4 · Al transparente #2
No le gusta la respuesta. Apoya el farol para abrirla con las dos manos; al mover la tapa, el borde se resiste.
Basilia siente en la boca un gusto a metal y piensa, con una claridad que la espanta, que daría todos los papeles para que nadie tocase al niño.
La lata cede. Dentro hay una pieza envuelta.
El otro guardia lo llama: se han detenido dos carros detrás y uno de los conductores protesta.
El hombre palpa el paquete, que no se mueve ni suena, lo devuelve y deja la lata sin cerrar del todo.
Podría haberlo desenvuelto. Basilia tiene que sujetarse a esa acción incompleta para no cerrar ella con una rapidez que parezca miedo.
Recoge la cédula. El cochero recibe permiso para avanzar y el coche tarda en moverse más de lo que ella puede soportar.
En la casa de Quiapo entregan la ropa. La mujer sale con una luz, reclama la cinta y empieza a contar los cuellos; Basilia espera mientras el cochero mantiene el caballo apartado del paso.
Todo aquello lleva el tiempo que llevaría cualquier otra noche.
La mujer descubre una costura abierta, se la enseña y pregunta quién ha tirado de ella.
Basilia dice que ya estaba así. No lo sabe.
Le pesa mentir por una manga cuando tiene oculto tanto más, pero no puede quedarse a discutir el precio de una reparación.
Deja el lote limpio y el sucio, recibe la cesta más ligera. En su forro siguen los recibos.
—Otra vuelta —dice al cochero.
Él le recuerda que esa entrega ya está hecha.
—Por la Escolta. Después el puente.
Quiere saber si puede volver a casa. Una de las mujeres le ha dicho que, antes de regresar, conviene averiguar qué ocurre en la imprenta. Basilia no va a entrar. Lo repite sin hablar mientras alcanzan Santa Cruz, como si necesitara ajustar el recorrido a esa decisión.
El farol de la Escolta vuelve a crepitar.
Ahora quedan menos coches debajo, y su luz descubre el agua oscura que se ha juntado junto a una rueda inmóvil.
Basilia reconoce el lugar antes que las fachadas.
La repetición la inquieta más que una calle desconocida: siente que alguien podría haberla visto la primera vez, esperar la segunda, contar como ella los pasos del mismo animal.
El puente de España abre el aire. Por debajo se mueven reflejos quebrados entre los cascos arrimados a la orilla; más allá hay una anchura negra donde cuesta distinguir el agua del espacio que dejan los edificios.
El coche deja atrás la ribera de las tiendas y busca el acceso a la ciudad amurallada.
Basilia se inclina para ver por dónde gira.
Dentro, el ruido cambia: una rueda suena contra una pared, encuentra enfrente otra superficie que la devuelve y el paso parece llevar consigo un coche que viene detrás.
Al acercarse a Beaterio no hace falta preguntar.
Hay luces en el taller, junto a Magallanes.
Dos caballos esperan con las riendas sujetas; unas personas retroceden hacia el muro cuando un hombre uniformado les ordena dejar paso.
Basilia ve salir una sombra llevando algo plano, pero no distingue qué es.
Del interior llega un golpe, luego voces que se tapan unas a otras.
Una puerta de enfrente empieza a cerrarse y queda detenida por una mano.
El cochero vuelve la cabeza hacia ella.
—Siga. No mire atrás.
Él chasquea la lengua. Basilia mira el brazo del niño, que ha quedado colgando fuera de su regazo, y lo recoge.
En la imprenta siguen las voces. No sabe cuántos hombres hay dentro, si han encontrado lo que buscan o si están obligando a alguien a mostrarlo; puede imaginar una hoja levantada ante una lámpara, la mano que escribió un nombre todavía reconocible al otro lado del papel.
Vuelve los ojos hacia la espalda del cochero.
Salen por donde han entrado. Antes de cruzar otra vez el puente, él consulta el reloj que guarda y dice que aún no son las nueve. Basilia había creído que era mucho más tarde.
En la ribera norte no encuentran un camino que parezca mejor que otro.
Ella le pide Tondo, después le señala una calle por la que también podría irse; el cochero obedece hasta que comprende que no tiene intención de llegar.
Acaban de pasar otra vez cerca del farol eléctrico.
Él pregunta cuánto tiempo desea continuar.
Basilia toca las monedas.
—Hasta poder bajar.
Le gustaría que él se enfadase. Un enfado le daría algo a lo que responder. El hombre afloja las riendas cuando el caballo encuentra sitio para avanzar despacio y se limita a decir cuánto llevan gastado.
La ciudad va cerrando sus puertas alrededor de la calesa.
En algunas casas queda gente hablando detrás de los paneles; en otras se ve una llama tan baja que Basilia no puede saber si alguien la vigila.
La rueda entra en un bache, el niño protesta, ella lo acomoda, y el coche sigue durante un tramo cuyo final parece estar siempre un poco más lejos.
Piensa en el arroz dejado sobre la mesa, en la camisa que no ha planchado, en su madre preguntando si al menos ha llevado algo para tapar al pequeño.
Tiene un paño. Lo despliega sobre Andrés con irritación, casi como si aquella pregunta imaginada acabara de hacérsela alguien.
No consigue decidir qué le da más miedo: que José esté en casa sin saber dónde buscarlos o que tampoco haya vuelto.
Ha aceptado guardar papeles, salir, prestar su oficio a tareas que conoce cada vez mejor; sin embargo, cuando alguien dice que ya sabían a qué se exponían, siente ganas de ponerle al niño en brazos y pedirle que termine la frase.
Ella sabía algunas cosas. Esta noche aprende otras y no le gusta que las primeras puedan servir para obligarla a callar.
El caballo tropieza al empezar una cuesta pequeña. El cochero lo contiene y se vuelve.
—Ahora hay que cambiarlo.
Entran en un patio de Tondo. Un hombre sale del cobertizo, acerca una lámpara y toca el cuello del animal.
Basilia baja con las piernas entumecidas.
El cochero le dice que aguardarán dos horas: el caballo de relevo aún debe volver, y conviene dejar quieto al niño.
Traen un cubo lleno y lo ponen junto al poste donde ella se sienta.
Conserva en el agua el reflejo de la lámpara, temblando después de que la mano haya soltado el asa.
Dos horas después, el cubo está vacío y boca abajo.
Basilia tiene una marca de la tabla en el muslo.
Han enganchado otro caballo; el primero permanece bajo el cobertizo, separado de las varas.
Andrés sigue dormido, pero ha mojado la tela que lo cubre.
La luz del patio alcanza para distinguir la humedad y para ver, al levantar la caja, que la madera continúa seca.
Una mujer le trae café y arroz frío. Basilia bebe antes de preguntar si ha llegado algún aviso.
La mujer dice dos nombres: Patiño, el de la imprenta; Gil, el fraile de Tondo.
Los repite porque Basilia no ha oído bien el primero.
No sabe más de lo que otros vienen diciendo.
Ella coloca la taza en el suelo, junto al cubo, y se queda con ambos nombres mientras come.
Abre el tampipi sobre una mesa despejada.
Corta su costura y saca los paquetes del forro, todos de una vez.
La aguja ha rozado el borde de una hoja.
Al sostenerla delante de la lámpara descubre un agujero diminuto; recuerda al hombre que hablaba de copiar el dibujo al transparente y pasarlo a la piedra.
Allí el papel servía para repetir. Ahora tiene que separarlo.
Forma tres montones: un recibo aquí, el siguiente al lado, el tercero más allá.
Vuelve al primero. No busca dar a cada casa todas las cuentas de una sola persona; reparte por turno, cuidando que dos hojas pegadas no viajen como una.
La mujer que le dio el café ofrece ayudarla.
Basilia acepta después de comprobarle el primer recorrido, y tiene que contener el impulso de revisar también el segundo.
Envuelven cada montón. Basilia comprueba que la lata del sello esté bien cerrada dentro de la caja y baja la tapa de madera. Cambia al niño con una camisa seca prestada y deja la mojada aparte. Cuando sube a la calesa, Andrés abre los ojos y pregunta por su padre.
—Vamos a casa.
Antes hay tres puertas.
En la primera una mujer tarda en reconocerla y luego mete el brazo entre el quicio y la hoja para recibir el paquete sin abrir del todo.
Basilia espera hasta que lo ha cogido por debajo.
En la segunda tiene que bajar: quien sale es un muchacho, y ella exige que llame al hombre al que venía a buscar.
Lo oye quejarse desde dentro. Cuando aparece, le pone el lote en las manos y le dice que no lo reúna con otro.
El hombre pregunta por los demás. Basilia responde que ese es el suyo.
La tercera casa está a poca distancia de Ilaya.
El cochero quiere dejarla allí y terminar; ella le pide que espere el último tramo.
La mujer que recibe el paquete toca el tampipi vacío, como si fuera a preguntarle qué se ha quedado dentro.
Basilia cierra la tapa. No ofrece más explicaciones.
Le falta fuerza para parecer tranquila y empieza a temer lo que podría decir si alguien le pidiese que relatara la noche.
En su calle aún hay lámparas encendidas. El cochero cuenta las horas hasta las cinco y recibe las monedas una por una. Basilia conserva la cédula. Guarda la caja con el sello, acuesta a Andrés y aparta de la tabla la camisa que dejó a media tarde. La ropa de altar debe salir después.
Queda brasa en el fogón de la vecina. Carga la plancha, espera a que el hierro se temple y lo prueba en un retal.
El lino húmedo recibe la primera pasada; sube vapor, un olor breve a almidón tostado.
Basilia levanta la plancha antes de que marque la pieza, la deja sobre el apoyo y pone las dos manos a los lados de la tela para alisarla.
Ahora que puede mantenerlas quietas, le tiemblan.