3 · Plana mayor #2
En las primeras semanas aprende lo que cada oficina llama urgente.
Un parte de la Guardia Civil llega doblado alrededor de otro que llevaba días esperando; una relación de altas y bajas trae una suma correcta y un traslado contado dos veces.
Los estados de fuerza reparten hombres entre casillas que deben concordar al pasar de una hoja a la siguiente.
Carlos sigue las columnas con el portalápiz de plata.
No necesita pronunciar las cifras para advertir que algo se ha desplazado.
En un impreso, debajo de presentes, hay una cantidad corregida y salvada al margen.
En el espacio de las novedades, en cambio, sigue escrita la fórmula de siempre.
Carlos pide el parte que justifica la modificación.
El escribiente busca primero en la carpeta que corresponde, luego en la contigua, después en la silla donde ha dejado lo que aún no sabe clasificar.
Lo encuentra allí. Un soldado enviado al hospital permanece en la relación del destacamento; alguien ha corregido el total sin trasladar su baja al otro papel.
Carlos manda que se reclame un estado rectificado.
El hombre pregunta si tiene que salir ese mismo día.
—Si dejamos dos cifras, habrá que elegir una mañana.
Escribe la minuta. Mientras la pasa a limpio el escribiente, Carlos prosigue con otro asunto; al llegar a una suma advierte que todavía está reteniendo en la cabeza el número anterior. Vuelve al comienzo y empieza de nuevo.
Una tarde detiene una solicitud de munición.
Han copiado el encabezamiento de otra minuta y dejado Máuser donde la relación de armamento indica Remington.
Pone los dos papeles uno al lado del otro, comprueba el modelo, busca la procedencia del pedido y llama al escribiente.
Ha estudiado en la Península las diferencias entre ambas armas; aquí le hace falta recordar qué solicita cada unidad, porque la misma palabra, cartuchos, llena renglones que no se pueden intercambiar.
—Rehaga la minuta con el modelo que consta en la relación.
El escribiente comienza a explicar de dónde ha tomado la fórmula.
—Ya lo he visto. Falta el cotejo.
No hay reprimenda después. Carlos deja sobre la mesa el papel equivocado hasta que llega el nuevo, compara ambos, aparta el primero y devuelve el segundo para que lo pasen a limpio.
El trabajo continúa. Le satisface que una corrección no obligue a detener todo el despacho.
También le satisface que el escribiente haya entendido sin necesidad de otra orden; al levantar la cabeza descubre que el hombre ya está buscando las relaciones anteriores y siente una breve gratitud que expresa dejándolo trabajar.
El calor altera la duración de las tardes.
Antes de que termine la jornada, los papeles absorben la humedad de los antebrazos y el secante se ondula por una esquina.
Desde la ventana se ven cubiertas en distintos planos, una franja de cielo y, muy cerca, una canal que alguien repara con golpes espaciados.
Carlos aprende a levantar el codo antes de girar una hoja.
Cambia de posición el tintero porque el escribiente debe estirar demasiado el brazo para alcanzarlo.
Si la puerta permanece abierta, se oyen conversaciones que interrumpen el dictado; si se cierra, el aire apenas circula.
Acaban dejándola entornada, sujeta con un objeto que Carlos intenta retirar dos veces antes de aceptar que hace falta.
No escribe a Madrid todo lo que ocurre. La carta que prepara para el siguiente correo contiene cosas que ya habrán dejado de necesitar respuesta cuando Concepción la reciba.
Puede pedir un libro y averiguar entre tanto que hay un ejemplar en Manila; puede preguntar por una cuenta que ella habrá pagado.
Esa demora le disgusta más que la distancia.
En los asuntos de servicio existe el cable y hay avisos que no esperan al vapor, pero no va a emplear ese gasto en saber si al niño le han comprado otras botas.
Al cerrar la carta deja sobre la mesa una nota para no repetir la pregunta el mes siguiente.
En el Casino Español lo presentan por el empleo.
Juega al whist con hombres que saben quién lo ha recomendado y cuánto tiempo tardó en obtener el destino.
No se lo preguntan de una vez. La conversación avanza entre el reparto, las bazas y el momento en que alguien descubre que ha dejado su vaso fuera del alcance de la mano.
La sala da a la agitación de la ciudad comercial.
Por las ventanas abiertas entra el ruido de ruedas, se detiene un instante detrás de una voz y reaparece cuando quien habla baja el tono.
Las lámparas iluminan mejor las cartas que las caras; sobre el paño se distingue una marca húmeda y el borde deshilachado de un tapete que alguien intenta disimular con el codo.
Carlos agradece que el juego tenga un orden que no necesita aprender.
Puede escuchar sin mirar continuamente a los demás.
Le traen una bebida con hielo. El trozo golpea el cristal al dejarlo en la mesa.
Bebe un sorbo y nota el frío detrás de los dientes; durante un momento no quiere hablar de nada.
El hombre de su derecha continúa con el precio del flete.
Otro sostiene que el problema son los plazos del comprador, y ambos aducen un negocio distinto como si discutieran sobre el mismo.
Carlos ordena sus cartas y espera que se juegue.
—Los mesticillos de Madrid lo arreglarían todo con un discurso —dice uno.
El compañero de Carlos suelta una risa, pide que no se distraigan y se lleva la baza. Carlos ha oído la palabra entera. Tiene una carta adelantada entre los dedos; la retira, examina las que le quedan y juega otra. Nadie le ha preguntado por los años de Madrid. No ofrece ninguna anécdota.
En una pausa le preguntan qué piensa del despacho. Contesta que hay trabajo. El hombre que lo ha presentado dice que, con buenos informes y paciencia, se hace carrera sin salir de Manila.
—Uno no se hace en las oficinas —responde Carlos.
Al decirlo mira las cartas que le acaban de dar.
Esperaba que la frase sonase menos aprendida.
Le preocupa que se confunda su gusto por un trabajo bien ordenado con la voluntad de permanecer a salvo; no piensa que ambos deseos puedan coincidir y le molesta que la conversación lo haya obligado a escoger entre ellos.
El otro le aconseja que no tenga prisa. Carlos separa un naipe del resto y pregunta de quién es la salida.
Cuando vuelve al despacho, a la mañana siguiente, encuentra una relación remitida por el Gobierno Civil.
Son dos folios mecanografiados, con una copia tan delgada que bajo ciertos renglones se distinguen los de la hoja inferior.
La sujeción metálica ha dejado una pequeña señal de óxido.
El sello violeta invade el margen sin tocar los nombres.
La cabecera dice sospechosos. Carlos lee desde arriba.
Hay apellidos ordenados, algunos domicilios, una columna de señas en la que se ha escrito menos de lo que queda en blanco.
Dos hombres comparten una calle; otro no tiene dirección.
No consta en esas hojas quién ha proporcionado la información ni qué hecho corresponde a cada nombre.
Al llegar al segundo folio, Carlos vuelve un momento al primero para comprobar que no falta un renglón en el cambio.
Yap.