5 · Pulso normal
A las seis y media Carlos tiene frío en los dedos.
Los dobla dentro de los guantes mientras comprueba la distancia que separa el extremo de la formación del camino por donde debe llegar la escolta.
Un hombre se ha adelantado algo más que los otros.
Carlos le indica el sitio con la mano, sin llamarlo; el hombre retrocede, mira a su derecha y vuelve a adelantar la punta de la bota hasta dejarla a la altura de las demás.
La hierba moja el cuero por encima de las suelas.
Entre los pies se ven tallos aplastados que no recuperan su posición cuando alguien cambia de apoyo; la humedad queda en ellos, ahora vuelta hacia la luz, y permite seguir el recorrido de quienes han cruzado antes de que se cerraran las filas.
Carlos escoge con los ojos el paso menos blando.
No lo necesita todavía. Lo retiene mientras examina el fondo del campo, donde las personas que van llegando se aprietan en los claros del público y levantan un momento la cabeza antes de resignarse al sitio que han encontrado.
Desde aquí la bahía tiene más anchura que color.
El agua no es toda visible: la ocultan los hombres, el terreno inmediato y una claridad que, al detenerse sobre la superficie, impide distinguir las embarcaciones lejanas de los trazos oscuros que dejan las nubes.
En un intervalo reaparece una vela. Carlos sigue su borde hasta perderlo detrás de un hombro.
Por el lado de las murallas persiste una sombra baja, con hierbas más altas junto a las piedras y una humedad de tierra removida que no llega al centro del campo.
El aire cambia levemente y trae sal. Un soldado adelanta el labio para apartar un hilo que le roza la boca, sin servirse de la mano.
Carlos recorre la formación desde su puesto.
Le basta desplazar la mirada; sabe cuánto ocupa un hombre y qué irregularidad puede crecer si el siguiente la toma por referencia.
Ha corregido la del extremo y ahora el tramo le parece satisfactorio.
La espera durará menos si dejan de moverse.
No lo dice. Los oficiales próximos a él tampoco hablan; uno se frota el pulgar contra el índice, otro mantiene la barbilla algo levantada porque el cuello de la guerrera le alcanza la piel bajo la mandíbula.
Carlos siente en el suyo el mismo roce. Separa un instante el borde del paño con el dorso de un dedo y vuelve a dejar la mano junto al costado.
Un escribiente aguarda al lado de una mesa pequeña, fuera del paso de la tropa.
Sobre la tabla ha colocado una carpeta y un tintero; la segunda pata de delante no asienta bien, y el hombre se inclina para introducir bajo ella una piedra que recoge de la orilla del camino.
Prueba la mesa antes de incorporarse. Después cambia el tintero de lugar, hacia el ángulo que permanece más firme.
Carlos reconoce al hombre de las oficinas, aunque tarda un instante en reconocerlo sin el marco de la puerta y la silla que suele ocupar.
Hoy lleva cerrada la chaqueta hasta arriba.
Mira la hora. El reloj tarda algo en salir del bolsillo, porque la cadena se ha metido bajo un pliegue.
Lo libera, vuelve a guardarlo. No tiene nada que anotar.
La presencia del escribiente le ha hecho desear que hubiera una comprobación pendiente, una instrucción incompleta que le correspondiese aclarar antes de que llegara la escolta.
Vuelve a mirar el extremo de la fila. El soldado permanece donde lo ha puesto.
La gente de atrás se mueve primero. Carlos no ve lo que ha provocado el movimiento; ve que varias cabezas se vuelven en la misma dirección y que alguien, demasiado lejos para oírlo, levanta el brazo con la mano abierta.
Se abre un espacio. Por él empieza a distinguirse la escolta que viene de Fuerza Santiago.
Entre los uniformes hay un hombre vestido de oscuro. Anda sin que lo sostengan.
Se aproxima por tramos: queda oculto detrás de un oficial, reaparece, desaparece de nuevo cuando un soldado atraviesa el hueco para ocupar su sitio.
Los pasos alcanzan ahora el terreno despejado.
Carlos ve el borde del pantalón del reo, la zona en que la tela se humedece al rozar la hierba, una diferencia entre la longitud de su paso y la de los hombres que marchan a los lados.
Él la corrige sin apresurarse. A cierta distancia habría parecido que todos andaban al mismo compás.
Cuando se detienen, el reo no queda exactamente donde el oficial quiere.
Le hacen avanzar un poco. Tiene los brazos sujetos; el modo en que mueve los hombros permite advertir la ligadura antes de distinguir la cuerda.
Carlos observa el espacio que deja libre al colocarse y lo compara con el que había calculado.
Hay sitio suficiente. Un sacerdote se acerca al hombre de oscuro y habla junto a su cara; desde aquí apenas llega el movimiento de los labios.
Carlos aparta la vista cuando los dos inclinan la cabeza, no por discreción deliberada, sino porque un fusil ha golpeado una hebilla y el ruido lo lleva hacia la primera línea.
Son ocho. Llevan Remington. Detrás se encuentra la tropa peninsular, otros ocho con Máuser, separados lo suficiente para no confundirse con los hombres del piquete.
Carlos reconoce las armas por el modo en que se sostienen, por lo que sobresale junto a las manos, antes de fijarse en las caras.
La segunda fuerza está para impedir que la primera deje de cumplir la orden.
Así entiende él aquella disposición. Ni siquiera necesita terminar de formularla: comprueba que el intervalo se mantenga y vuelve hacia el reo.
El médico militar pide que le permitan acercarse.
La solicitud pasa de uno a otro mediante un gesto; le dejan libre el último trecho y el hombre se coloca de costado, a una distancia tan corta que su manga toca la ropa del condenado.
Busca el brazo izquierdo. Durante un instante Carlos no ve la mano de ninguno de los dos.
Luego distingue los dedos del médico sobre la muñeca, inmóviles, y el cambio de inclinación de su cabeza para atender al reloj.
No hay nada que mirar en ese gesto y, sin embargo, Carlos continúa mirándolo.
El médico espera. Debe de estar contando.
Cerca de él, el reo conserva la boca cerrada y los hombros en una posición que no parece cómoda; una brizna se le ha adherido a la pernera, por debajo de la rodilla.
Carlos alcanza a ver la punta clara de la brizna y no consigue decidir si lo que la mueve es el aire o un temblor de la tela.
El médico levanta los dedos, los apoya otra vez, termina la comprobación.
Dice en voz suficientemente alta que el pulso es normal.
Carlos oye el dato. El médico no parece sorprendido, o al menos no modifica el tono con que podría haber comunicado una temperatura.
Carlos tampoco. Le incomoda haber atendido tanto a una medición cuyo resultado no cambia la hora prevista; siente una impaciencia leve, enseguida contenida, porque el médico tiene una obligación y debe cumplirla.
Mira sus propias manos. La derecha ha buscado, sin que él lo advierta, el hueco entre dos botones.
La retira. Dentro del guante siguen frías las yemas.
El médico se aparta y queda un espacio donde hasta hace poco había dos cuerpos muy próximos.
Ahora el reo parece menos alto. Es un efecto de la distancia, piensa Carlos, o de haberlo visto al lado de alguien que inclinaba la cabeza.
Un oficial pasa por delante y oculta la parte inferior de su figura.
Cuando termina de cruzar, el hombre de oscuro ha cambiado de pie; hunde el talón, lo saca del pequeño desnivel donde lo había puesto y vuelve a asentarlo.
Carlos saca del bolsillo interior una copia de la disposición de ejecución.
El papel cruje al abrirse. Lo ha desdoblado demasiado y necesita recoger uno de los extremos para que no se doble hacia fuera; mientras lo hace conserva el pulgar sobre el renglón.
Lee en silencio. Reconoce los términos, la sucesión por la que cada decisión remite a la anterior y alcanza, al fin, la que debe cumplirse esta mañana.
Las siete. Al levantar la vista comprueba la posición del piquete y baja de nuevo los ojos para terminar.
El público permanece detrás de la tropa.
Ya no se oyen los movimientos con que antes buscaban sitio, aunque una tos se repite, a intervalos, en un punto que Carlos no puede localizar.
Por encima de los hombros hay un niño alzado, sostenido bajo los brazos por alguien cuya cara no se ve.
Sus zapatos cuelgan sin tocar el suelo. Carlos vuelve al escrito.
Lo conoce y no necesita acabar la última línea para saber lo que falta; la lee hasta el punto.
El viento intenta levantarle una esquina y él la sujeta con el guante.
Carlos dobla la copia por los pliegues que ya tiene y la guarda.
Los acompañantes se retiran uno tras otro, con pequeñas demoras que alargan el espacio entre el reo y quienes han hablado con él.
Uno de los sacerdotes tarda en encontrar por dónde salir; un soldado se aparta y le permite pasar.
El condenado vuelve la cabeza hacia el piquete.
Carlos no oye lo que pide. Ve la negativa del oficial, el movimiento breve de una mano para indicarle que debe permanecer de espaldas.
El hombre obedece y acaba de colocar los pies.