3 · Plana mayor
El último bulto queda en el muelle cuando los demás ya se alejan.
Carlos lo señala sin levantar la voz. El cargador vuelve, se agacha y prueba el peso antes de acomodárselo; otro hombre le ayuda a girarlo sobre el hombro y aparta la cara del extremo de una correa.
Son las diez. El comandante lleva el cuello húmedo y todavía no ha encontrado un sitio donde dejar el sombrero sin tener que vigilarlo.
Cuenta cuatro bultos: dos baúles, una maleta y el maletín que conserva a sus pies.
Los cuenta de nuevo cuando reúnen el equipaje que ha de pasar por la aduana de Binondo.
Ha bajado del vapor a una embarcación que parecía demasiado corta para el número de personas y equipajes que admitía; durante el trayecto hasta el río, cada movimiento de un pasajero obligaba a los demás a corregir el suyo.
Ahora el suelo no se mueve. Carlos sigue separando las piernas cuando alguien pasa cerca.
Desde donde espera ve una parte del Pásig cortada por proas, postes y cuerdas que impiden averiguar a primera vista qué embarcación podría salir sin que otras se apartasen.
El agua golpea la madera con una blandura sucia, vuelve bajo los cascos, reaparece en un espacio libre que ya está ocupando una pala.
Huele a cuerda mojada, a mercancías que no sabe distinguir, a una descarga de la orilla que la corriente no consigue alejar.
Los hombres se avisan en una lengua que él no entiende.
Detrás de cada orden hay, sin embargo, una maniobra visible: uno afloja, otro recoge, una carga se eleva muy despacio y todos esperan hasta que deja de oscilar.
Carlos observa los puntos de apoyo. Le sorprende la cantidad de veces que un trabajo parece a punto de interrumpirse y continúa.
Un muchacho se mete entre dos carros, pasa por debajo de una lanza y vuelve con algo que lleva apretado contra el pecho.
El hombre de la báscula bebe sin abandonar su sitio.
Las hojas de una oficina se levantan a la vez cuando alguien abre otra puerta; una mano que no alcanza a ver sujeta el montón antes de que caiga.
Necesitará aprender esas distancias. De momento le incomoda estorbar sin saber a quién debe ceder paso.
La llave entra en la cerradura de uno de los baúles, pero no gira. Carlos la retira, mira los dientes y vuelve a probar. El hombre encargado de la revisión espera con las manos apoyadas en el borde de la mesa.
—Se ha hinchado la madera —dice un cargador.
Traen un destornillador. Carlos no permite que lo metan todavía bajo la tapa; indica el cierre, sostiene el baúl mientras el hombre afloja y guarda los tornillos en el sombrero.
El metal conserva una humedad tibia. Al abrirse, el primer olor es el de la franela encerrada durante semanas, mezclado con alcanfor y con algo que procede del fondo.
Carlos levanta la capa superior. La ropa está húmeda por una esquina. No falta nada.
Firma donde le indican. Fuera, al recuperar el sombrero, encuentra los tornillos.
Los envuelve en un papel y se guarda el envoltorio antes de ponérselo.
El cargador aguarda a que termine y entonces levanta otra vez el baúl.
Durante un instante, Carlos siente un cansancio que no corresponde a lo que ha hecho con las manos.
Preferiría haber llegado ya a una mesa donde alguien conociese su nombre.
Para llegar a Cabildo debe cruzar el río.
Desde el puente vuelve a distinguir el lugar de donde ha salido y le parece que apenas han avanzado; luego el paso se estrecha entre vehículos y pierde de vista el muelle.
En la ciudad amurallada disminuyen las mercancías que invaden la calle y las fachadas le permiten anticipar mejor el próximo cruce.
Se sorprende agradeciendo esa regularidad.
Ha pasado la mañana corrigiendo la posición del cuerpo, el lugar de una mano, el apoyo de un pie, y ahora desea poder caminar un trecho sin calcular.
La casa de Cabildo tiene las habitaciones altas y una escalera cuyos peldaños obligan a variar la longitud del paso.
La ha tomado en alquiler por medio de un conocido del cuerpo.
En la planta baja quedan zonas oscuras que conservan olor de tierra aunque no se vea tierra en el suelo; arriba, la luz atraviesa las conchas de las ventanas y se reparte sin ofrecer una dirección clara.
Hay una cómoda, una mesa, sillas suficientes para una visita que aún no puede imaginar y una cama protegida por un mosquitero que toca la almohada si no se levanta bien.
Al abrir los bastidores entra la calle. Un vendedor permanece un rato bajo la ventana, repitiendo algo que Carlos no comprende; después se aleja y el sonido pierde una sílaba en cada esquina.
Enfrente, una mujer retira de un alféizar dos recipientes y deja un tercero.
Las paredes reciben el sol por partes. Carlos sigue desde arriba la franja de sombra por la que caminará cuando salga: se interrumpe antes del cruce y vuelve a empezar demasiado lejos.
Tiene sed. Bebe el agua que le han dejado y se queda sosteniendo el vaso, sin decidir aún dónde ponerlo.
Desembala los uniformes de rayadillo, separa dos pares de botas y abre el estuche de afeitar.
La navaja conserva su filo; el pequeño espejo de viaje, una mancha que limpia por el reverso antes de comprobar que está en la otra cara.
Lo coloca junto al lavabo. El asistente espera a que termine para retirar los envoltorios.
Del segundo baúl saca el objeto de bronce.
La franela se ha hundido alrededor del mango y hay que soltarla con los dedos para que no roce las partes salientes de la guarnición.
En casa lo llaman el espejo chino de papá.
Carlos lo deja sobre la cómoda con el nácar hacia arriba, aparta una hebra del paño y examina el metal alrededor de las incrustaciones.
El asistente pregunta si debe llevarlo también al lavabo.
—Déjelo ahí. El de aseo es el otro.
Ha decidido traerlo antes de saber en qué casa viviría.
En Madrid ocupaba poco espacio dentro de una vitrina: el mango sobre el terciopelo, la cara hacia la habitación.
Fuera de aquel estante resulta mayor. Carlos recuerda la precaución de su abuela al cerrar el cristal y la forma en que quedaban alineados, sobre la mesa, la llave y el libro de cuentas; recuerda mejor esa disposición que algunas palabras con que ella le hablaba.
No le gusta descubrirlo ahora, delante de un hombre que espera una orden. Dobla la franela y la mete en el cajón.
Por la noche escribe a Concepción. Le comunica que ha llegado, que la casa permite instalarse sin un gasto excesivo y que debe conservar las facturas de las obras pendientes.
Añade una pregunta por el niño. Al releerla le parece demasiado general y pregunta también si siguen apretándole las botas que compraron antes de su partida.
Tarda en cerrar la carta: aquello ocurrió hace unas semanas y, sin embargo, imagina la habitación de Madrid con la luz y el abrigo de entonces, como si nada hubiera podido moverse durante su viaje por Suez.
Comprueba la fecha, seca la tinta y guarda el pliego para el correo.
El destino comienza con una espera. Ha salido de Cabildo y dejado el recinto amurallado para presentarse en las oficinas del Estado Mayor de Capitanía, en Arroceros.
Le mandan sentarse junto a otros dos oficiales.
Un escribiente entra y sale con carpetas que parecen las mismas.
Carlos lleva su orden de destino, una copia de la hoja de servicios y el convencimiento de que habría sido mejor llegar media hora antes; no pregunta cuánto falta.
Cuando lo llaman, el asiento le ha dejado una marca de calor en la espalda.
Mientras espera ha visto cómo uno de los oficiales consigue pasar antes de ser anunciado.
Ha bastado con que el hombre que salía lo reconociese.
Carlos no conoce a ninguno. En Madrid podía calcular la importancia de un saludo por la demora que introducía en una conversación; aquí debe atender primero a las insignias, a la manera en que los demás se apartan, al tratamiento que quizá no ha oído completo.
Desea que le den trabajo. El trabajo le permitirá permanecer en una habitación sin tener que preguntarse quién debe hacerle sitio.
El general jefe de Estado Mayor lee el documento, le hace dos preguntas y firma el cúmplase.
Carlos responde en pie. Ha preparado una frase sobre su disposición al servicio que no llega a utilizar: el general pasa a la hoja siguiente y le indica con quién debe entenderse.
Afuera, un oficial le estrecha la mano, lo acompaña al despacho y le entrega una carpeta con los asuntos de las provincias que deberá tramitar.
La mesa tiene una raya de tinta en el borde y un cajón que solo se abre si antes se levanta un poco.
Le asignan un escribiente. Carlos pregunta qué se ha recibido aquella mañana, qué queda pendiente de firma y dónde se guardan las minutas.
El hombre le muestra tres montones. En el primero están juntos varios meses.
—¿Por qué va esto aquí?
—Es lo que se pidió ayer, mi comandante.
Carlos saca una carpeta del fondo. Al hacerlo descubre debajo la respuesta que necesitaba.
Las separa, dispone a un lado lo pendiente y empieza a ordenar el resto por procedencia y fecha.
El escribiente observa sin ayudar hasta que Carlos le entrega un grupo.
Entonces mueve una silla, despeja la superficie y coloca las hojas en el orden que le indican.