8 · Agua de Carriedo
Basilia pide que le enseñen el fondo de la medida.
El vendedor levanta el recipiente, lo sacude y vuelve a llenarlo de arroz hasta el borde, con una indignación que no le impide conservar, entre los dedos, los granos que sobresalen.
Ella espera a que abra la mano. Es cuatro de julio; por la misma cantidad que lleva comprando desde mayo tiene que entregar ahora dos monedas más, y el hombre se ofende como si aquella diferencia fuese un beneficio que solo hubiera obtenido Basilia.
En el mercado quedan abiertos los pasillos, aunque ciertos puestos han encogido hacia su pared y ofrecen, sobre una superficie demasiado grande, tres montones de pescado, una cesta de raíces, una balanza cuyo platillo vacío se mueve cuando alguien pasa rozándolo.
Las lluvias han lavado el polvo de las cubiertas; por debajo persiste una humedad tibia que junta el olor de las hojas pisadas con el del pescado abierto y el humo de los fogones.
Donde se termina el techado, una franja de sol alcanza el barro sin secarlo.
Los compradores la cruzan levantando apenas los pies; después, en la sombra, cada huella conserva un pequeño brillo.
Basilia conoce una mesa donde había harina en mayo.
La dueña empezó por esconder los sacos, luego por decir que no quedaban, hasta que un cliente dispuesto a pagar el doble consiguió que apareciera uno detrás de una cortina.
Lo mismo se oye del petróleo. Ahora hay quien trae una botella vacía y se queda hablando con ella en la mano, sin decidirse a pagar por el poco líquido que necesita para alumbrar la cena.
Basilia deja su propia botella dentro de la cesta.
—Treinta de arroz y cuatro de sal. Son treinta y cuatro. De cincuenta me devuelve dieciséis.
El hombre le pone catorce en la palma. Ella no la cierra.
—Dieciséis.
Busca las otras dos monedas debajo del mostrador.
Una mujer que espera detrás dice que a ese precio el arroz debería venir ya cocido; el vendedor responde que puede prestarle el fuego si trae también la olla.
Basilia sonríe mientras sujeta el envoltorio.
Le gusta que la mujer no se marche enfadada, que aún puedan discutir por algo que no exija bajar la voz.
Al salir siente la poca cantidad contra el brazo.
Se detiene para cambiar la cesta de lado, aunque pesa menos que otras veces.
Ha conservado dieciséis céntimos: doce para dos cubos de agua, cuatro que no sabe todavía en qué tendrá que gastar.
La harina no figura en la cuenta ni ocupa un hueco en la cesta.
Desde el veintinueve de junio falta el agua de Carriedo en el grifo al que acude.
La primera mañana lo abrió despacio, después hasta donde cedía, porque le pareció que debía de haber alguna posición intermedia que permitiese pasar el agua.
Oyó un ruido dentro del caño. Puso la mano debajo.
Quienes aguardaban tras ella se acercaron lo suficiente para que no pudiera volverse con su cubo, y durante un rato todos escucharon aquel conducto vacío como si alguien estuviera trabajando al otro extremo.
Antes del corte, el agua tenía para ella diferencias que no dependían del precio: la primera, tibia en el conducto, la que venía después y enfriaba poco a poco la pared del recipiente, la que se escapaba por encima cuando alguien la llamaba y debía cerrar a toda prisa.
Había lavado el suelo con esos derrames, aprovechado el sobrante para una pieza pequeña, reprendido a Andrés por meter ambas manos en el cubo limpio.
Ahora le vuelve la imagen del agua cayendo por fuera y siente una cólera desproporcionada contra la mujer que había sido antes del corte, como si aquella mujer hubiese podido guardar también el descuido, llevarlo cerrado hasta esta mañana.
Tiene que dejar de recordar para poder levantar el recipiente.
Le dijeron que habían cortado el abastecimiento. También nombraron Santolan, las bombas, un depósito alejado que Basilia no había visto nunca. A ella le faltaba el agua a la distancia exacta de su brazo.
Los aguadores suben de la ribera con los cubos suspendidos y cruzan la calle buscando las tablas firmes.
El que llega a su puerta el cuatro de julio se detiene antes del último peldaño; carga el peso de un lado al otro, espera a que Basilia le acerque la vasija y vierte con una lentitud que le permite conservar unas gotas en el fondo.
Ella se las hace echar también. Ha visto de dónde toma el agua.
En la superficie que acaba de recibir flota un trozo de hoja y, cuando remueve para repartirla, aparece una turbiedad que no se parecía a nada mientras el cubo permanecía quieto.
No la mezcla con el agua reservada para beber.
Hace lo que puede con los recipientes de la casa, cambia tapas de sitio, levanta uno para saber cuánto queda y vuelve a ponerlo en el suelo con mayor cuidado del necesario.
En el patio, otras mujeres recogen la lluvia cuando llega; los paños se empapan entonces sin que nadie quiera lavarlos, y al día siguiente, si el cielo se abre, hay que pagar otra vez por llenar la batea.
Basilia necesita los cubos a una hora, una cantidad de agua que pueda contar antes de aceptar ropa.
El chaparrón de la tarde no le devuelve una mañana perdida.
Lava cuatro camisas en lugar de ocho. Reserva una parte del segundo cubo para aclarar la última y descubre, demasiado tarde, que ha gastado más en la tercera.
La tela se abre entre sus manos con la docilidad de siempre; conoce las zonas donde guarda el sudor, sabe cuánto puede frotar un cuello antes de empezar a romperlo, pero al tender las camisas, una al lado de otra, el blanco tiene una sombra que no se irá cuando se sequen.
Mueve la cuerda hacia la luz. La sombra sigue allí.
Le da vergüenza llevárselas a la dueña. Piensa en decirle cuánto ha pagado por el agua, explicárselo antes de abrir el fardo, y enseguida comprende que la mujer verá las mismas camisas después de escucharla.
Casi agradece que su madre no esté mirando.
Si le dijese que ha hecho cuanto podía, tendría que discutir con ella o aceptar una consolación que no deja el lino más limpio.
En la casa guarda un cuaderno de estraza cosido por el lomo.
Tiene una mancha de aceite junto a la primera columna; ciertas cifras escritas encima tardan más en secarse y hay que apoyar el secante sin frotar.
Lo abrió en julio de 1893. Cinco años de arroz, carbón, jabón, viajes, cantidades pequeñas que a veces deben trasladarse dos páginas para encontrar sitio al final del mes.
Escribe los treinta céntimos, los cuatro, los doce.
Suma cuarenta y seis. Debajo apunta que ha entregado cuatro camisas con un aclarado menos, las primeras que devuelve a sabiendas de que no están bien.
No les cobra lo mismo. La rebaja ocupa otro renglón.
Andrés la observa desde el corredor, sentado en el sitio donde las tablas no dan una astilla al que desliza la mano.
Cumplió cuatro años en abril y tiene dos chinelas que ya no se pone al revés, aunque a veces insiste en intercambiarlas para ver si su madre lo advierte.
Ha dispuesto una fila de piedrecitas junto al borde y espera a que ella termine; cuando una cae entre las tablas, mete un dedo en la ranura, abre la boca por el esfuerzo y acaba dejando el hueco sin cubrir.
En la calle hay una carreta detenida desde hace tanto que el niño la considera parte de lo que puede mirar.
Se fija en una vuelta de la rueda, en la cuerda que cuelga del eje, en el espacio fresco donde el perro de los vecinos se ha echado.
Antes habría bajado dos veces a preguntarle al dueño cuándo se marcha.
Ahora aprende a distinguir los momentos en que Basilia necesita que se quede sentado, y ella siente alivio al verlo obedecer, seguido de una tristeza irritante que no sabe contra quién dirigir.
Querría celebrarle algo más que su capacidad de esperar.
A veces lo sienta a su lado y le deja pasar la hebra gruesa por un retal donde ha preparado agujeros.
El niño tira desde demasiado lejos, enreda el hilo alrededor de la muñeca, necesita que ella deshaga lo que acaba de enseñarle; ocupa más tiempo que si estuviera jugando solo, pero Basilia disfruta al verlo impaciente por terminar algo suyo.
Hoy no le da la labor. Conserva las manos apoyadas sobre el cuaderno hasta que Andrés vuelve a empujar una piedra y el sonido seco le permite reanudar la suma.
La madre de Basilia vuelve con un cesto vacío.
Andrés se levanta para enseñarle las piedras; la abuela lo escucha, corrige el asiento de una chinela y se pone a separar las hojas que servirán todavía para envolver.
Cada una conserva una humedad distinta. El corredor recibe el aire de la calle a través de los listones, pero no consigue expulsar el olor del jabón ni el calor que sube de abajo, donde se han juntado tablas, cañas y los recipientes que nadie tira porque un día pueden hacer falta.
Basilia contempla aquel espacio que José prometió ordenar.
No recuerda ya si lo prometió dos veces o si ella ha repetido la primera tantas veces que le parece haberlo oído más.
Le gustaría encontrarlo levantando una tabla, pedirle que no obstruyera la escalera, enfadarse con él por algo que ambos pudiesen corregir antes de acostarse.
Hay noches en que el cuerpo reclama primero su peso al lado, el roce de una rodilla, y solo después llega el pensamiento de que podría estar herido.
Se avergüenza de ese orden. Otras noches se enfada por sentir vergüenza de echarlo de menos de una manera que también le pertenece.
—¿Dónde está padre?
Andrés ha dejado de ordenar piedras. La pregunta le llega desde tan cerca que Basilia tarda en apartar la mano del cuaderno.
—En San Francisco de Malabón.