8 · Agua de Carriedo #2
Una mujer de Cavite trajo la noticia el veintitrés de junio: había hablado con José allí el día quince.
Basilia le preguntó dos veces por la fecha; eso es lo que conserva, el lugar y un día anterior a la llegada de la mujer.
No convierte en presente, para sí, lo que ya tiene semanas.
Andrés repite la última palabra para poder decirla entera. Después busca otra piedra.
El ocho de julio va a Malate. El sacristán ha hecho llegar aviso de que se suspende la colada y Basilia ha enviado su respuesta con la misma mujer: irá esa mañana, si puede abrirle la sacristía.
Deja al niño con su madre, descose el dobladillo de la saya lo justo para sacar la llave y vuelve a cerrar la abertura. Lleva la cédula y un paño vacío.
Camina por las calles interiores, con gente que transporta bultos hacia el centro y que se aparta al oír pasos apresurados detrás.
Al cruzar el río recibe la anchura del aire sobre la piel sudada; después vuelve el olor de los muros, la tierra removida en los pasos de los carros, una cocina todavía encendida detrás de un portal.
Hacia Ermita disminuyen las tiendas abiertas.
En una casa ve el cielo a través de una parte del tejado que antes cubría un cuarto; en otra, los agujeros de la pared no permiten adivinar qué sigue detrás.
Una mujer saca una silla al patio y le limpia el asiento.
Ese trabajo pequeño le permite a Basilia continuar mirando sin que todas las casas se le vuelvan iguales.
No se acerca a las posiciones del sur. Al llegar a la parroquia encuentra al sacristán ocupado en arrimar una puerta que roza el suelo.
Hay dos personas en la nave. Una espera; la otra recoge de un banco algo envuelto en tela.
Basilia reconoce el paso cubierto, la pared donde solía apoyar el fardo y, junto al patio, una acumulación de fragmentos que nadie ha tenido tiempo de separar.
La claridad entra por sitios nuevos. Se posa sobre una moldura rota, alcanza el pie del armario y deja expuesto un rincón que ella siempre había tenido que examinar acercando la cara.
El sacristán la deja pasar. Conserva su llave; Basilia usa la que acaba de llevar y siente ceder la cerradura antes de tirar de los dos lados del segundo cajón. Aparta el lino, levanta la tabla. Los cuadernos están uno junto al otro.
Suelta una solapa de hule para comprobar el cartón, pasa los dedos por la costura que hizo en casa y vuelve a encajarla.
En el otro libro levanta apenas la tapa: el pliego doblado continúa sujeto por un borde, libre para abrirse sin arrancarlo.
No lo despliega. Comprueba también que el papel guardado en el primer volumen no se haya desplazado y coloca cada libro como estaba, sin poner uno sobre el otro.
El sacristán observa desde la puerta. Basilia no sabe qué explicación le daría si le pidiese llevárselos en ese momento; mientras vuelve a asentar la tabla, le molesta descubrir que había preparado tantas respuestas para una pérdida y ninguna para encontrarlo todo en su sitio.
Desde el armario percibe el patio como una superficie demasiado blanca.
El polvo que ha entrado no está repartido igual: se acumula en los perfiles de la madera, en el borde de una repisa que nadie alcanza al limpiar, mientras el suelo muestra caminos barridos hacia las puertas.
Aún reconoce el olor de la cera debajo del yeso húmedo.
Había temido que el daño le hiciese irreconocible la habitación; lo que encuentra, y le cuesta más mirar, es aquel mismo lugar con pequeñas partes ausentes, una esquina de baldosa, el extremo de una moldura, cosas que antes nunca había necesitado recordar enteras.
Devuelve la ropa a su disposición anterior. Cierra y guarda la llave. El paño sigue vacío cuando sale.
Regresa andando por el mismo recorrido. Se sienta una sola vez, donde un alero permite descansar sin estorbar una entrada, y descubre polvo claro en el borde de la saya. Lo sacude con la palma. En casa vuelve a coser la llave.
El diecinueve de julio llega un hombre al corredor de una vecina de Tondo.
Se llama Anselmo Dimaano y ha salido de San Lázaro.
Basilia lo sabe por la dueña, que le ha permitido quedarse junto a una pared, detrás de un cesto grande puesto de lado para librarlo del viento de la escalera.
Tiene una estera, una muda y un pequeño paquete de herramientas.
En el hospital reparaba cestas; empieza por la que hace de resguardo, porque el borde roto le engancha la ropa cada vez que se levanta.
Al principio Basilia lo ve desde su puerta.
Anselmo sujeta el aro entre los pies, humedece una tira, busca el lugar por donde debe pasarla.
Hay movimientos que no consigue hacer con la punta de los dedos; entonces cambia la pieza de sitio, aprieta con la base de la mano y vuelve a probar desde otro ángulo.
Trabaja despacio, con una atención que no necesita que nadie permanezca mirándolo.
Cuando una mujer se queda demasiado cerca, él levanta el cesto y se lo pone en las manos para que sostenga el otro borde.
Basilia lleva un día dos camisas gastadas.
Anselmo las recibe con un gesto de extrañeza hasta que ella señala las costuras abiertas: quiere saber si le servirán una vez remendadas.
El hombre elige una y le devuelve la otra.
Es demasiado estrecha. A Basilia le hace bien que no la acepte; había llegado dispuesta a soportar un agradecimiento y ahora tiene que buscar una camisa de otra talla.