1 · Ropa blanca #2
Vuelve con dos camisas suyas. En una hay tinta, y Basilia se niega a prometer que podrá quitarla. José insiste en pagar lo mismo. Ella insiste en decir que la mancha quedará. Acaban riéndose, con las camisas entre ambos y la madre escuchando desde donde cree que no la ven.
Cada martes y cada viernes Basilia empieza por el blanco.
José aprende qué días no debe presentarse a pedir nada; otros se queda al borde del patio, se hace a un lado cuando hace falta pasar y habla con las niñas sin preguntarles siempre si ya saben leer.
En mayo trae una fruta que hay que repartir en más pedazos de los que él calculaba.
En junio llega una tarde sin encargo, y Basilia, que había pensado muchas veces qué haría cuando eso ocurriese, le pide que sujete una cuerda mientras cambia el nudo.
Le da vergüenza su propia orden. También le alivia poder acercarse para recoger el cabo de sus manos.
No le gusta todo de él. Algunas veces corrige una palabra antes de atender a lo que le han dicho. Una tarde, cuando ella se queja de una clienta que paga tarde, él empieza a explicarle cómo debería haber fijado el trato. Basilia deja la plancha sobre el apoyo.
—Lo fijé. No lo cumple.
José se calla. Al cabo pregunta si debe seguir sujetando la tela. Ella dice que sí. Durante un rato solo se oye el arrastre de la plancha; Basilia espera una defensa, una broma que la obligue a perdonarlo antes de querer, pero él mantiene los dedos lejos del hierro y no le exige ninguna respuesta.
Le gusta más después de aquella tarde. A solas, mientras se lava los brazos, vuelve a ciertas frases que no necesitaría recordar; se imagina diciéndole algo que en su presencia jamás sale igual, y a veces se enfada porque una parte de su descanso queda ocupada por un hombre que a esa hora puede estar pensando en otra cosa.
Cuando lo oye en la escalera, procura no levantarse demasiado pronto.
Quiere que venga. Quiere conservar la posibilidad de tardar en recibirlo.
En julio una compañera le habla de la sociedad.
Le explica que necesitan mujeres que custodien papeles y sepan mantener el trabajo de una casa cuando hay visitas.
Basilia pregunta cuánto tiempo le quitará.
Pregunta también quién cuidará de las niñas si tiene que salir de noche.
La mujer no le promete que todo pueda arreglarse.
Vuelve dos días después, cuando Basilia ya ha hablado con su madre, y la acompaña a la calle de Oroquieta, en Santa Cruz, a casa de Restituto Javier.
Durante esos dos días Basilia ha pensado en lo que le pidieron y en lo que aún no ha preguntado.
Le incomoda admitir que desea estar en una habitación donde se la espere por algo que no sea una entrega; teme que ese deseo, por pequeño que parezca, la haga aceptar tareas que comprometan a su madre.
Las personas que le hablan de la sociedad también tienen ropa que lavar, hijos a quienes dar de comer.
Eso la ayuda a escucharlas. No han dejado de pagar sus deudas ni han descubierto una manera de vivir sin trabajar.
Al salir de Ilaya mira una vez hacia su casa, donde la sobrina mayor acaba de colgar mal un paño.
Está a punto de volver para corregirla. Sigue andando.
En la sala se conserva el olor de una comida reciente.
Han echado cortinas oscuras sobre las aberturas, pero una deja pasar claridad por la costura; Basilia mira ese hilo luminoso mientras espera que le indiquen dónde sentarse.
Junto a la puerta hay un aviso. Lo lee despacio: quien no tenga valor debe retirarse.
Nadie la apremia. Desde otra habitación llega una risa, luego el comienzo de una canción que dos voces intentan acordar.
Marina Dizon lleva el registro. Pregunta el nombre de Basilia y espera a que lo repita; tiene la pluma suspendida mientras escucha.
Antes de la prueba, Basilia puede marcharse.
Mira la puerta por la que ha entrado. Piensa en su madre, que la vio cambiarse de ropa sin pedir detalles, y siente una irritación inesperada contra aquella confianza: habría sido más fácil discutir, quedarse por una prohibición, tener luego a quién reprocharle no haber venido.
Se desata el pañuelo y se lo entrega a su acompañante.
Le hablan del país antes de los españoles, de lo que se ha perdido, de lo que habría que hacer para recobrarlo.
No conoce todas las respuestas. A una pregunta contesta con la historia de un hombre al que cobraron dos veces, y quien la interroga la deja terminar antes de volver a preguntarle.
Basilia no quiere asentir a palabras que no entiende.
Pide que se lo digan de nuevo. Al final consigue repetir el compromiso sin mirar a la mujer que la ha llevado.
La venda huele a tela guardada. Nota un nudo demasiado cerca de la oreja y pide que lo muevan; después oye pasos que se alejan y una respiración que permanece enfrente.
Un estruendo estalla junto a la puerta. Se encoge antes de poder decidirlo.
Alguien le dice que no ha salido ningún tiro, que era una prueba, pero sus hombros tardan en bajar y, cuando le retiran la venda, la habitación parece más pequeña.
Preparan una llama baja en un recipiente y le indican que salte.
Basilia recoge la saya, calcula el espacio libre y pregunta si la tela del suelo está mojada.
La apartan. Al pasar siente calor en las pantorrillas, aterriza con un pie demasiado adelantado y debe apoyarse en un brazo que le ofrecen.
Mira enseguida el borde de su ropa. Está entero.
Le ofrecen la pluma. Basilia pregunta por el otro modo de firmar, el que le han explicado antes de entrar.
—No tienes obligación —dice Marina.
Ella deja la pluma y se remanga el brazo izquierdo.
La mujer que sostiene el paño espera a que Basilia asienta.
El filo es frío un instante, la herida pequeña y precisa; en cuanto sale sangre, ella piensa dónde lavará el vendaje y se avergüenza de haber pensado algo tan menudo.
No puede evitarlo. Moja el dedo derecho, intenta formar su nombre en el lugar indicado.
La primera letra sale más ancha que las otras. Marina sujeta la hoja mientras acaba.
Después deben aprender unas frases de memoria. Basilia las dice con las demás, vuelve al comienzo cuando se pierde y escucha la consigna de Marina:
—Estad alegres. No mostréis la rebelión. Preparaos para quedar huérfanas y viudas.
Su primera tarea cabe en una caja. Contiene recibos y un sello envuelto aparte, para que no manche.
Son hojas delgadas, pequeñas, iguales salvo en los espacios que habrá que completar; quien se las entrega dice que las han sacado por litografía.
La tinta tiene un tono morado. Basilia levanta una hacia el candil y alcanza a ver sus dedos detrás.
En un recibo ya usado, el doblez en cruz está oscurecido por haber ido pegado al cuerpo.