Registro de traslado #3
Él obedece y, por un momento, los dos parecen satisfechos de haber encontrado una instrucción sencilla.
Afuera empieza otra lluvia, más corta. Un hombre recoge las sillas que quedaban junto a la entrada y una niña se refugia detrás de él, con el pelo pegado a la frente y la risa retenida mientras intenta escurrir una manga sin que la vean.
La puerta permanece abierta. En el suelo, el agua que entra con los zapatos se prolonga en huellas cada vez más incompletas hasta desaparecer bajo una mesa.
Elena le cuenta una dificultad del hotel, algo con una llave que no abría cuando debía, y Kavi la sigue con una atención que no depende del interés del incidente: conoce ya algunas variaciones de su voz, el instante en que va a detenerse para precisar una palabra, la manera de acelerar si comprende que ha dejado a alguien esperando demasiado tiempo dentro de una explicación.
Le gusta esa familiaridad todavía pequeña.
Teme pedirle que crezca antes de saber qué querría hacer él con ella fuera de Manila.
Cuando salen ha cesado la lluvia. Caminan juntos hasta la esquina donde sus recorridos se separan.
Kavi podría proponer otro café; tiene sueño y no quiere uno, pero le parece difícil despedirse sin añadir una tarea.
Elena permanece a su lado unos segundos, mirando cómo cruza un vehículo, y después dice que se verán mañana.
Él vuelve al alojamiento con aquella frase corriente, agradecido de que ninguno haya necesitado mejorarla.
El jueves completa la cuarta sesión. Ha leído ciento sesenta y dos nombres en las relaciones consultadas.
No son todos los trasladados de aquellos años; son las personas que ha podido seguir en esas páginas.
Entre las cantidades, las rectificaciones y los lugares repetidos hay diferencias que el lunes habría pasado por alto.
Conserva las transcripciones dudosas, señala dónde tendrá que volver a mirar y coteja por última vez el renglón de Anselmo. Uno. No ha aparecido el contenido.
Al salir, la calle está seca por zonas. En una depresión del pavimento queda una lámina de agua que devuelve el cielo entre dos ruedas estacionadas.
Kavi la rodea sin necesidad y luego vuelve la cabeza: el reflejo ha cambiado de color con su movimiento.
Más allá, un hombre tira de una persiana y la primera sacudida no consigue levantarla.
Él se queda hasta ver que la segunda sí.
La respuesta llega el viernes doce, festivo.
Kavi la encuentra después de desayunar. La persona que escribe se disculpa por la brevedad y aclara que la coordinación formal se retomará tras la fiesta; ha querido contestarle para que pueda organizar el desplazamiento. No anuncia un expediente hallado.
Puede presentarse para una consulta delimitada, en sala y con acompañamiento, una vez confirmadas las condiciones.
No se permiten fotografías de historias clínicas.
La disponibilidad de los inventarios tendrá que comprobarse allí.
Queda pendiente una confirmación telefónica con la fundación para la coordinación particular de la visita.
El correo no concede uso público de cuanto pueda consultar.
Kavi lo lee dos veces. Luego llama a Elena.
—Nos dicen que podemos ir. La consulta todavía tiene condiciones.
Ella le pide que le reenvíe el mensaje. Durante un rato solo se oye el ruido de la calle al otro lado de la llamada. Kavi contiene las ganas de explicarlo mientras ella lo lee.
—Quiero ir —dice ella al fin—. Necesito un día más aquí. Ordenar todo esto y preparar el viaje.
Él consulta las opciones. Los vuelos directos que busca salen de Clark.
Ha conservado NAIA como punto de partida para el autobús desde la terminal tres; el tramo por carretera obliga a adelantar mucho la salida.
Calcula el enlace con un margen que de pronto le parece escaso y lo amplía.
Después, el vuelo a Busuanga, el traslado hasta Corón, una noche antes del barco.
No confunde el horario de una pantalla con la hora a la que va a encontrar una lancha.
Acuerdan que él volará el sábado trece y Elena el domingo catorce; si la navegación lo permite, cada uno pasará a Culión al día siguiente. Ella llegará el quince. Hay que confirmar todavía el transporte marítimo y la consulta. Pueden viajar y no obtener lo que buscan.
—También podemos esperar —dice Kavi.
—¿Quieres esperar?
Él mira la página abierta, las dos fechas, el espacio que las separa.
—No.
Acordar los gastos les lleva más tiempo que decirlo.
Cada uno pagará su billete y su alojamiento; Kavi le envía el cálculo de los trayectos con una sola línea debajo: «Falta confirmar el barco; no lo he contado como precio cerrado».
Elena comprueba el suyo. Él siente el impulso de ofrecerse a adelantar todo, y reconoce en esa generosidad repentina el deseo de facilitar una respuesta que ella ya le ha dado. Espera a que le confirme los datos.
Compra las dos reservas para sus fechas respectivas. La primera confirmación llega enseguida; la segunda tarda unos minutos y durante esos minutos no consigue apartar los ojos de la pantalla. Cuando aparece, verifica los nombres y se la reenvía.
—Ya está —dice.
Elena continúa hablando de lo que llevará. Kavi escucha desde la cama, con la maleta cerrada a sus pies. Por primera vez desde que decidió quedarse, vuelve a necesitarla.