El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 1 · Ropa blanca
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1 · Ropa blanca

A las cuatro todavía queda frío en el agua.

Basilia lo pierde primero en las muñecas, después en los codos; cuando ha metido y sacado la primera sábana, el cuerpo acepta la batea y puede empezar el día.

Tiene veinticinco años. En la orilla del pulgar se le ha levantado una piel que no debe arrancarse, aunque la busca con la uña mientras espera que su madre termine de colar la lejía.

Cada martes y cada viernes lavan la ropa de la Misericordia.

La traen de Santa Isabel, dentro de las murallas, a su patio de Ilaya; la hermana que entrega los bultos exige que vuelvan separados los de las camas y los de la capilla.

Basilia los separa también en el agua. Trabaja primero el blanco, cuando la lejía de ceniza tiene fuerza; la ropa de color espera en otra batea.

El almidón de arroz se cuece aparte, a fuego que hay que vigilar entre dos enjuagues, y el añil se administra gota a gota, con una paciencia que ninguna de las niñas comprende todavía.

La menor quiere ver azul. Basilia le retira la mano.

—Ahora parece poco. Espera a que seque.

El patio pertenece a varias casas. Una parte permanece cubierta por una techumbre de nipa, remendada donde el agua cae sobre la leña; la otra se abre entre paredes desiguales hacia un cielo que al principio solo tiene claridad en el borde.

Las cuerdas cruzan por encima de los recipientes vacíos, de una mata que nadie ha plantado y de las dos piedras sobre las que se apoya el fogón.

A medida que amanece van apareciendo objetos que Basilia podría encontrar a oscuras: el asa rota, el cubo con una abolladura que hace saltar el agua contra la pierna, las chinelas de su madre, orientadas hacia la escalera desde la noche anterior.

Le gusta ese momento, anterior al calor y a las preguntas, cuando los demás aún duermen y ella puede decidir por dónde empezar.

De otro encargo queda una guerrera. Basilia acerca la nariz a la mancha antes de humedecerla; huele el cuello, compara y señala la parte delantera, donde la tela está tiesa.

—Grasa. Esto se trabaja aparte.

Su madre había pensado que era sangre. Basilia vuelve a olerla.

Reconoce un rastro de comida por debajo del sudor, y la certeza le procura una satisfacción pequeña, suficiente para sobrellevar la protesta de la mayor de las niñas, que quiere irse antes de acabar.

La manda a buscar una pieza limpia para el planchado.

No deja que la guerrera entre con el blanco.

El río trae voces antes que luz. Hay hombres descargando, una orden que debe repetirse porque el que la recibe está de espaldas, golpes sordos que suben desde los cascos hasta las casas.

Al ir a buscar agua, Basilia ve las embarcaciones inmóviles bajo el peso de sus cargas y, entre ellas, pequeñas franjas donde el cielo empieza a duplicarse; la corriente deshace esas franjas alrededor de una estaca, arrastra una cáscara, vuelve a quedar lisa unos pasos más allá.

Su padre trabajaba allí. Ella ya no busca entre los bateleros un modo de agacharse que se parezca al suyo, pero algunos días, al oír que un hombre llama a otro desde demasiado lejos, vuelve a sentir la impaciencia infantil de esperar que termine el trabajo para que puedan regresar a casa.

Al mediodía tiende las últimas piezas. Una sábana reclama espacio incluso cuando está limpia: hay que apartar a las niñas, ganar altura con los brazos, evitar que una esquina toque el barro.

Cuando el viento llena la tela, Basilia la sostiene un instante contra su propio peso; después la suelta, comprueba las ataduras y se queda debajo, en una claridad blanca que se mueve sobre su cara.

Cuenta al recibir y vuelve a contar al devolver. De una toalla perdida responde el jornal entero que cuesta reponerla. No basta con estar segura; hace falta estarlo mientras la otra persona sostiene la lista.

Una mañana de marzo la hermana tornera dice que falta una.

En la mesa están extendidas las sábanas y las fundas, los manteles y los seis amitos que Basilia ha dejado lisos, con sus cintas recogidas.

El corredor de Santa Isabel conserva aire fresco junto al suelo; desde el interior llegan pasos, voces de muchachas y el roce prolongado de algo que arrastran sin levantarlo.

Basilia tiene los hombros húmedos del trayecto. La hermana pasa un dedo por la lista.

—Aquí eran seis toallas.

—Y aquí son seis.

—Vuelve a contarlas.

Vuelve a contarlas. Hay cinco bultos. Basilia recuerda la sexta al sacar la tanda del agua, la recuerda al colgarla junto a la de la esquina deshilachada, recuerda haber apartado una hormiga antes de doblarla.

Sin embargo, durante unos segundos ninguna de esas imágenes le sirve: se ve llegando a Ilaya con menos dinero, explicando el descuento a su madre, soportando que su madre diga que debió mirar mejor.

El fastidio le calienta la cara antes de que haya ocurrido nada.

Pide que retiren la mano. Levanta el segundo bulto, introduce dos dedos bajo el borde y separa las toallas, que habían quedado dobladas juntas.

Una cae sobre el brazo de la hermana. Basilia lee en el pico el número bordado en rojo y lo repite; todavía necesita ver los seis objetos separados para que el cuerpo deje de prepararse para la discusión.

La hermana los cuenta otra vez. Hace una señal junto al renglón.

—Cuarenta y dos piezas.

—Cuarenta y dos.

Aprendió antes los números que las letras.

A los once años, cuando acompañaba a su madre con los encargos de la Casa, el siete rojo le parecía un instrumento diminuto que alguien hubiera dejado clavado en la tela.

Ahora reconoce incluso las manos que bordan: la que aprieta demasiado, la que termina un uno con una vuelta innecesaria.

Al leer la lista sigue el orden de los montones, se demora en una palabra y avanza por las cifras hasta encontrar de nuevo terreno conocido.

La hermana le entrega el pago. Basilia lo cuenta allí mismo y guarda las monedas.

Al volver a Tondo el aire ya está caliente.

La ciudad de dentro de las murallas tarda en soltarla: muros largos, esquinas donde el carro de delante no acaba de pasar, portales que ofrecen una sombra breve y honda; luego se ensanchan los ruidos, aparecen mercancías en la calle y el olor del río llega antes de que vuelva a verlo.

Desde el paso sobre el agua distingue techos bajos detrás de los almacenes, una hilera de mangas tendidas, el costado de una barca al que un hombre se aplica con una herramienta.

Lleva el cesto casi vacío. Debería sentirse ligera.

El cansancio, que a la ida permanecía repartido entre la espalda y la carga, se le ha concentrado en las piernas.

En Ilaya vive con su madre y dos sobrinas.

Por la noche caben las cuatro en el cuarto de caña; de día parece que la ropa necesita más sitio que ellas.

Las esteras se enrollan, se aparta lo que se puede apartar y el corredor vuelve a llenarse de mangas, sayas, pantalones vueltos, prendas cuyo dueño siempre tiene una razón para reclamarlas antes de tiempo.

El arroz se hace fuera. Cuando hierve, su madre coloca la tapa de lado; Basilia reconoce desde la calle el ruido de esa tapa y sabe si tendrá que esperar para comer.

La casa se alza sobre postes. Desde el suelo del cuarto, por las aberturas entre las cañas, se ven zonas de tierra que nunca reciben sol, una raíz, el lomo de un cántaro desechado; cuando las niñas pierden una moneda, Basilia baja y se arrastra hasta encontrarla, mientras ellas dirigen la búsqueda desde arriba con gritos que se contradicen.

Al atardecer la vivienda cambia de tamaño.

La ropa recogida deja ver el extremo del corredor, entra una luz oblicua por las rendijas y las conversaciones de los vecinos parecen acercarse, aunque las casas estén a la misma distancia.

Entonces su madre se sienta junto al acceso, estira las piernas con dificultad y le pide que no empiece otro trabajo.

A veces Basilia obedece. Mira secarse un último puño, siente el escozor de los dedos y puede permanecer un rato sin calcular qué tendría que estar haciendo.

La lata de sus papeles queda en una repisa interior.

Guarda allí la partida de bautismo y la cédula personal, envueltas en un paño que las niñas tienen prohibido usar.

En la cédula figuran su nombre, su edad y lo que ha pagado.

Si la Guardia Civil la detiene, la muestra; cuando se la devuelven, comprueba el doblez antes de guardarla.

El mismo gesto con que cuenta las monedas.

Su madre le reprocha que tarde tanto en cerrar la lata.

—El aire también humedece.

Una tarde de abril llega un hombre por la ropa de un difunto.

La escuela de Binondo, para la que hace copias y recados, le ha encomendado recogerla y entregarla a un hermano del muerto.

Basilia tiene el paquete dispuesto desde hace tres días.

Le explica el recargo por un cuello que hubo que trabajar aparte.

Él pregunta cuánto suma todo; no pregunta de qué murió el hombre ni le pide que vuelva a lavar nada.

Se llama José. Empieza en castellano, un castellano seguido y cuidadoso que le recuerda a los hombres de la Universidad, y al contestar a la madre de Basilia pasa al tagalo sin mudar la voz ni levantar la barbilla.

Se acomoda al idioma con que le hablan, como si no advirtiera que ella lo está observando.

Tiene una mancha en el índice. Basilia piensa que no saldrá.

Cuando le devuelve el cambio retiene una moneda pequeña. Quiere ver si lo cuenta. José lo cuenta y levanta la vista.

—Falta una.

Ella la pone sobre las otras.

—Ya no.

Él tarda en cerrar la mano. Basilia casi sonríe; le molesta que la haya sorprendido mirándolo, y esa molestia le dura hasta que ha bajado los escalones. Después encuentra una cinta que pertenece al paquete y tiene que llamarlo.