El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 4 · Al transparente
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4 · Al transparente

La mujer no sube hasta que Basilia aparta al niño de la escalera.

—Dicen que uno de la imprenta ha ido a hablar con un fraile.

Viene de Tondo. No ha visto a ninguno de los dos; se lo ha dicho un hombre al que buscaban para que avisara.

Basilia espera todavía una precisión, algo que le permita seguir con la camisa extendida sobre la tabla.

La mujer solo añade que, si hablan, en el taller pueden encontrar papeles de la sociedad.

Acaban de dar las cinco.

—La caja —dice Basilia—. Y el sello.

La otra pregunta dónde están. Basilia se arrodilla entre los montones de ropa, saca la caja de madera y busca después la pequeña, la que guardaba botones.

Reúne los atados sobre el suelo. Andrés quiere sentarse encima de uno; lo retira con una brusquedad que hace fruncir al niño la boca, y tiene que tocarle la mejilla antes de que empiece a llorar.

José salió por la mañana. La madre de Basilia está entregando ropa y las sobrinas han ido con ella.

Basilia podría esperar, mandar a buscar a alguien, dejar al niño en la casa contigua; mientras decide, él le sujeta un dedo y tira hacia la escalera, convencido ya de que van a salir.

Lo llevará. Le desagrada sentir alivio al tomar esa decisión: no tendrá que imaginar dónde está, pero lo sentará junto a cosas que quisiera mantener lejos de su cuerpo.

Vacía la caja menor, la deja abierta y recoge la cédula de su lata.

La partida se queda debajo del paño. También permanecen en su sitio los papeles de José; al volver la cabeza, Basilia ve la libreta negra sobre el resto y está a punto de llevársela.

La mujer espera. Ella baja la mano, toma al niño y encarga a la vecina que diga, si llega José, que ha salido con ropa.

En la casa donde se reúne esa tarde la sección ya están cantando.

Queda a pocas puertas, pero Basilia tarda en entrar: sale una mujer con un fardo, otra se detiene para ajustar el nudo, la que la acompaña debe pasar de lado con la caja.

Dentro han retirado las esteras de dormir.

Una pareja baila cerca de la ventana y vuelve siempre hacia el mismo rincón, donde el suelo no se hunde.

La guitarra tiene una cuerda que zumba; quien la toca aprieta el dedo y continúa.

Detrás hay una mesa. Basilia coloca los papeles sin derribar los platos que esperan la cena y saca de la caja de madera el sello, que deja junto a ellos.

Pide hilo, una aguja y el tampipi que han dejado contra la pared.

Es una cesta de viaje con tapa, bastante ancha para dos montones de ropa; el forro está suelto en una esquina.

Lo levanta mientras otra mujer separa los recibos que han de conservarse de las copias de cuentas ya pasadas en limpio.

La casa recibe la claridad de una ventana alta y el resplandor bajo del fogón.

Entre ambos, los cuerpos se desplazan por un aire donde flotan humo y polvo de tela, y una persona que entra con el rostro iluminado lo pierde al agacharse detrás de la mesa.

Basilia reconoce a las mujeres por las manos antes de que levanten la cabeza.

Unas traen bultos que deshacen allí; otras los reciben, esperan a que les digan una cantidad y vuelven a salir.

Hay quien pregunta dos veces. Hay quien oye mal porque el canto se impone justo entonces, y Basilia debe repetir sin alzar la voz.

El sello cae cuando apartan un plato. Golpea primero el borde de la mesa, después el suelo; ella lo alcanza antes que Andrés, que ha visto rodar algo y quiere cogerlo.

En un canto de la madera falta una astilla.

La busca con el pulgar. La cara de la estampa conserva tinta grasa y Basilia la vuelve hacia la luz, sin llegar a probarla.

—Esto no va al fuego.

Limpian una lata que había contenido manteca.

Basilia envuelve el sello, lo acomoda en el fondo y mete la lata en la caja de madera.

Su compañera le tiende los recibos. Antes de reunirlos, Basilia aparta otros dos de las copias destinadas al fuego, comprueba las cantidades y los añade a los que tiene delante.

Hace paquetes delgados, los desliza detrás del forro del tampipi y cierra con puntadas más largas de las que pondría en una camisa.

Al tirar del hilo, el papel cruje por dentro.

Afloja. No puede dejar una costura tan tensa que se abra al mover la cesta.

Los duplicados entran en el fogón hoja a hoja.

Quien los quema espera a que el borde prendido se doble antes de soltar el siguiente.

La olla de arroz está encima y la tapa salta; una mujer la desplaza un poco con un trapo, remueve las brasas y devuelve al fuego un fragmento que todavía conserva letras.

Basilia siente contra la espalda el empujón de alguien que necesita pasar.

No hay sitio para preguntarse por todos.

Andrés pide de comer. Le dan arroz en un plato que aún quema por debajo. Basilia sostiene el borde mientras él toma un poco con los dedos. La mujer del fogón come de pie, sin dejar de vigilar las hojas; cuando se lleva una cucharada a la boca tiene ceniza en la muñeca.

—Hay colada para Quiapo —le dice la dueña.

Es ropa de una mujer que cose y remienda para otras casas: un lote limpio que deben devolverle y, aparte, camisas usadas que ha aceptado revisar antes del lavado.

Basilia toma ambos. Lo sucio irá encima; puede mostrarlo sin deshacer las piezas dobladas.

La dueña le pide que no pierda una cinta que sirve para reunir los cuellos.

Basilia sale con esa cinta entre los dedos.

El cochero la conoce de otros portes. Nunca ha tenido que explicarle más que la dirección y el cuidado que exige un bulto.

Esta vez le pide que cobre por horas. Él mira al niño, mira la cantidad de ropa, levanta la vista hacia la casa de donde sale la música y le dice que el caballo no aguantará toda la noche.

—Lo cambiaremos.

—Eso también se paga.

Basilia separa el dinero que lleva. No alcanza para prometer sin contar.

Acuerdan una cantidad por cada hora y dejan el segundo caballo para cuando haga falta.

Él acomoda el tampipi a los pies; la caja de madera queda apoyada sobre el banco, bajo un extremo del cuerpo de Basilia, que puede sujetarla sin cargar todo su peso sobre la tapa.

Andrés se sienta en su regazo y tira del borde de la capota.

—Las manos aquí.

Se las baja. El coche arranca antes de que haya terminado de colocárselas.

Ilaya se retira en sacudidas. Desde la calesa, Basilia ve cosas que al andar le quedan por encima de los ojos: el interior de una ventana, una repisa de platos, ropa extendida sobre una baranda cuyo reverso está negro de humedad.

Las casas parecen acercarse unas a otras a medida que pierde luz el espacio entre ellas.

Una mujer enciende su lámpara y por un instante se ve entero el movimiento de su brazo; luego corre el panel y queda solo una raya.

Basilia piensa en José encontrando la puerta cerrada.

Querría que alguien le contase exactamente lo ocurrido, sin poner en su boca valor ni miedo.

Le bastaría que supiera que no ha salido a buscarlo.

Hacia Binondo aumenta el ruido de las ruedas. Un carro atraviesa la calle con la carga demasiado ancha; el cochero detiene el caballo y Basilia siente el esfuerzo con que el animal, todavía dispuesto a avanzar, recoge las patas debajo del cuerpo. Andrés se vuelve para mirar. Pregunta adónde van.

—A llevar ropa.

Lo repite en voz baja, satisfecho por el momento. Ella le acomoda la cabeza lejos del hierro de la capota.

En el tramo de la Escolta un farol eléctrico crepita por encima de los vehículos.

Su luz hace más blanca una fachada y deja debajo un hueco de sombra donde dos hombres esperan a que pase el carro; cuando el brillo vacila, Basilia alcanza a ver una venda clara en la pata del caballo que tiene delante.

Nunca habría reparado en ella andando. El farol vuelve a afirmarse.

La calle continúa hacia espacios que no reciben esa misma luz, con lámparas menores en las tiendas y gente que desaparece entre un portal iluminado y el siguiente.

El cochero toma hacia Santa Cruz y después hacia Quiapo.

Basilia reconoce por partes el camino: una esquina donde recoge ropa, un desagüe que obliga a abrirse, el cambio de sonido de una rueda cuando pisa una tabla tendida sobre el agua.

En el regazo, el niño va adquiriendo el peso blando del sueño.

Dos años y cuatro meses, y todavía puede dejarse caer entero sobre ella sin preguntarse si tendrá un brazo libre.

El retén aparece después de una vuelta.

Son dos guardias. Uno sostiene el farol; el otro levanta la mano antes de que el cochero llegue hasta él. Basilia ha sacado la cédula. La mantiene entre el índice y el pulgar, lejos de la boca húmeda de Andrés.

—¿Adónde?

—Quiapo. Llevo colada a una casa.

Da el nombre de la mujer y el de la calle. El guardia acerca la cédula a la luz, pregunta si es suya y la mira después a ella. Basilia contesta. Querría que la devolviese ya; le molesta aquel deseo, porque cada instante que tarda en leer parece darle un motivo para retenerla.

El segundo levanta la tapa del tampipi. Debajo hay una camisa usada.

La toma por una manga, aparta otra y encuentra los cuellos atados.

El olor sube con la ropa, espeso en el aire quieto del coche.

El hombre arruga la nariz, pero no se retira.

Hunde los dedos junto a un borde y Basilia nota el tirón del forro en el lugar donde ha cosido.

Andrés se despierta.

—Agua.

Ella no lleva la mano hacia la cesta. Espera a que el guardia saque la suya, señala la vasija que ha puesto el cochero junto a sus pies y se la pide. Él se la alcanza sin bajar del pescante. Basilia da de beber al niño. Parte cae sobre la saya.

—También la caja.

Tiene que incorporarse, sujetando a Andrés contra un hombro. Abre la tapa. El guardia ve la lata, la levanta y pregunta qué contiene.

—Cosas de la casa.