2 · Ropa de iglesia
El noveno día Basilia encuentra agua debajo de la batea y piensa que se ha abierto una junta. Se agacha, pasa un dedo por la madera, vuelve a levantarse despacio. El agua cae de la pieza que ha dejado sobre el borde. Lleva un rato goteando sin que ella lo oiga.
Andrés duerme en el cesto de la ropa sucia.
Basilia ha puesto encima una camisa seca, con las mangas recogidas para que no le tapen la cara, y ha acomodado el cesto donde llega a sostenerlo con el pie; cada vez que el niño se mueve, el borde de caña le roza el empeine.
Nació en abril, durante una noche en que José subió y bajó tantas veces por agua que al amanecer los peldaños estaban mojados.
Ella recuerda sobre todo la sed y una mano que quiso retirarle el pelo de la frente cuando no podía soportar que la tocaran.
Después el niño estuvo allí. Ahora está allí todavía, respirando entre dos tandas que no pueden esperar al lunes.
Lava con el brazo derecho. El izquierdo descansa sobre el borde hasta que hace falta dar vuelta a la pieza; entonces vuelve el dolor, más abajo de la cintura, y tiene que permanecer quieta, mirando el agua donde flota una hebra oscura.
Había contado con empezar por lo pequeño.
Lo pequeño se acaba antes y se paga menos.
La luz de Ilaya atraviesa los intersticios de la pared y cae sobre el suelo en rayas que van cambiando de sitio.
A esa hora las casas de enfrente parecen cerradas, aunque entre sus paneles salen voces y el humo de una cocina encuentra paso por la cubierta; en el espacio inferior de la vivienda, bajo las tablas donde duerme el niño por la noche, se guardan maderas, una olla rajada y haces de caña que José prometió ordenar antes del nacimiento.
Basilia los ve desde la batea. La tierra conserva allí una frescura oscura, mientras en la calle el polvo se levanta por detrás de las ruedas y permanece suspendido entre las piernas de los que vienen andando.
Hay pescado puesto a secar, un hombre afilando algo que no alcanza a ver y, más lejos, la llamada de una vendedora que reduce cada vez más las palabras sin alterar lo que pide por ellas.
José llega antes de lo que ella esperaba. Deja un envoltorio sobre un sitio seco y se inclina hacia el cesto. Andrés abre la boca, arruga toda la cara, vuelve a dormirse.
—No lo cojas todavía.
Él se queda con las manos preparadas. Basilia necesita reírse y le duele hacerlo. José retira las manos y pregunta qué puede terminar.
Le da una pieza que ya está lavada.
—Aclarar. Sin retorcer los bordes.
Lo mira trabajar con cierta impaciencia, porque sus dedos tardan en encontrar dónde sujetar y porque podría enseñárselo mejor si no necesitara tanto que lo hiciese él.
Cuando al fin lo deja solo con la pieza, se sienta.
El descanso le descubre un cansancio que de pie había conseguido repartir entre cosas distintas.
Quiere cerrar los ojos; quiere comer sin atender a un ruido que la obligue a levantarse; quiere que José se marche para no sentir que ha de agradecerle la tarde y que se quede hasta que anochezca.
Aparta el cesto de una gotera antigua y lo atrae con los talones.
José le habla de Malate mientras enjuaga.
El sacristán necesita quien se encargue de parte de la ropa.
A su hijo le cuesta la escritura y José lleva meses haciéndole repetir las letras que se le vienen abajo al final del renglón.
Hablaron del trabajo después de una lección.
No ofrece mucho. Ofrece regularidad, una colada cada quince días, con más piezas cuando lo exijan las fiestas.
Basilia pregunta por el transporte y por las roturas. Él no lo sabe todo.
—Entonces iré yo.
—Le he dicho que sabes hacerlo.
—Eso ya lo sé.
José sonríe sobre la batea. Ella no retira la frase. Deja que permanezca entre ambos mientras le acerca otra pieza.
El encargo queda ajustado cuando puede ir a discutirlo.
El sacristán paga por el lote convenido, cuenta al recibir y cuenta al devolver; si hay una quemadura antigua, se señala antes.
Los corporales y purificadores llegan separados del resto, después del primer lavado que hace el sacerdote en la iglesia.
Basilia aprende dónde debe esperar, qué puerta queda disponible cuando hay gente en la nave y qué muchacho se ofrece a llevar el bulto solo si ella no le permite apoyarlo en el suelo.
El hombre apunta las piezas en un libro.
Cuando le pregunta el nombre, Basilia se lo dice entero.
El paño con que envuelve la ropa tiene un remiendo en una esquina.
Lo ha hecho con una tela más fuerte y, al anudar los extremos, procura que ese ángulo quede debajo.
Durante los viajes lleva allí lo más pesado.
En casa lo extiende para contar, con Andrés a un lado; José aparta sus hojas antes de que ella necesite pedírselo, aunque a veces olvida un papel bajo el codo y lo descubre cuando ya tiene encima el borde de un alba.
Once meses después del nacimiento, en marzo de 1895, el sacristán levanta un amito del montón y dice que es la tercera Cuaresma que esa pieza viene sin marca: ya en la de 1893 se lo advertía a la mujer que lavaba antes.
—Deme hilo y se la pongo.
—Primero he de saber de quién es.
Basilia deja de doblar. El hombre vuelve a buscar entre las cintas, como si el nombre pudiera encontrarse más adentro después de tantos lavados. Acaban apartando la pieza. Ella prefiere una reclamación pendiente a una que lleve sus propias puntadas.
Hay trabajo en la fachada de Malate. Para llegar hasta la entrada lateral ha rodeado una carga de materiales y unos hombres que no podían apartarse mientras sostenían una tabla; de cerca, el muro pierde la simetría que se le ve desde la calle y ofrece superficies de distinta edad, aristas deshechas, un trozo más claro donde se ha desprendido el revestimiento.
Al otro lado queda el aire de la bahía. Entra por ráfagas entre los obstáculos, mezcla el olor de la cal con el de las cuerdas húmedas y se demora un instante en la piel antes de que Basilia alcance el pasillo cubierto.
Desde allí el mar deja de verse. Todavía se lo adivina en la amplitud del cielo que aparece al fondo del patio, por encima de los tejados, sin ninguna ventana que lo divida.
La sacristía tiene una luz de concha, repartida por los pequeños cuadros de capiz y detenida en las superficies claras.
Bajo la ventana se ven mejor las irregularidades del lino que las caras de quienes entran: una arruga conserva sombra, una costura forma su propio borde oscuro, y al levantar un paño la claridad sigue dentro de él hasta que la tela se dobla.
Más lejos hay cera, alcanfor, madera cuya limpieza no consigue quitar del todo el olor a encierro.
Basilia conoce ya el armario de los cajones planos.
El primero roza al cerrarse; el segundo sale recto si se tira de ambos lados.
El sacristán mantiene allí los corporales limpios, sobre una tabla móvil, con una poca altura libre debajo.
Ella ha comenzado a distinguir las piezas por daños que no figuran en el libro.
Una raya parda se debilita sin desaparecer.
El borde de un mantel se estira más en un extremo; al plancharlo hay que devolverle la anchura poco a poco.
El almidón no se reparte igual: ciertas partes deben sostenerse y otras conservar la blandura necesaria para absorber.
Cuando prueba el hierro en un retal, la tela responde antes que el olor, y Basilia lo retira o espera sin pensar cuánto hace que aprendió a hacerlo.
Le gusta ese momento de su trabajo, cuando una pieza que parecía torcida acaba tendiéndose bien.
Después piensa en lo que falta y deja de mirarla.
El sacristán anuncia más ropa para la Semana Santa.
Basilia cuenta el tiempo de secado, el carbón, el viaje; lo calcula mientras él explica que no habrá aumento por pieza.
Andrés tiene once meses y ya se pone de pie sujeto a cualquier cosa que prometa no moverse.
En casa hay que colgar los fardos fuera de su alcance. La caja también.
—El viaje de más se paga —dice.
El sacristán cierra el libro sin haber terminado de escribir. Basilia espera. Oye, en la nave, el arrastre prolongado de algo que varios hombres están desplazando.
Él vuelve a abrirlo.
Esa noche hay canto en Ilaya. Han apartado la mesa grande hacia el fondo, detrás de una estera colgada; en la parte delantera basta retirar dos cestos para que las parejas puedan darse la vuelta.
Una guitarra busca el tono. Basilia se incorpora a la voz de arriba, que conoce desde mucho antes de necesitar cantar para que se oiga fuera, y al llegar a un paso donde la otra mujer toma aire sostiene sola la nota. Le sale más firme de lo que esperaba.
Andrés duerme en brazos de una vecina. José cuenta recibos detrás de la estera con dos hombres que han entrado por separado.
Basilia lleva otra cuenta contra su muslo: un dedo doblado por cada entrega que le han ido diciendo junto a la puerta.
No sigue el compás con esa mano. Cuando la estrofa vuelve, endereza los dedos y comprueba desde el principio lo que tendrá que decir después.
El kundiman pide a alguien que regrese. Eso le basta para cantarlo.
La mujer de al lado alarga una sílaba porque le agrada cómo responde la guitarra; el hombre que baila cerca de la puerta tropieza con una tabla levantada y hace reír a su pareja.
Basilia mira sus pies. Durante un rato querría estar en ese lugar, poder perder el paso sin tener que conservar una cuenta.
No añora otra vida entera: le bastaría aquella vuelta, la mano de José sostenida a la altura de su cintura, el niño dormido hasta que acabasen.
Al recordar que también él podría quererlo, siente una ternura incómoda, mezclada con el enojo de que estén los dos tan cerca y tan ocupados.