3 · Plana mayor #3
Debajo de la uña caben las tres letras. A su lado está José.
Carlos mantiene el índice sobre el papel mientras oye al escribiente abrir el cajón que se atasca; reconoce por el ruido el instante en que debería levantarlo, pero no le dice nada.
La mano se le ha quedado quieta. Recuerda el peldaño del Retiro, el catálogo apretado contra un brazo y la mancha de tinta en el dedo del hombre que había pronunciado su nombre completo delante de los otros oficiales.
La fecha de aquella tarde está en su libreta de 1887. No necesita buscarla.
Le desagrada que el apellido aparezca aquí, entre datos por completar, al alcance de alguien que podría preguntarle si lo conoce.
Él conoce otros papeles. Los leyó mucho antes de la escalinata, en Toledo, y no contienen la palabra sospechoso.
Podría señalar la insuficiencia de la relación; sería una observación de trabajo, la misma que ha hecho en otros expedientes.
No se le ha pedido, sin embargo, que la enmiende. La han remitido para conocimiento.
Pasa la uña por debajo del apellido. No saca el lápiz.
Continúa hasta el final. Coloca el segundo folio sobre el primero, alinea los bordes y devuelve la relación a la carpeta. El escribiente deja una minuta junto a su mano. Carlos la lee. Hay que cambiar una fecha.
Al terminar la tarde sale hacia la Luneta.
La claridad permanece en la bahía después de abandonar las calles, y durante los primeros pasos le cuesta distinguir dónde termina el agua y empieza la porción más baja del cielo.
Los coches avanzan, se separan, vuelven a encontrarse en el paseo; una señora mantiene el rostro vuelto hacia el mar mientras su acompañante saluda a alguien que ella no mira.
La banda toca. El viento adelgaza algunos sonidos y devuelve otros con una nitidez que parece excesiva a esa distancia.
Carlos camina por el borde menos concurrido.
Desde allí ve el paso entero de una calesa, la inclinación del cochero al tirar de las riendas, la rueda que corrige su curso antes de acercarse demasiado a otro vehículo.
Hay familias detenidas, oficiales que hablan sin quitarse los guantes y niños a quienes llaman por segunda vez.
El aire le seca el cuello. Siente el alivio de estar fuera del despacho sin que nadie pueda atribuírselo al cansancio; en aquel paseo se continúa viendo a quienes conviene ver, y cada saludo le permite demorarse un poco más.
Después toma un coche hacia Malate. Quiere conocer el terreno al sur antes de que los nombres de los partes le resulten tan familiares que deje de preguntarse dónde están.
La música queda atrás. Cambian los edificios, se abren intervalos hacia el agua, aparecen tramos de costa donde las embarcaciones pequeñas descansan con una inclinación difícil de juzgar desde el asiento.
Ordena detenerse cuando el cochero le señala el fuerte de San Antonio Abad.
Ya a pie, percibe cuánto disminuye la altura del terreno que desde el coche parecía continuo.
Una rodada basta para interrumpirlo; donde se acumula agua crece una vegetación baja y apretada, y más allá hay superficies secas cubiertas por restos que la marea ha dejado en líneas desiguales.
Un hombre lleva una red recogida en los brazos.
Carlos espera a que pase para seguir, mira el tejido contra el hombro y calcula mal su anchura: debe retroceder medio paso.
El hombre le da las gracias sin detenerse.
Cerca de la orilla se mueven niños que, al agacharse, desaparecen detrás de las embarcaciones varadas y vuelven a surgir en otro punto, de modo que no consigue contarlos.
Deja de intentarlo. Se vuelve hacia los muros.
Se aproxima hasta poder distinguir el volumen bajo, el espesor de los muros y su relación con el espacio abierto.
No entra. Da unos pasos de costado, mira hacia la bahía y vuelve a medir con los ojos lo que acaba de ver.
Había esperado una obra mayor. Si un buque pudiera escoger desde dónde batirla, aquella posición le parece de poca utilidad; el juicio se forma deprisa, antes de que haya examinado lo que queda detrás.
Se lo reserva. El cochero espera sentado, con las riendas flojas.
Durante el regreso, Carlos intenta ordenar el recorrido.
Recuerda mejor una zanja que obligó al caballo a desviarse que dos de las calles que han cruzado.
Tendrá que volver. La primera noche en Cabildo había deseado reconocer pronto la ciudad; ahora le incomoda advertir que la costumbre puede adelantarse al conocimiento.
Al bajar del coche paga lo convenido y cuenta el cambio.
El asistente ha preparado agua para el aseo. Sobre el lavabo, junto al estuche abierto, está el espejo de bronce.
—Pensé que lo querría más cerca, mi comandante.
Carlos recoge el pequeño espejo de viaje, desplazado a un lado, y lo coloca frente a la jofaina. Después toma el bronce por el mango. Lo lleva a la cómoda, lo apoya con cuidado y vuelve la cara hacia la pared. El asistente aguarda junto a la puerta.
—El otro se queda en el lavabo.
Carlos espera a que salga. Se desabrocha el cuello y va a lavarse.