2 · Ropa de iglesia #2
Alguien llama. Al fondo cesa un crujido de papel. La guitarra continúa, y Basilia va hacia la puerta antes de que la segunda llamada se confunda con el ruido de los pies. Es un vecino. Trae una camisa que necesita para mañana y cree que, puesto que hay fiesta, nadie estará trabajando.
—Mañana no.
Él insiste. Basilia coge la camisa y se la devuelve después de mirar los puños.
—Pasado. Y esto se cobra aparte.
Cuando cierra, le cuesta encontrar la altura de la canción. Su compañera se la da repitiendo la entrada; Basilia vuelve a cantar. Detrás de la estera empieza de nuevo el papel.
Al terminar, uno de los que han estado sentados pregunta si las canciones querían decir alguna cosa. La guitarrista busca la cuerda que se ha aflojado. Nadie le explica un secreto. La mujer que había bailado murmura todavía el final mientras se pone las chinelas.
Basilia recoge las monedas que le corresponden guardar.
Hay más recibos que el mes anterior y dos listas que no caben desplegadas en la caja.
La Liga queda lejos en las conversaciones; ahora oye decir el Supremo, cada vez a más personas, y el nombre viene acompañado de cosas que deben contarse, sellarse, llevarse a otra casa.
Al disponerlo todo, vuelve a oír la llamada del vecino.
Dos golpes, una camisa. Si hubiera sido otro hombre, habría tenido que levantar el paño de un solo montón para encontrarlo entero.
Busca una caja más pequeña. Estuvo guardando botones y conserva polvo en las esquinas; lo quita con un trapo, saca los que quedan y reparte los atados de modo que puedan transportarse por separado.
No copia las listas. La caja anterior se queda entre la ropa de la Misericordia; la nueva va al montón de Malate.
Necesitará recordar dos pesos y dos sitios.
Al cerrar la segunda, el pulgar se le engancha en una astilla. La arranca con los dientes.
José se acerca. Basilia le muestra dónde ha puesto cada cosa, recoge del suelo el paño remendado y se lo entrega para que lo sacuda afuera.
José sostiene el paño por dos puntas. En la calle casi no queda luz; al sacudirlo, la tela se hincha hacia él y le cubre un instante las manos. Espera a que caiga el polvo antes de volver a entrar. Basilia está sentada junto a los cuadernos, enhebrando una aguja.
Ha recortado dos fundas de hule negro. José le ha pedido que proteja los libros sin coser las tapas y ella ha hecho unas solapas donde entrarán los cartones.
Trabaja con hilo encerado, perforando primero los puntos duros; al probar el segundo cuaderno retira una esquina para que no quede preso el pliego doblado de la contratapa.
La cuenta de Garnier se abre todavía por el borde que José pegó en París.
Debajo de la funda permanece el jaspeado, con su marca antigua.
Él pasa un dedo por el cartón y encuentra el lugar sin mirarlo.
La casa vuelve a tener sitio después de tanta gente.
José arrima la mesa, recoge un vaso que ha quedado detrás de una pata y siente bajo la planta del pie un grano de arroz.
En las noches de trabajo fuera había imaginado a menudo esa vuelta: Basilia y el niño dormidos, la lámpara esperándolo, una hora suya antes de acostarse.
Cuando la encuentra despierta le alegra tener a quien contarle algo y enseguida se descubre protegiendo el rato que había reservado para sí.
Le avergüenza aquella mezquindad, tanto más difícil de corregir cuanto que nadie se la reprocha.
Se sienta a su lado. Ella le da un extremo del hilo para que lo sostenga tenso y los dos quedan unidos, durante unos segundos, por una tarea que él procura no estropear moviendo la mano.
—Este pesa menos —dice Basilia.
Los ha sopesado cerrados. El papel de Londres y el comprado después en París tienen distinto espesor; José reconoce también, cuando vuelve las hojas, cuánto ha presionado al escribir en cada uno.
Hay renglones que siguen pareciéndole recién trazados.
Le cuesta admitir que Basilia pueda tenerlos delante sin que los lugares donde él pasó hambre, las mesas que pidió prestadas y las tardes que demoró el regreso entren en la habitación con ellos.
Ella los llama los dos cuadernos. José se oye darles también ese nombre y siente ganas de hablar; lo detiene no saber por dónde empezar sin reclamarle una noche que ya han gastado trabajando.
Busca la frase en el segundo. Después alcanza la libreta de su madre, que ha dejado separada, y lee en tagalo las palabras que Rosario escribió allí, recibidas de la madre de Rosario.
Su voz cambia al llegar al final. Vuelve al cuaderno y le dice a Basilia la versión que hizo al pasarlas al castellano: solo mostrará la verdad cuando la sangre derramada se vuelva a unir.
Basilia apoya la aguja sobre el hule.
—¿Lo decía tu madre?
—Ella lo oyó de la suya.
José recuerda a la prima repitiéndoselo mientras lavaba platos, su impaciencia cuando le pidió que volviera atrás.
Detrás de la estera duerme ahora un niño que no conocerá ninguna de aquellas voces.
Piensa que debería decir la frase otra vez, más despacio, como si la velocidad pudiera separar lo que conserva de lo que ha añadido; en cambio, moja la pluma y busca un espacio libre debajo de la copia cifrada de 1892.
La recopia. Basilia se inclina lo suficiente para ver la mano.
—Esa la he visto en los recibos.