El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 6 · Méritos de guerra #3
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6 · Méritos de guerra #3

Señala una maniobra. Carlos aparta la hoja y comprueba las notas.

Tiene razón. Rehace el orden. Al acabar, la corrección enlaza mejor los hechos que su primera versión, y esa mejora le produce el contento pequeño y preciso que conoce desde los estados de fuerza: dos partes antes dispersas encajan sin obligar a una explicación al margen.

El hombre sigue leyendo.

—Ponga que no abandoné al herido.

—Ya consta que lo retiraron.

—Yo me quedé.

Carlos vuelve a tomar la pluma. Durante un momento siente impaciencia; después imagina al hombre aguardando junto a otro al que no puede llevarse solo, oyendo marchar al resto, sin saber cuánto tardará la ayuda.

Añade la espera. El párrafo crece y hay que comenzar más abajo la conclusión. Al pasar a limpio conserva ese detalle.

El pliego recibe dos firmas y se une a un informe favorable.

En ninguno de los dos queda el nombre de quien ha rehecho las frases.

Carlos lo devuelve con la satisfacción de haber prestado un servicio que apenas ha requerido hablar de sí mismo.

Esa tarde, al guardar sus notas, encuentra aún dos versiones de la misma acción y tarda un instante en distinguir cuál es la desechada.

Tres semanas después un compañero redacta su propuesta. Carlos reconoce sostuvo, acierto, cumplimiento, las uniones que permiten llegar sin tropiezo desde el riesgo a la recompensa. Corrige un apellido. La salida de la sección ocupa menos que las fórmulas que la rodean. No solicita que la amplíen.

El empleo de teniente coronel llega en un papel recibido mucho después de la fecha que lleva la concesión.

En la hoja de servicios quedan asentados el empleo y esa fecha; a Carlos le sorprende pensar que durante varias semanas ha sido algo que nadie, ni siquiera él, sabía que era.

Relee la comunicación. Pregunta por los efectos económicos, espera la respuesta y después escribe a Concepción.

Esta vez encuentra deprisa la primera frase.

Vuelve a Manila con unas tercianas que no le permiten contar los días de corrido.

Un día tiembla, al siguiente puede levantarse; cuando empieza a confiar en la mejoría regresa el frío.

Las manos se le quedan heladas bajo la manta.

El asistente trae agua, abre un bastidor, lo cierra porque Carlos se lo pide; poco después debe abrirlo de nuevo.

Desde la cama se oye una rueda pasar por el mismo desnivel de Cabildo, y el golpe, que en una tarde sana apenas llegaría a reconocer, le divide la espera entre un estremecimiento y el siguiente.

En los intervalos baja a la mesa. La habitación conserva a distinta altura olores de ropa usada, comida retirada y madera calentada por el sol.

A través del capiz, las sombras de la calle atraviesan los cuadros claros sin terminar de adquirir figura; Carlos intenta seguir una, pierde el borde y descubre que lleva un rato sin leer.

No sabe si ha dormido. Se incorpora con el disgusto de quien ha desperdiciado tiempo del único día disponible.

Después calcula mal la fuerza de los dedos y vierte agua sobre una carta que aún no ha cerrado.

Necesita que alguien permanezca cerca, aunque le irrita oírlo moverse.

Cuando el asistente sale, presta atención a sus pasos hasta que ya no puede seguirlos.

Piensa en la casa de Madrid, en Concepción apartando un plato para hacerle sitio al niño, y por primera vez en mucho tiempo desea estar allí sin imaginar cómo contaría el viaje.

Querría sentarse. Que otros hablasen un rato.

La idea lo conmueve más de lo que considera razonable y la abandona para comprobar si la tinta de la carta se ha corrido.

En diciembre puede volver al Casino. Se habla del pacto, de los plazos, de las armas que han de entregarse.

Los hombres adelantan sillas, interrumpen una partida, atribuyen a un conocido noticias que otro ha leído ya en el periódico.

Carlos escucha con una fatiga que aún necesita disimular.

Le alegra encontrar las mismas lámparas, el vaso en el mismo sitio, la facilidad con que una conversación puede continuar mientras uno guarda silencio.

—Se acabó —dice un comerciante cuando llega la noticia de la salida de Aguinaldo hacia Hong Kong.

Otro empieza a calcular los fletes. Carlos pide que le acerquen las cartas.

En los últimos días del año un periodista de La Voz Española va a verlo para preguntarle por Cavite.

Trae un lápiz corto y dobla la hoja de escribir por la mitad antes de apoyarla en la mesa.

Quiere nombres, un lugar, algo que pueda contarse sin la extensión de un parte.

Carlos empieza por el camino. Explica el bambú, el recodo donde se hallaba, la sección que no conseguía volver.

El periodista asiente y le pide que vaya más despacio al llegar a la acequia.

—Yo les indiqué la salida.

El lápiz corre. Carlos mira la línea que acaba de escribir el otro y añade:

—Los conduje por allí.

Cuando recibe el periódico, el papel deja en los dedos un polvo tenue de tinta. La gacetilla ocupa parte de una de las tres columnas, bajo un título en cursiva. Carlos corta el recuadro por fuera de la línea y lo coloca dentro de la carta para Concepción.