El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 5 · Pulso normal #3
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5 · Pulso normal #3

El hule se ha gastado en el canto superior, donde apoya el pulgar para separar las tapas.

Por dentro, las hojas cuadriculadas conservan junto al lomo una rigidez que van perdiendo hacia las esquinas; algunas se curvan por haber entrado húmedas en el bolsillo.

Carlos encuentra la página de hoy. La fecha ya está puesta.

Una raya vertical, trazada a lápiz sin regla, deja a la izquierda la columna estrecha de las horas y reserva el resto para los hechos.

Al final de la línea hay sitio suficiente.

Acerca la punta al papel.

Se detiene antes de tocarlo. En un lado de la mina queda una superficie lisa, inclinada, que retiene la claridad; el opuesto tiene una aspereza casi invisible, algo capaz de levantar una fibra y arrastrarla hasta la letra siguiente.

Hace girar el portalápiz entre los dedos.

Con esa ligera variación aparece otro filo y desaparece el brillo del primero.

El pulgar, ahora descubierto, nota el frío de la plata.

Durante un instante solo atiende a la distancia entre la mina y el papel, al apoyo que necesitará la muñeca para que el comienzo de la letra no resulte demasiado ancho.

Un oficial roza la vaina al pasar. Carlos cambia el pie de sitio y escribe la hora en su columna. Después, en el margen que queda libre, anota tres palabras.

Ejecución sin novedad.

La última letra se apoya en el renglón con la misma firmeza que las otras.

No necesita repasarla. Carlos levanta el lápiz y comprueba que no ha rozado lo escrito con el canto de la mano; ha sucedido otras veces al trabajar de pie, cuando sostiene la libreta demasiado inclinada.

Hoy las palabras permanecen limpias. Sopla una partícula que ha quedado junto al punto.

La partícula no se mueve y él la retira con cuidado, utilizando un borde de la tapa.

El escribiente le hace una señal desde la mesa.

La carpeta está abierta y el hombre ha puesto el secante debajo del codo, dejando libre la zona por la que debe correr la pluma.

Carlos se dirige hacia él. En el primer paso siente que la contera del sable se resiste a salir de la tierra; la levanta algo más y prosigue por el tramo que había escogido con los ojos antes de que llegara la escolta.

La humedad alcanza ahora también el borde del pantalón.

Al detenerse junto a la mesa, mueve un pie sobre el otro para desprender un tallo.

El hombre le indica que le falta el resultado.

Ha nombrado el acta al abrir la carpeta, pero lo que presenta a Carlos es una hoja de servicio, con las casillas dispuestas de manera que pueda pasar los datos sin tener que formularlos de nuevo.

La del nombre está cumplimentada. Abre la libreta por donde acaba de escribir y la deja a la izquierda del papel, protegiéndola con dos dedos para que no se cierre.

La mesa se mueve cuando apoya la mano. El escribiente vuelve a ajustar la piedra, la empuja más adentro, prueba otra vez.

Carlos aparta el codo y espera a que termine.

En la línea de observaciones, el hombre pasa a tinta las tres palabras del cuaderno.

La música cubre la pregunta que empieza a hacer después; repite solo la parte necesaria, señalando la casilla de resultado. Quiere saber si pone ejecutada.

Carlos dice que sí.

El escribiente moja la pluma. Por encima del tintero se ha formado una película que se abre al entrar el metal y vuelve a juntarse, incompleta, cuando lo saca.

La primera letra queda más oscura. El hombre continúa, separa un momento la punta para tomar otra vez tinta y completa la palabra antes de ir a la hora.

No le pregunta por la voz del médico, por el intervalo entre los disparos ni por la manera en que ha quedado el cuerpo.

Tiene delante las casillas. Carlos sigue el recorrido de la pluma y advierte que la cifra final podría confundirse al secar; se lo indica con un dedo, sin tocar el papel.

El escribiente la aclara antes de que él retire la mano.

A Carlos le satisface esa rapidez. No quería dar una orden por algo que el otro podía ver tan bien como él, ni prolongar una explicación mientras los oficiales se alejan del campo; ha bastado con señalar y el trabajo continúa sin que ninguno de los dos tenga que levantar la voz por encima de la banda.

Se inclina un poco más para comprobar el resultado.

El borde de la gorra le reduce la visión del lugar a la carpeta, la libreta abierta y la mano manchada de tinta del escribiente.

Sigue fría la mañana, aunque en la nuca empieza a notar el sol.

El hombre le devuelve la libreta. La ha levantado por los cantos y aguarda a que Carlos la tome para colocar el secante sobre su propia hoja.

Carlos pasa el pulgar por la raya del hule, cierra, guarda.

Recoge el guante que ha conservado contra el costado; uno de los dedos se ha vuelto del revés y necesita introducir en él el índice para devolverlo a su forma.

Los oficiales van saliendo del campo. Podrá alcanzarlos antes del camino.

El escribiente levanta el secante por una esquina. Carlos espera a que compruebe la tinta, encaja el portalápiz y lo guarda en el bolsillo alto de la guerrera.