El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 7 · Bajo la protección
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7 · Bajo la protección

La carpeta llega atada con una cinta que ha desteñido sobre el papel.

Carlos deshace el nudo sin cortarlo, aparta la hoja de remisión y busca debajo algo dirigido a él; durante unos segundos mantiene alzado el pequeño montón, como si pudiera haberse adherido una carta al fondo.

Solo hay oficios. El ordenanza espera junto a la puerta con la mano abierta para llevarse el recibí.

Es mayo. En la mesa de Cabildo, la respuesta a Concepción lleva nueve días dentro de un sobre sin cerrar.

Carlos la ha entregado una vez y ha vuelto a recibirla, junto con la noticia de que el hombre que debía llevarla al embarcadero no ha conseguido hacerla admitir a bordo.

La fecha sigue siendo buena; ha dejado de serlo la frase donde promete escribir la semana siguiente.

La cubre con el pulgar mientras busca sitio para la carpeta.

La habitación tiene un olor a cola húmeda que procede de los sobres almacenados en el armario.

A la altura de la calle pasan voces, pasos, una rueda que encuentra el desnivel de siempre; por encima, en los pequeños cuadros del capiz, la claridad permanece inmóvil.

Carlos acerca la mesa a esa luz. No la necesita para leer el encabezamiento, pero sí para distinguir dos cifras que el sello de entrada ha unido bajo una mancha violeta.

La fecha corrida invade el margen. En cambio, las líneas del cuerpo están separadas con una limpieza poco habitual: una hora queda debajo de otra, y cada noticia conserva el nombre de quien la comunica.

Está bien escrito. Carlos devuelve el recibí, retiene el secante antes de que una corriente lo levante y alisa los dos dobleces del pliego. Puede encontrar un dato sin atravesar primero todas las explicaciones de quien lo envía.

I. Carpeta de Marina. Relación de noticias del combate del 1 de mayo. Copia de trabajo recibida en mayo.

Se ordenan por separado las noticias de la escuadra y las del arsenal, con objeto de evitar que la terminación del fuego se tome por fecha de entrega de todas las dependencias.

Del parte del contralmirante Montojo se extrae la pérdida de los buques y la inutilización de la fuerza que tenía a su mando en Cavite.

La suma de muertos y heridos que comunica asciende a trescientos ochenta y uno, comprendido el personal del arsenal.

Faltan los estados por unidades y la relación que separe muertos y heridos.

Se piden para concluir el despacho de las listas de personal; entre tanto, los nombres comunicados por cada dependencia quedan a cargo de ella.

Hay familiares que han preguntado sin obtener respuesta.

De las noticias atribuidas al parte de Dewey, fechado el 4 de mayo, se asientan los siguientes extremos: la escuadra americana abrió el fuego a las cinco y cuarenta y un minutos de la mañana; después de interrumpir la acción, volvió a ella, y el fuego cesó a las doce y media.

A las doce y cuarenta emprendió el regreso hacia Manila.

A esa hora corresponde el movimiento de regreso; la entrega del arsenal figura más abajo, sin hora asentada.

En el mismo parte se declaran siete heridos leves y ningún muerto en la escuadra americana.

Su autor no da por conocidas las pérdidas de la fuerza contraria.

Se solicita que el traslado de esta noticia llegue a los puestos con indicación de su procedencia.

Continúa pendiente la relación nominal española; no se demorará su envío para reunir todos los partes.

El McCulloch no se incluirá en la relación de los seis buques que hicieron las pasadas de combate. Su presencia en la bahía y el servicio prestado por él se harán constar separadamente, a fin de no trasladar al estado de combate la mera enumeración de embarcaciones.

Acerca del arsenal se tienen noticias de bandera blanca y parlamento el día primero, y una comunicación de Dewey fecha en el día tres la toma de posesión.

No consta en los papeles unidos a esta carpeta una hora que permita convertir esos actos en una sola diligencia.

Queda abierta la anotación de entrega hasta que se reciba copia con fecha, autoridad y dependencias comprendidas.

Se solicita que las relaciones posteriores expresen si incluyen personal de tierra, hospitalizados o desaparecidos que hayan regresado a sus destinos.

Las rectificaciones se remitirán en cuanto se conozcan.

Hacen falta los nombres de quienes estén en condiciones de reincorporarse y los de aquellos cuyo traslado requiera camilla, para pedir medios antes de comunicar la salida.

Con las noticias de embarcaciones se formará una hoja separada de las de personal. Las hojas que lleguen sin firma quedarán unidas a su remisión hasta que pueda reconocerse quién responde de ellas.

Sello de entrada. Fecha corrida sobre la última cifra del día.

En julio hay camas en lugares de la casa donde antes se podía pasar llevando una bandeja.

Han llegado oficiales que se alojaban en Ermita y Malate, y sus baúles esperan bajo la escalera porque arriba no queda pared suficiente para ponerlos sin tapar una puerta.

Carlos encuentra un sable apoyado en su cómoda.

Alguien ha retirado el vaso donde dejaba el cepillo de dientes y lo ha colocado detrás del bronce, cuya cara sigue vuelta hacia el muro.

Para recuperarlo tiene que levantar la pieza con ambas manos.

El asistente le pregunta si también eso ha de ir a Malate.

Carlos lo sostiene todavía. La marca clara que deja sobre la madera muestra cuánto tiempo lleva en el mismo sitio; el polvo se ha detenido alrededor del pie, formando un borde que el paño de limpiar no ha alcanzado.

Abre el cajón, saca la franela y la extiende sobre la cama que esa noche ocupará otro.

Una hebilla del equipaje ajeno ha enganchado la colcha.

La desengancha antes de apoyar el espejo.

Sí, también eso.

El cajón de campaña admite la pieza tendida entre ropa doblada, pero la tapa no cierra cuando añade las botas.

Las retira. Retira después una caja de cepillos, prueba con el hombro y vuelve a abrir para que nada cargue directamente sobre el envoltorio.

El asistente aguarda con los cepillos en la mano, sin ofrecer una solución que obligue a empezar de nuevo.

Carlos acaba por entregarle las botas. Irán fuera.

El pequeño espejo de afeitar, el de la jofaina, cabe en el neceser; no hay que buscarle sitio.

La cómoda queda con su rectángulo de polvo interrumpido.

Carlos pasa una vez la palma por encima, se sacude los dedos y recoge los papeles que aún permanecen en la mesa.

La carta ha adquirido una esquina blanda de tanto entrar y salir del sobre.

Añade otra hoja para julio. En el armario encuentra, detrás de un legajo, un cartel plegado cuya tinta le deja una sombra en el índice; lo aparta de la ropa limpia y lo introduce entre dos cartones.

El formulario del telégrafo va con él. Lleva allí desde mayo.

Abajo tienen que inclinar el cajón para salvar el ángulo de la escalera.

Carlos lo ve apoyar en un peldaño y baja dos escalones a la vez, pero el asistente ya ha cambiado la mano.

Entre ambos consiguen girarlo. En el zaguán, uno de los recién llegados reconoce el equipaje y le pregunta si vuelve a Cavite.

Carlos contesta que a Malate. El otro deja de ayudar antes de comprender que la respuesta no pone fin al peso.

Fuera hay luz de lluvia, una blancura extendida que borra los relieves altos y devuelve, en cambio, cada juntura del suelo.

Las ruedas han reunido el barro en bandas paralelas; por ellas corre agua reciente, todavía turbia, que al alcanzar una depresión se aquieta y reproduce una ventana con más nitidez que la propia fachada.

Los hombres buscan el borde seco para cargar.

Carlos mantiene la carpeta bajo la guerrera, contra el cuerpo, mientras el cajón sube al carro y la cuerda se ajusta por encima de la tapa.

La casa queda abierta detrás de él. Desde donde está puede ver el primer tramo de escalera y los equipajes que todavía no han subido; uno tiene atada al asa una etiqueta blanca, vuelta hacia dentro, que un hombre trata de leer sin soltar la carga que lleva en el otro brazo.

Carlos se acerca, le gira la etiqueta y lo ve continuar.

Cuando vuelve al carro, el asistente le ha reservado un lugar junto al cajón.

Debe sentarse de lado. Enfrente, bajo un alero, una mujer recoge agua en una vasija y la aparta cada vez que la corriente arrastra suciedad del tejado.

El recipiente tarda en llenarse. Carlos deja de mirarlo porque ya tienen que salir.

En el camino hacia Malate, las casas van separándose lo bastante para dejar ver, entre sus apoyos, patios hundidos, pilas de madera y tramos de suelo que permanecen oscuros aun cuando el cielo aclara.

Un canal se ensancha donde desemboca una zanja; más allá, una cerca inclinada retiene hojas, una estera rota, pedazos de materia que el agua ha escogido de varias casas.

Desde el carro se percibe por momentos el mar, una superficie pálida sin borde seguro, y luego una hilera de tejados lo oculta de nuevo.

Carlos tiene que sujetarse cada vez que la rueda de su lado baja más que la otra.

El cajón no se mueve. Mira la cuerda para comprobarlo.