6 · Méritos de guerra #2
Con las lluvias cambian los caminos que creía conocer.
La tierra se desprende de un borde, aparecen bajadas nuevas para evitar un tramo hundido, el agua corre por la huella de las ruedas y obliga a andar sobre lo que antes parecía maleza inútil.
Los hombres aprenden dónde guardar un poco de yesca seca.
José lleva el cuaderno envuelto dentro de la ropa y lo saca apenas lo justo; las cuentas se hacen más breves, algunas quedan en la memoria hasta que encuentra una superficie donde apoyar la mano.
Sigue con gente de las partidas de Cavite.
De Noriel oye órdenes, movimientos, versiones que no llegan juntas.
Ha dejado de esperar que una noticia alcance a todos al mismo tiempo.
En diciembre le hablan de Biak-na-Bató, de Paterno y de un acuerdo con Primo de Rivera.
Los números llegan mejor que las condiciones: ochocientos mil pesos mexicanos, cuatrocientos mil al salir Aguinaldo, doscientos mil cuando se entreguen ochocientos fusiles y otros doscientos mil al alcanzarse la entrega de mil.
José los copia en una hoja que le piden leer a varios hombres.
Uno quiere saber cuántas armas deben quedar mientras se espera; otro pregunta quién recibirá lo que les corresponde. No tienen delante el texto del acuerdo.
Al acabar el mes corre la noticia de que Aguinaldo ha salido hacia Hong Kong. Alguien ha visto, dice, el vapor. El encargado de conseguir arroz escucha a los que discuten cuánto tardará en notarse la paz y se vuelve hacia los sacos.
—Aquí se acabó el dinero.
José le pregunta cuánto queda por pagar. El hombre se sienta a su lado y empieza por el transporte.
En febrero de 1897, la orden de marcha obliga a Carlos a decidir qué cabe en un equipaje que ahora deberá poder levantar sin ayuda.
Ha pedido salir de las oficinas. Cuando el destino llega, siente la satisfacción que esperaba y una resistencia pequeña, casi ridícula, a abandonar la mesa donde ya sabe encontrar las cosas.
Deja separados los asuntos pendientes. Vuelve a explicar al escribiente cuál necesita respuesta antes del siguiente correo.
Por la noche se sorprende preguntándose quién utilizará su silla.
En la campaña de Cavite, bajo el mando de Lachambre, aprende a leer los nombres que había visto en los partes sobre superficies que no se parecen a un mapa.
Silang tiene pendientes que obligan a cortar una formación; hacia Pérez Dasmariñas, los pasos entre tierras de cultivo se estrechan donde nadie ha previsto que deban caber a la vez hombres, cargas y animales.
En febrero el polvo blanquea los bajos de las cañas y queda prendido a las hojas como una segunda piel sin brillo.
Al fondo, la línea de un barranco desaparece detrás de los árboles y Carlos la supone más próxima de lo que está.
Tienen que seguir andando mucho después de que le parezca necesario haber llegado.
El agua de la cantimplora se entibia. Dos raciones pesan poco al salir y demasiado cuando ha pasado una hora; la manta se desata por un extremo, el correaje encuentra un punto nuevo donde morder y el uniforme conserva debajo de la manga una humedad que no alcanza a secarse en los altos.
Carlos observa los pies de los hombres cuando descansan.
A quienes se quitan las botas les cuesta volver a calzarse.
Uno deja un cordón abierto y procura que no se note al levantarse.
El comandante lo ve y no dice nada: dentro de poco habrá otra parada.
En los pueblos encuentra viviendas de las que se han llevado lo pequeño.
Quedan un arcón que nadie pudo cargar, una piedra sobre una tabla, una puerta cuya hoja golpea cada vez que el aire atraviesa la casa.
Entra con cuidado porque ignora qué podrá ceder bajo su peso.
A veces hay comida derramada junto a un fogón; otras, la limpieza de un rincón revela que alguien ha tenido tiempo de barrer antes de irse.
Esa atención lo desconcierta. Desde Madrid, antes de embarcar, había pensado en los lugares que conocería como si bastase llegar para encontrarlos dispuestos a ser vistos.
Ahora debe atravesarlos con las armas, averiguar si hay agua y marcharse sin haber sabido quién mantenía limpio aquel suelo.
Hay disentería. Los enfermos tratan de quedarse cerca del camino y terminan ocultándose más lejos de lo que pueden desandar sin ayuda.
Llegan tarde a los recuentos, reciben una voz áspera, explican lo mismo otra vez.
Carlos pone dos nombres en una relación de evacuación y tiene que añadir un tercero antes de que salga.
En la siguiente jornada reconoce a uno de los hombres por el modo de sostenerse el pantalón.
Le había preguntado de qué pueblo era. Ya no lo recuerda y le molesta tener que volver a preguntarlo.
Las noticias domésticas llevan consigo otro calendario.
Concepción escribe de gastos pagados en invierno y él recibe la carta cuando el calor ha vuelto casi inverosímil la habitación donde ella debe de haberla escrito.
El niño ha crecido. Esa frase le alegra y lo irrita por su insuficiencia: quiere saber cuánto, dónde le llega ahora la cabeza si se coloca junto a la mesa, qué movimiento hace al correr que antes no hacía.
Le pide que lo mida. Después piensa que la petición parece una inspección y añade algo sobre un juguete que el niño ha roto, aunque apenas recuerda la forma del juguete.
En un camino entre bambúes una sección queda cortada del resto por los disparos y el desnivel.
Carlos, protegido por un recodo, distingue un paso junto a la acequia y hace llegar la indicación al oficial.
Los hombres salen por allí, agachados, mientras él permanece en su sitio.
La acción dura dos horas y, al terminar, todavía esperan que alguien les diga si pueden recoger lo que han dejado atrás.
Durante días recuerda una caña hendida a la altura de su cara.
Cada vez que intenta ordenar lo ocurrido, vuelve a ver ese corte claro, la fibra levantada, el tallo moviéndose aunque el aire parecía quieto.
No lo incluye en el parte. Ha dado una indicación útil; los nombres de los que la siguieron constan en otra relación.
Cuando le preguntan, explica dónde estaba el paso.
Con la mano lo señala todavía, incluso dentro de una habitación.
Semanas después tiene delante una propuesta de recompensa para otro oficial.
Le han pedido que la redacte porque sabe disponer los antecedentes.
Sobre la mesa hay un informe breve, varias notas y un pliego en el que ya ha empezado a escribir la filiación; la ventana permanece abierta y una hoja se levanta cada vez que alguien cruza el corredor.
Carlos la sujeta con el secante. El oficial de quien se trata está sentado enfrente y mantiene el sombrero sobre las rodillas.
—¿Cuánto tiempo estuvieron allí?
El hombre calcula. Carlos necesita una duración que quepa en la frase y recibe una relación de esperas: primero faltaba quien diese la orden, después no sabían si el camino seguía libre, luego uno de los heridos no podía incorporarse.
Mientras lo escucha, va buscando qué enlace permitirá pasar del comienzo al resultado sin que parezca que nadie decidió nada.
Escribe que sostuvo la posición. La expresión admite todo aquel tiempo.
—Lea —dice, girando la hoja.
El oficial se inclina. Carlos lo observa mover los labios al llegar a una palabra, volver al principio y proseguir con mayor rapidez.
Sobre el corredor cae una lluvia breve que oscurece las tablas del alero.
Los hombres que pasaban se detienen allí; sus voces entran ahora de forma continua y Carlos levanta la cabeza hasta que bajan el tono.
—Eso fue después —dice el otro.