a contar, detrás de la oferta, los bocados del niño y de su madre; guarda esa vergüenza mientras lo ayuda a ajustar el nudo que ha quedado demasiado cerca de un borde.

Salen después de comer. Anselmo lleva el paquete bajo el brazo y Basilia camina a su lado, sin tocarlo para ayudarlo donde no se lo ha pedido.

Al dejar las calles que conoce mejor, la amplitud entre las casas permite ver el cielo completo y también los charcos que les obligan a desviarse.

Pasan a Santa Cruz. Hacia Mayhaligue, las paredes guardan manchas de humedad a distintas alturas, con una franja más clara debajo de los aleros; un árbol extiende sus ramas por encima de una tapia y deja caer agua sobre una tierra que todavía conserva marcas de ruedas.

En San Lázaro hay alguien trabajando junto a la entrada.

Más adentro cruza un religioso. Anselmo se detiene para cambiar el paquete de brazo y da su nombre al hombre que sale a recibirlo; Basilia alcanza a oír que habrá que mirar el libro de entradas.

Espera mientras hablan. Nadie le pide que desate el nudo.

Anselmo atraviesa la verja por su pie. Se vuelve un instante para recoger mejor la camisa que asoma del bulto, después continúa hacia donde le han indicado.

Basilia permanece fuera. Mira la tapia, los trozos de cal desprendidos al pie, una veta oscura por donde sigue bajando agua aunque ya ha dejado de llover.

La toca al apartarse para dejar entrar a otra persona. Tiene fresca la punta de los dedos.