El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 2 · Ropa de iglesia #3
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2 · Ropa de iglesia #3

Señala una letra. José le muestra otras dos correspondencias en un retal de papel, sin entregarle el cuaderno ni pedirle que aprenda el renglón.

Ella va nombrando los signos; cuando él reúne tres en una palabra, tarda en decirla.

Andrés se mueve detrás de la estera. Basilia levanta la cabeza, espera, vuelve a tomar la aguja.

José deja el retal cerca de su mano y retira la libreta de Rosario.

En las últimas páginas del cuaderno permanecen las columnas y los dos nombres subrayados.

Va a hablar de ellos, pero Basilia le pide que acerque la lámpara.

El borde de hule ha quedado torcido y necesita rehacer unas puntadas. Él sostiene la luz hasta que termina.

Al levantarse ella para ver al niño, José vuelve el cuaderno y encuentra un renglón demasiado apretado.

Lo ha escrito él, conoce las correspondencias, y aun así necesita seguirlo dos veces.

Basilia le habla a Andrés desde el otro lado, con una voz que José apenas oye entre el roce de la estera y el canto lejano de los que se marchan.

Comprende que no podría leerles aquellas páginas de corrido; tendría que detenerse, separar, regresar a una fecha.

Se le ocurre preparar otra copia, más clara.

Busca una hoja y la encuentra manchada por detrás.

La aparta, acaba de reunir los cuadernos y los deja listos para salir.

Por la mañana llevan los cuadernos a Malate con la entrega.

El paño remendado recibe la ropa; dentro, aparte del lino y protegidos por otra tela limpia, los dos libros ocupan menos sitio del que José había temido.

A ratos cambia el bulto de brazo. Basilia camina a su lado, señalándole antes de llegar los tramos donde tendrá que levantarlo para no rozar una carga.

En el patio, la sombra de la galería guarda el frescor que ya falta en la calle.

Desde la nave llegan pasos separados y un golpe sordo, repetido a intervalos; sobre una cornisa se ha posado un pájaro que José pierde de vista cuando el resplandor de la pared lo obliga a bajar los ojos.

La iglesia sigue recibiendo gente. Una mujer espera con un niño y un hombre vestido para hacer una gestión se limpia las sienes sin quitarse el sombrero.

José había deseado encontrar vacío aquel sitio.

Ahora se alegra de tener que aguardar detrás de otros, de que la espera le permita no empezar todavía su explicación.

El sacristán cuenta la ropa. José no descubre los cuadernos hasta que el hombre termina.

—Es papel de Europa. En mi casa no aguanta el moho.

El otro levanta uno, lo vuelve y mira la costura. José siente la tentación de añadir quién escribió cada página. Se limita a repetir que son dos.

—Dos ya veo.

Habían hablado del depósito después de una lección, pero el sacristán exige ahora ver cuánto ocupa.

Saca la tabla del segundo cajón. Debajo queda una altura suficiente, siempre que los libros se pongan uno al lado del otro.

No quiere papeles sueltos ni que se retire el lino sin avisarlo.

Y si encuentra humedad, se los lleva José ese mismo día.

Este acepta. El sacristán le permite colocarlos y comprueba él mismo que la tabla vuelva a asentarse sin presión. Los corporales quedan encima. Después abre el cajón otra vez para demostrarle que aún corre bien.

José conoce esa comprobación y agradece que el hombre la haga.

Ha pasado la noche imaginando muchas desgracias que ahora le parecen lejanas frente a una tapa que pudiera engancharse al tirar.

Mira el borde del hule antes de que desaparezca.

En casa conservará la libreta de Rosario, sus cuentas de trabajo, la partida y el testimonio. No le alcanza el alivio para todo.

El sacristán separa del manojo una segunda llave.

La cerradura solo guarda ese cajón; la sacristía seguirá abriéndola él, y cualquiera que necesite entrar habrá de buscarlo.

José prueba la llave, la retira, vuelve a probarla porque no ha notado dónde cede.

Basilia dobla entretanto el paño vacío. En el libro quedan anotadas las piezas recibidas y la próxima entrega.

Al regresar, José lleva la llave en el bolsillo.

Le golpea el cuentahílos cuando camina. Por la tarde debe ir a una reunión; antes de salir la pone en la mano de Basilia y espera mientras ella aparta la costura que tenía entre las rodillas.

Andrés está sentado en el suelo, empeñado en introducir un pie en una chinela de su padre.

José se agacha para ayudarlo y el niño retira el pie con un grito de protesta.

Lo deja intentarlo. Desde tan cerca alcanza a ver el pequeño surco que la correa le ha marcado en la piel; Andrés vuelve a empujar, consigue meter los dedos y golpea el suelo con el talón desnudo.

Basilia se ríe. José levanta la cara hacia ella, contagiado por una satisfacción que no le exige haber hecho nada bien, y tarda un momento en incorporarse.

—El segundo —dice José.

Basilia vuelve la llave para mirar el ojo.

Busca la aguja, levanta el borde de la saya y abre unas puntadas del dobladillo.

José tiene ya una mano en la puerta. La ve introducir el hierro en el hueco, acomodarlo a lo largo y tomar hilo suficiente para que no tire de la tela.

Ella pasa la aguja, sujeta el borde con el pulgar y vuelve a coser.