El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Registro de traslado
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Registro de traslado

El domingo siete, Kavi saca la maleta de debajo de la mesa.

Lleva tres días utilizándola como estante y ha llegado a convencerse de que necesita tenerla abierta; cuando aparta el cargador, dos camisas y una bolsa vacía, descubre que no hay nada dentro que vaya a usar esa mañana.

La cierra. Todavía tiene sujeta al asa la etiqueta del viaje de llegada.

El cartón ha empezado a separarse por una esquina y él lo alisa antes de darse cuenta de lo inútil del gesto.

En la pantalla conserva la confirmación del cambio de vuelo.

Se quedará hasta finales de mes. La diferencia de precio es una cantidad precisa; lo que compra con ella no consigue precisarlo de la misma manera.

Más tiempo para las consultas, desde luego, y para las peticiones que seguirán esperando aunque él se marche.

Pero también le gusta haber dejado de contar las tardes que le quedan junto a Elena.

No se lo ha dicho así. Cuando hablaron del aplazamiento, las razones del trabajo bastaron, y ahora le molesta la facilidad con que puede esconderse dentro de algo verdadero.

Sale a caminar antes de que el calor cierre la mañana.

Por las calles próximas a la bahía hay árboles cuya sombra empieza en la calzada, lejos de quien la necesita; las raíces han levantado algún tramo de pavimento y alrededor de esas pequeñas roturas se reúne una tierra fina, compactada por el paso, donde queda impreso el dibujo de una suela.

Kavi avanza despacio. Los edificios altos cortan el aire en corredores desiguales: durante unos pasos la camisa se despega de su espalda, luego vuelve a sentirla como si no hubiera corrido viento en toda la ciudad.

Un hombre barre hojas mojadas hacia una pala.

Las hojas se adhieren al borde y el hombre tiene que sacudirla dos veces para vaciarla.

Al llegar al espacio abierto, la bahía aparece bajo una claridad sin horizonte firme.

El agua cambia de color antes de que cambie el cielo; cerca de la orilla recibe un gris espeso, atravesado por reflejos que se rompen unos contra otros, y más allá se aclara hasta parecer una prolongación del aire.

Hay barcos distantes. Solo cuando uno se desplaza respecto de un edificio descubre Kavi cuál de las pequeñas manchas permanecía quieta.

Se apoya unos minutos, con las manos separadas sobre la superficie tibia, y siente un bienestar que no sabe atribuir a nada sucedido. Después le entra hambre.

Come solo. Elena está ordenando sus notas.

Él ha llevado un libro que apenas abre y termina observando cómo el camarero sujeta con el antebrazo una bandeja mientras retira un vaso.

La destreza le recuerda todas las cosas que hace sin pensar cuando está en casa, y que aquí debe decidir de nuevo: dónde comprar pan, cómo pedir una cuenta, a quién saludar al salir.

Empieza a reconocer su barrio justo cuando el trabajo amenaza con llevarlo a otro sitio. Todavía no sabe adónde.

Antes de que termine, Elena le envía las fotografías de una moneda que permanece en Ayala.

Culion Leper Colony, 1913. Elena aún no ha identificado la denominación.

Kavi amplía la imagen: el metal, picado en algunos puntos, recoge la luz sobre los bordes de las letras y la devuelve con una blancura distinta de la del fondo.

La moneda ha llegado a la casa de Elena; eso no le dice quién salió de la isla con ella ni cuántas veces pasó de mano.

Pone el teléfono junto al libro. Durante un rato le basta mirarlos allí, un volumen abierto por una página que no está leyendo y la imagen de una cosa que permanece al otro lado del mundo.

La isla tiene ya un lugar en el inventario de Elena.

Él aún no le ha pedido nada a sus archivos.

Por la tarde prepara las referencias para el NAP.

Había solicitado las citas el miércoles tres, mientras resolvía el aplazamiento: lunes ocho, mañana y tarde; martes nueve; jueves once.

Cuatro sesiones distribuidas en tres días.

La visita de Elena a San Lázaro ha dado un lugar a la pregunta por los efectos que salían de allí, aunque ninguno pueda colocar en ese lugar los papeles que busca.

Al revisar la historia del hospital, Kavi ha encontrado el traslado de pacientes a Culión y ha pedido comprobar qué documentación se conserva de los primeros años.

Abre en su cuaderno una página para 1906–1908. Deja los nombres en blanco.

El lunes, en Paco, entra con tiempo suficiente para guardar las cosas sin prisa.

La mañana tiene ya una humedad que parece venir del suelo.

En el último tramo ha pasado junto a un portal donde alguien limpiaba un ventilador desmontado: las aspas, separadas de su rejilla, parecían demasiado pequeñas para el ruido que él les conoce.

La imagen sigue un rato con Kavi cuando se sienta ante el terminal.

Le han preparado reproducciones. La solicitud del miércoles comprendía relaciones de traslado y sus antecedentes; lo que puede consultar hoy es un conjunto de imágenes, con sus referencias, no todos los papeles producidos en aquellos años. Abre la primera, comprueba la cabecera y comienza.

El libro fotografiado es apaisado. Las líneas impresas continúan bajo la escritura y reaparecen, muy finas, en los espacios que quedan entre un apellido y otro.

Una mano llena los renglones con inclinación regular; otra introduce fechas y cifras más pequeñas, algunas tan próximas al límite de la casilla que Kavi tiene que mirar la fila de arriba antes de decidir a cuál pertenecen.

Hay correcciones tachadas y salvadas al lado.

En la costura, la página se curva y hace converger varias líneas que, al otro extremo, vuelven a separarse.

Empieza por copiar los encabezamientos. Nombre. Procedencia. Año del traslado. Transporte. Estación. A la derecha hay más columnas, fuera del encuadre que permite leer las primeras con comodidad. No las suprime: recorre la imagen y reserva sitio para ellas en el cuaderno.

Lee despacio durante una hora. Un nombre abreviado reaparece completo en una anotación; otro admite dos lecturas y lo deja con interrogación.

Las edades de una relación contigua lo detienen más de lo que quisiera.

Tiene la impresión de que el muchacho de catorce años y el hombre de cuarenta y siete deberían ocupar espacios distintos, una impresión absurda que lo obliga, sin embargo, a apartarse un momento de la pantalla.

Los renglones miden lo mismo. Se frota los ojos y vuelve al dato que estaba copiando.

En una de las hojas de 1907 encuentra una salida de San Lázaro. El nombre no le dice nada. Anselmo Dimaano. Comprueba la inicial, sigue la línea hasta Mariveles y desplaza la imagen hacia la derecha. Allí, bajo el encabezamiento de efectos, hay una cifra.

Uno.

Las entradas anteriores también tienen esa columna; unas consignan cantidades, otras una raya cuyo significado no puede establecer todavía.

Kavi retrocede. La cifra de Anselmo no está sobre un pliegue ni junto a una enmienda.

El renglón contiene una persona, un trayecto y un bulto contado al salir. Eso es cuanto tiene.

Se acerca la empleada cuando él pregunta si la relación remite a un inventario de pertenencias. Mira la reproducción, después la descripción del conjunto. No le ofrece una hoja que no esté localizada.

—Puede pedir que lo comprueben en Culión.

Kavi anota la indicación. Le gustaría formular una segunda pregunta capaz de convertir aquel puede en una certeza, pero ya conoce la única respuesta que resultaría útil: una referencia a otro documento.

De momento no la hay. Pide conservar la referencia completa de la imagen y termina la transcripción de los campos que necesita.

Relación de traslados, 1907. Copia de trabajo de Kavi; campos vertidos al castellano.

Nombre: Anselmo Dimaano.

Procedencia: San Lázaro.

Estación: Mariveles.

Transporte: guardacostas.

Efectos: 1 bulto.

No añade una profesión ni una edad que esa línea no le da.

Tampoco escribe espejo. Mantiene a Anselmo junto a los otros nombres procedentes de San Lázaro: necesita averiguar si aquella cuenta respondía a una práctica, si los bultos se detallaban en otra hoja, si la descripción quedaba en el lugar de partida o acompañaba a quien se marchaba.

La columna permite hacer esas preguntas.

Le parece mucho, después de tantos días buscando cosas que no sabía cómo pedir.

Siente enseguida vergüenza por la alegría.

No por investigar a un desconocido, sino porque ha leído su traslado con la satisfacción de quien encuentra una puerta abierta.

Vuelve al nombre. Anselmo no le debe ninguna revelación.

Puede haber llevado ropa, herramientas, comida; puede que su única relación con la búsqueda sea haber pasado por un hospital cuyos papeles intentan seguir otros dos desconocidos ciento diecinueve años después.

Kavi deja que esas posibilidades permanezcan juntas.

Al final de la línea ha copiado un bulto; debajo hay espacio para todo lo que ignora.

Sale antes de que termine el turno de mañana y come cerca del archivo.

El local tiene una cubierta que prolonga la sombra sobre la entrada, pero por debajo pasa un aire caliente, cargado del olor de los vehículos detenidos.

Una muchacha arrima una jarra a la pared para dejarle sitio.

Kavi abre el ordenador después de retirar su plato.

Conserva en el cuaderno la dirección de contacto del museo y archivo de Culión, vinculados al sanatorio.

Ha comprobado a quién dirige la solicitud; todavía le cuesta empezar.