5 · Pulso normal #2
Por uno de los costados del cuadro hay un aparato fotográfico.
Lo ha visto al llegar, sin prestarle atención, y ahora distingue al hombre que se inclina junto a él, el paño oscuro y una caja que permanece abierta en el suelo.
La gente situada a su espalda procura seguir viendo por encima del aparato.
Carlos no puede averiguar qué parte del campo entra en la imagen.
Entre la cámara y el reo se cruzan todavía dos uniformes; después queda libre el espacio, pero él vuelve la vista hacia las armas antes de que pueda ver lo que hace el fotógrafo.
Le parece que el reo ha pronunciado algo.
Le llega una terminación, est , desprendida del resto por el viento y por el ruido de un correaje.
Quizá sea latín. Carlos espera la parte anterior, absurdamente, como si la frase pudiera volver a empezar sin que la repitieran; ya hay un oficial levantando el brazo y no se oye nada más.
No ha entendido. Tampoco ve que ninguno de los hombres próximos se vuelva hacia otro para preguntar.
—¡Preparen!
Los fusiles cambian de posición. La maniobra se hace a la vez, aunque uno de los hombres termina una fracción después.
Carlos lo ve por la diferencia de altura de un cañón y, en el mismo instante, deja de verla: el soldado se ha acomodado, la línea queda quieta.
Un hombre de la fuerza de atrás tiene un parche más oscuro en el hombro, una zona de tela que conserva mejor su color.
Carlos no sabe por qué ha reparado en eso ahora.
—¡Apunten!
Las culatas buscan los hombros. El piquete deja de tener caras completas; quedan una mejilla, un ojo, el borde de una boca apretada contra una postura que debe sostenerse hasta la orden.
Carlos conoce el esfuerzo pequeño de mantener el arma cuando el brazo empieza a exigir movimiento.
Los cuerpos ya están colocados. La palabra que falta tarda menos de lo que él necesita para comprobarlos a todos.
—¡Fuego!
Carlos aprieta la mandíbula. El golpe le entra por el pecho antes de distinguirlo en los oídos, y durante un momento no consigue separar el humo de lo que se mueve detrás.
El reo gira hacia su derecha. Una rodilla pierde altura, la otra pierna acompaña el movimiento y el cuerpo cae de costado, vuelto de manera que la cara queda hacia arriba.
Carlos ve el ángulo del cuello. La hierba se hunde debajo de un hombro; el pie, que ha quedado algo levantado, termina de bajar cuando el resto del cuerpo ya no se mueve.
El humo se desplaza por encima del cuerpo y deja al descubierto el terreno que Carlos estaba viendo antes de la descarga, con los mismos desniveles y una figura que ahora ocupa una longitud distinta.
Uno de los soldados aparta un poco el fusil de la cara.
El oficial lo mira y el hombre restablece la posición, sin necesidad de que Carlos oiga otra orden.
Un soldado se aproxima al cuerpo. Carlos ve que baja el arma.
Se oye un disparo aislado; tiene un sonido más breve, acaso porque el primero sigue ocupándole los oídos.
No puede distinguir desde su puesto dónde ha entrado el tiro.
Mira hacia el médico y encuentra a un hombre interpuesto, de espaldas, con las manos a los lados.
Cuando ese hombre avanza, el médico está hablando con el oficial que lo espera. Carlos no alcanza las palabras.
Se ha quitado de la boca una pequeña tensión, como si hubiera estado sujetando algo con los dientes.
Al mover la lengua descubre el sabor seco que deja haber apretado la mandíbula.
Tiene sed. No bebe. Los soldados mantienen su posición mientras el oficial concluye con el médico; más allá, el público cambia de sitio para ver el cuerpo tendido y un brazo señala por encima de varias cabezas.
Carlos sigue el movimiento de ese brazo hasta que lo bajan.
Los oficiales comienzan a separarse. Un hombre se vuelve antes que los demás, buscando a alguien entre las filas, y por el hueco que deja Carlos ve una franja de mar.
La luz ha ganado altura suficiente para distinguir los cabos tendidos entre dos embarcaciones próximas a la orilla.
Se oye una orden que no le corresponde, luego el ajuste simultáneo de varios fusiles contra los hombros.
La banda empieza a tocar. Las primeras notas llegan demasiado cerca: Carlos siente el metal en los oídos, separado todavía del resto de la música, y tarda unos instantes en reconocer la marcha.
Permanece en su sitio hasta que puede sacar la libreta sin entorpecer el paso.
Con la izquierda se apoya en la vaina del sable; la contera queda afirmada en una porción de tierra donde la hierba es menos espesa.
Se quita el guante derecho dedo a dedo. La piel conserva un olor leve a cuero, mezclado con el jabón del lavado de la mañana.
Dobla el guante por las articulaciones y lo sostiene contra el costado mientras busca en el bolsillo alto.
El portalápiz de plata sale atravesado. Tiene que soltar el borde del bolsillo con el pulgar para extraerlo sin tirar de la tela.
Es el del Retiro, el que llevaba aquella tarde de julio de 1887.
Lo destapa. La unión deja a la vista una franja de metal más clara que el resto y una mota oscura que retira con la uña antes de abrir la libreta.