6 · Méritos de guerra
José aprende a contar los hombres por lo que les falta.
Si pide cinco para llevar arroz, debe preguntar también cuántos tienen sandalias; si le responden que los cinco, todavía conviene saber cuántas sandalias tienen entre todos.
Uno se ofrece a ir descalzo y se ríe del cuidado con que José anota su nombre.
Al regreso trae abierto el talón. Durante varios días habrá que llevarle el arroz a él.
En enero, con la gente de Noriel, usa un cuaderno de tapas blandas comprado para la campaña.
Es el tercero. Los dos libros de Europa se han quedado en Malate; recuerda la tabla que los cubre y procura no imaginar una mano levantándola.
En este escribe cantidades, nombres, fechas de entrega.
La primera hoja se curva por la humedad y tiene que sujetarla con el pulgar hasta acabar el renglón.
Le falta una mesa. Cuando consigue una, le falta luz.
Los meses que lo han traído desde Ilaya hasta aquellos caminos no caben en la breve explicación que da al hombre que reparte los turnos.
Sabe escribir, conoce varias casas, puede llevar una cuenta.
Le encargan que la lleve. Al principio siente alivio al recibir una tarea con principio y fin; después descubre que todo vuelve a quedar pendiente cuando falta un saco, cuando el encargado de recogerlo no regresa a la hora prevista o cuando alguien da por pagada una compra que otro considera todavía un préstamo.
José separa columnas. Pide que le repitan las cantidades.
Hay días en que esa voz suya, paciente y algo terca, le parece la última cosa de su vida anterior que sigue obedeciéndolo.
En las cercanías de Silang el terreno obliga a desaparecer.
Un hombre que marcha delante baja dos pasos y se pierde entre los bordes del camino; más allá reaparece la parte alta de su sombrero, seguida por los hombros, mientras una curva devuelve voces de personas a quienes José no alcanza a ver.
Los barrancos tienen paredes oscuras, cortadas por raíces que han quedado al aire, y una vegetación más fresca en el fondo, donde el agua continúa trabajando después de que las superficies altas se hayan secado.
Desde arriba parecen distancias pequeñas.
Abajo hay que buscar dónde poner el pie, pasar una carga, esperar a que el siguiente termine de cruzar.
La columna se alarga sin haber avanzado mucho.
Entre los cafetales quedan pasos que los hombres del lugar encuentran por una abertura apenas distinta de las otras.
José aprende a reconocer los arbustos por la altura a que le rozan el brazo, pero confunde los senderos cuando vuelve por ellos en sentido contrario.
Al salir hacia un claro, la luz le devuelve de golpe el cansancio de los ojos.
Ve tierras trabajadas, lindes, árboles que dan sombra a una casa recogida detrás de su cercado; durante unos instantes le cuesta admitir que allí también hay alguien calculando un gasto doméstico, disgustándose porque una olla se ha roto, esperando que vuelva una persona sin preguntar por qué tarda.
Después llega una orden de seguir y tiene que pensar en el saco que se le desliza del hombro.
Una jornada de tres leguas consume el día.
Paran al cumplirse una hora, o cuando la pendiente ha deshecho el orden y los de delante necesitan reunir a los últimos; al mediodía buscan agua, la esperan, beben demasiado deprisa.
En el grupo donde marcha José hay un fusil para cinco hombres.
Él ha aprendido a reconocer cuál acepta los cartuchos que les traen.
La pólvora de ciertas cargas se apelmaza y el hombre que las prepara las aparta con un enojo silencioso, como si todavía pudiese averiguar quién ha dejado entrar la humedad.
Los demás esperan su turno para tocar el arma.
Quien lleva el arroz protesta porque su carga no se turna.
José escribe por las noches apoyando el cuaderno en las rodillas.
Anota el arroz recibido antes de que se cocine y el que queda después, aunque preferiría omitir la segunda cantidad si es pequeña; sabe que al día siguiente alguien se la pedirá y que entonces la diferencia podrá parecer culpa del que estaba junto a la olla.
Deja un espacio para una entrega sin confirmar.
Ese blanco lo inquieta más que algunas cifras malas.
No puede ir a comprobarlo todo, y cada vez que acepta lo que otro le dice tiene la impresión de estar aprendiendo un oficio distinto de aquel para el que lo buscaron.
Piensa en Basilia cuando hay que recoger la ropa antes de que caiga el relente.
Recuerda cómo dejaba preparadas las piezas pesadas para no tener que sostenerlas mucho rato con un solo brazo; lo prueba con la manta y consigue doblarla mejor.
A Andrés lo recuerda sentado en el suelo, introduciendo un pie en una chinela demasiado grande.
Debe de haber aprendido muchas cosas que él aún no sabe imaginar.
En las cartas que consigue hacer llegar pregunta por el niño, por las manos de ella, por el trabajo.
A veces borra mentalmente una frase antes de escribirla porque contiene una promesa para la que no tiene fecha, y acaba enviando menos de lo que Basilia necesitará leer.
Después lleva durante días la conversación que no ha mandado.
El 24 de marzo recibe un papel fechado el 22.
Le dicen que viene de Tejeros, en San Francisco de Malabón, y el hombre que lo trae añade al leerlo nombres que no están en la hoja: han elegido presidente a Aguinaldo, vicepresidente a Trías; a Bonifacio le ha correspondido el Interior.
José sostiene el papel por un borde para que el otro pueda señalar.
Hay una mancha sobre el nombre de un cargo.
Le piden que haga copia antes de devolverlo.
Lo de Tirona se lo cuentan mientras escribe: que ha reclamado un abogado para el puesto, que Bonifacio ha sacado el revólver, que le han sujetado la mano; que después ha declarado nula la reunión y se ha marchado.
La versión llega entre interrupciones de quien asegura haber oído otra cosa y no estuvo tampoco allí.
José pregunta qué palabras deben pasar a la copia.
Al final deja en su cuaderno la fecha y la noticia de la elección, sin el comentario que ya tenía dispuesto. Dobla el papel para entregarlo.
En mayo llega un arriero cuando están retirando del fuego la última olla. Trae un animal con una rozadura bajo el aparejo y pregunta primero por agua. Uno de los hombres lo ayuda a descargar; al levantar una cuerda, el arriero dice que han matado a Bonifacio.
José tiene en la mano una escudilla vacía.
—¿A cuál?
—A los dos. Andrés y Procopio.
El arriero moja un trapo y se agacha junto al animal.
Dice Maragondon, dice que fue el día diez.
No ha visto los cuerpos. Ha hablado con un hombre que venía de allí y sabe que los habían tenido presos, que hubo juicio.
Cuando le preguntan quién ha dado la orden, levanta los ojos hacia el que sostiene la cuerda y tarda en responder.
—Los nuestros.
Nadie le pide que aclare a quiénes incluye.
José coloca la escudilla en el suelo, demasiado cerca de su pie; se aparta antes de volcarla y esa precaución lo avergüenza.
Alguien sigue removiendo la olla. Se oye el roce de la cuchara contra el fondo, más lento ahora, pero regular.
El arriero vuelve a hablar. Cada pregunta le exige una certeza que no ha traído y él acaba repitiendo que solo sabe lo que le han contado.
Se sientan después de comer. El campamento ocupa una hondonada poco profunda, con árboles dispersos y un cercado roto que nadie ha terminado de retirar; detrás, la tierra sube hacia una masa de hojas cuya altura se pierde conforme cae la noche.
Una claridad tenue permanece entre las ramas más bajas.
Las cosas próximas adquieren un tamaño impreciso: el bulto de una manta parece una espalda, un hombre agachado se confunde con los fardos hasta que habla.
José mira el lugar por donde entró el arriero.
Aún distingue la interrupción del cercado. Dentro de poco tampoco eso.
Uno de los hombres empieza a cantar un pasyon.
No anuncia que va a hacerlo. Busca en voz baja el comienzo de un pasaje y, cuando lo recuerda, lo continúa con una firmeza que obliga a los demás a oírlo.
Canta una despedida, la demora de una madre junto a quien debe marcharse.
Otro conoce la respuesta y entra tarde; entre ambos sostienen la melodía, con espacios donde cualquiera podría pedirles que parasen.
Nadie lo hace. A José le molestan al principio las voces, su familiaridad, la manera en que parecen reunir cosas que él necesita mantener separadas para entenderlas. Luego desea que no terminen todavía.
Abre el cuaderno. Le toca poner en limpio lo que han recibido esa tarde.
Escribe una cantidad, comprueba la suma y, más abajo, en un espacio que había reservado para la fecha siguiente, escribe hermanos.
La palabra queda sola. Mira las letras, la curva final, el lugar donde ha levantado demasiado pronto la pluma; atraviesa el renglón con una raya y vuelve sobre ella sin conseguir que deje de leerse.
El papel se ha ablandado. Si insiste, lo romperá.
El hombre que canta se equivoca. Su compañero repite la entrada y lo espera.
José deja abierto el cuaderno hasta que la tinta se seca.
Tiene ganas de ir hacia los que cantan y también de pedirles que se alejen, que le permitan escuchar por una vez lo que piensa antes de que una voz conocida le ofrezca dónde acomodarlo.
Le falta Basilia de una manera que apenas se parece al deseo de tocarla.
Querría oírla preguntar por un detalle, obligarlo a volver al comienzo de lo que cuenta.
No sabe qué le respondería. La escudilla sigue junto a su pie; la recoge y va a lavarla.