1 · Ropa blanca #3
Le enseñan a reconocer un encabezamiento, a no confundir una letra repetida con otra que se le parece, a buscar el sitio de la cantidad.
Deja unas monedas, recibe su hoja. Aprende que un trazo debe ocupar el lugar de otro; lo repite, falla, vuelve a hacerlo.
Sobre la mesa queda este renglón: Z. Ll.
B. Puede copiarlo sin detenerse al cabo de varios intentos.
Si se lo ponen en otro lugar tarda en reconocerlo.
Nadie le pide que lea una página entera.
La caja pesa menos de lo que había esperado. La lleva contra el cuerpo durante el regreso, protegida bajo una pieza doblada. No hay nada que suene dentro, pero aun así cambia de brazo antes de atravesar un tramo concurrido y le sorprende cuánto esfuerzo cuesta caminar como camina siempre.
Cada martes y cada viernes vuelve a la batea.
La incisión tira al estirar el brazo; procura no mojarla y carga con el otro durante unos días.
Cuando su madre ve el vendaje, Basilia le dice dónde ha estado.
Le cuenta también que quiere vivir con José.
Su madre escucha ambas cosas, pregunta por separado lo que necesita saber y le recuerda que cuatro personas comen ya en aquella casa.
Basilia no había olvidado a ninguna. Sin embargo, al explicar dónde pondrían otra estera comprende que había imaginado la cercanía de un cuerpo sin hacer sitio para sus botas.
Lo difícil llega cuando su madre deja de discutir.
Basilia conoce su modo de resignarse, esa diligencia con que empieza a resolver por adelantado un inconveniente para no volver a hablar de él, y teme estar aprovechándose del cansancio que tantas veces le ha reprochado.
Se sienta a su lado. No retira lo dicho, tampoco empieza a prometer visitas y ayudas como si ya estuviese lejos.
Hablan de la leña, de quién irá a buscar los bultos, de la niña que podría quedarse con una manta.
Al cabo su madre le pregunta si José come mucho.
Basilia se ríe y nota que puede respirar sin cuidar cada palabra.
Buscan un cuarto próximo. Les alcanza si ella mantiene los encargos y él no deja las copias.
José visita el sitio por la tarde; Basilia vuelve después de llover, levanta una esquina de la estera que ha dejado el inquilino y busca la humedad antes de aceptar.
La ventana da a un paso estrecho. Al fondo se ve una pared donde el agua ha dibujado franjas oscuras, y por encima un trozo de cielo suficiente para saber qué tiempo hace.
Puede seguir llevando el arroz a su madre sin que se enfríe.
El rito se hace antes de acabar julio, en ese cuarto, con dos testigos.
No viene un cura. No hay un papel que puedan llevarse al terminar.
José se lo ha dicho antes y ella ha vuelto a preguntarlo, para estar segura de que no le promete después algo distinto.
Ahora extiende la estera, corrige su posición porque una esquina se levanta y coloca el candil lejos de la manga de uno de los presentes.
José lleva una camisa de piña mal planchada.
La arruga bajo el hombro derecho deshace el buen aspecto del cuello; Basilia no consigue apartar los ojos de ella mientras escucha la fórmula que deben repetir, el compromiso de compartir la casa y cuidarse.
Él ofrece la mano. Ella coloca la suya encima y siente que José afloja los dedos donde la lejía le ha abierto la piel.
Responde cuando le toca. La arruga sigue allí. Tendrá que humedecerla por el revés.
Cuando los testigos se van, el cuarto adquiere un silencio que no había tenido mientras lo preparaban.
Afuera alguien recoge agua; cada cubo golpea dos veces.
Basilia se arrodilla junto al candil para bajar la llama y se demora en la mecha, sin saber por qué empieza a dar instrucciones sobre la ropa que habrá que guardar.
José le contesta que puede hacerlo mañana. Ella se vuelve.
—Ven aquí.
Lo toma de la muñeca. Al acercarlo descubre que está tan nervioso como ella, o quizá solo le parece por la torpeza con que se sienta; le gusta poder creerlo y le acaricia la cara antes de besarlo.
La barba le roza la palma. El beso, al principio breve, vuelve porque ninguno se aparta del todo.
Basilia cierra los ojos, se permite apoyar en él el peso de la cabeza, y la cautela con que José la abraza le produce una ternura impaciente: quiere que sepa que lo ha llamado, que está allí por deseo propio, que puede acercarla más.
Se lo dice junto al oído. Después ya no piensa en cómo suena su voz.
La camisa queda doblada sobre un cajón, con la arruga hacia dentro; el aceite desciende lentamente en el depósito del candil y, antes de apagarlo, ella alcanza a ver la mano de José tendida en la estera, esperando la suya.
Pasa un carro. Durante unos segundos el suelo recoge su vibración; cuando se pierde, Basilia sigue sintiéndola, débil, bajo el hombro.
Ya entrada la noche se levanta a comprobar la ropa que devolverá por la mañana.
Es viernes al amanecer. José duerme de lado, con un brazo fuera, y Basilia procura que la tapa del cesto no roce la pared.
Saca la caja de recibos, envuelve el sello para que no golpee y los acomoda entre dos manteles de la Misericordia.
Encima dispone las toallas, con sus marcas rojas hacia el mismo lado.
Son seis. Las palpa sin desdoblarlas, baja la tapa y retira del suelo el cordel que le falta al hatillo.