Registro de traslado #2
Escribe una frase larga sobre la circulación de objetos entre comunidades.
La lee, imagina a alguien encontrándola entre mensajes de una mañana de trabajo y la borra.
Tiene treinta y ocho años, sabe pedir documentos, ha ayudado a otros a formular peticiones; no entiende por qué, en cuanto desea mucho una respuesta, empieza a redactar como si quisiera impedirla.
En la mesa de al lado, dos hombres reparten monedas antes de levantarse.
Uno se lleva la cuenta y el otro lo sigue protestando con una expresión que no parece enfado.
Kavi los mira salir. Él teme prometer demasiado y teme, casi con la misma intensidad, que una solicitud modesta no parezca merecer el viaje.
Se sorprende ensayando para aquellos desconocidos una importancia de la que desconfía cuando la ve en otros.
Empieza otra vez. Primero hace el borrador en castellano. Después lo pasa al inglés, vigilando que la cortesía no ensanche lo que pide.
Me llamo Kavi y soy investigador en Sevilla. Adjunto mi identificación y una breve descripción del trabajo. Les escribo desde Manila, donde estoy consultando documentación sobre la circulación de objetos y papeles entre España y Filipinas y sobre las personas que pudieron conservarlos.
Mi investigación ha llegado a las relaciones de traslado desde San Lázaro de los años 1906–1908.
En una de las entradas de 1907 consta un bulto bajo la columna de efectos, sin descripción de su contenido.
Adjunto la referencia de consulta; quisiera averiguar si ese tipo de anotación puede remitir a inventarios de pertenencias conservados en Culión.
Solicito una consulta delimitada a esos inventarios y a los instrumentos que permitan localizarlos, si existen y si su estado y régimen de acceso lo permiten.
No solicito historias clínicas. Puedo trabajar con copias en las que se hayan suprimido los nombres y demás datos identificativos, o con las referencias de trabajo que ustedes consideren adecuadas.
Me comprometo a respetar las condiciones que establezca el centro, incluidas las restricciones aplicables conforme a la Republic Act No.
10173, y a no fotografiar ni difundir información clínica, imágenes o nombres sin autorización expresa.
La eventual consulta no se entenderá como permiso de publicación.
Agradecería que me indicaran también qué autorización adicional debo solicitar y si es necesaria alguna coordinación con la fundación que colabora con ustedes.
Revisa los adjuntos antes de enviar. La referencia de Anselmo permite localizar la entrada, pero no necesita poner su nombre en el asunto. Escribe «Consulta de inventarios de pertenencias, 1906–1908». Debajo queda su firma, más corta que el primer párrafo que había borrado.
Al enviar no ocurre nada visible. La jarra sigue junto a la pared; alguien recoge el plato de la mesa contigua.
Kavi guarda el ordenador y descubre en la pantalla apagada la marca de un dedo que lleva toda la mañana molestándolo sin que haya decidido limpiarla.
Le pasa un paño. Tiene que volver a la segunda sesión.
El martes continúa por las páginas posteriores.
Empieza a reconocer abreviaturas y la velocidad lo vuelve imprudente: copia como repetición una marca que pertenece a otro campo y tiene que deshacer tres líneas.
La corrección le cuesta menos que la irritación.
Se había concedido, después del correo, una facilidad que nadie le había prometido.
Sale de Paco bajo un aguacero. Durante unos minutos el agua reduce las distancias: el edificio de enfrente se vuelve una superficie pálida y cuanto sucede entre ambas aceras adquiere una nitidez excesiva, una rueda empujando un abanico de barro, una sandalia que se desprende del talón, los dedos de una mujer cerrados sobre una bolsa para impedir que se abra.
Kavi se refugia bajo un saliente. El agua le alcanza los tobillos y la camisa, seca por arriba, empieza a empaparse desde el borde.
No puede salvarla desplazándose diez centímetros; tarda en dejar de intentarlo.
Piensa en llamar a Elena, decirle que está atrapado, y se ríe de la elección del verbo.
Puede esperar. Hay un muchacho a su lado que sostiene un paquete contra el pecho y mira la lluvia con una paciencia más atenta que resignada; cuando el caudal baja un poco, se quita una zapatilla, vacía el agua y vuelve a calzársela antes de hacer lo mismo con la otra.
Kavi recibe una gota gruesa en el cuello.
El saliente que los protege tiene una juntura justo encima de su hombro.
Al llegar al alojamiento se cambia y extiende la ropa.
La lluvia deja la habitación más oscura, con una claridad verdosa que parece proceder de las paredes del edificio contrario; cada vez que pasa una nube menos densa, el paño azul de un balcón vuelve a distinguirse y él siente el alivio absurdo de que siga allí.
Ha tenido una jornada útil. Le duele la espalda.
Desearía que alguien supiera ambas cosas sin que tuviera que elegir cuál contar primero.
Llama a Elena. Le habla de los traslados, del bulto, de la petición. Ella escucha hasta que él se detiene.
—¿Y tú? —pregunta.
—Mojado.
—Eso no sale en la solicitud.
Kavi mira los pantalones sobre el respaldo de la silla y empieza a reírse.
Le cuenta la gotera, el intento de salvar diez centímetros de camisa, la zapatilla del muchacho.
Mientras habla, el cuarto pierde algo de su estrechez.
Le cuesta poco estar solo; lo que empieza a costarle es regresar a esa facilidad después de oírla.
El miércoles cenan juntos. El local es estrecho y una de las mesas recibe el aire del ventilador con tanta fuerza que la carta se levanta por las esquinas; eligen la siguiente, junto a una pared donde una fotografía enmarcada ha dejado un rectángulo más claro alrededor del borde.
Kavi se sienta frente a Elena. Hay platos que deben compartir y otros cuya distribución no consiguen acordar, porque cada uno quiere ceder al otro precisamente lo que el otro intenta dejarle.
—Come —dice ella.