Zona de acceso restringido #3
Se acerca al marcador. El origen remite a mil quinientos ochenta y cuatro; la reconstrucción, a comienzos del diecinueve.
El marcador es de mil novecientos treinta y siete.
Elena anota las tres referencias por separado.
Después deja que sus ojos recorran otra vez la superficie sin repartir cada piedra entre aquellas fechas.
Son las nueve y veintisiete.
Al preparar la visita había leído una relación de la campaña del trece de agosto de mil ochocientos noventa y ocho, publicada al año siguiente por un oficial de la marina norteamericana.
Allí estaban las nueve y media. La hora le había resultado más difícil de dejar en una página que cualquier nombre de unidad: una precisión que prometía un punto al que podría acudir ella también.
Por eso la incluyó en la solicitud. Ahora le parece un capricho, pero es el capricho al que ha dedicado el viernes y no va a fingir que vino solo a comprobar un muro.
Joel permanece a unos tres metros. Alguien lo llama por el aparato que lleva; escucha, responde brevemente y vuelve a guardar silencio. Elena espera hasta que la pantalla cambia de minuto.
Nueve y media.
Abre el metro. La lengüeta salta antes de que consiga sujetarla y tiene que recoger parte de la cinta. Joel mira el instrumento.
—¿Arquitecta?
—Restauradora.
Decirlo le produce un placer breve. Su contrato acabó en mayo y, desde entonces, cada vez que ha escrito su profesión en un formulario ha temido estar prolongando algo que ya no le concedían. El hombre no le pide el nombre del museo. Espera a que termine de extender la cinta.
La sombra que Elena ha escogido se interrumpe en una irregularidad del suelo.
Mide hasta donde distingue el borde; después dibuja el muro, señala la dirección, anota la fecha y la hora de su teléfono.
Antes de cerrar el croquis escribe junio.
El sol de agosto no ocupará este lugar, y la cifra de un reloj tampoco asegura que dos épocas hayan contado la hora del mismo modo.
Tiene una medida de esta mañana, bajo estas nubes.
Le molesta que sea tan poco precisamente porque lo sabe desde antes de arrodillarse.
Una nube deshace el límite mientras está recogiendo el metro.
Elena se queda mirando la franja donde hace unos segundos habría colocado una marca.
Espera. En el muro, el relieve se suaviza sin desaparecer; los huecos todavía guardan diferencias que el suelo ha perdido.
Podría repetir la medida cuando vuelva el sol, obtener otra cifra, quedarse hasta agotar el tiempo concedido.
En vez de eso hace un dibujo más amplio, con el punto desde el que ha mirado y los obstáculos que le impiden prolongar la vista.
El acompañante se ha desplazado a la sombra. Elena se pone de pie y le pregunta si pueden recorrer el otro lado.
—Por aquí, sí.
Van despacio. Ella toma dos fotografías permitidas y después guarda el teléfono.
Desde el ángulo siguiente, la muralla pierde el aspecto de una línea y muestra su grosor.
Hay una porción de cielo encerrada entre construcciones que no existían cuando se dibujó el plano; el viento alcanza ese hueco, levanta una hoja del cuaderno y la deja doblada sobre la mano de Elena.
La endereza sin apartar los ojos del muro.
Lo ha visto. La satisfacción existe, modesta y obstinada, aun cuando no pueda emplearla como argumento para nada de lo que más desea averiguar.
Al salir, Joel le pregunta si ha conseguido la medida.
—La de hoy.
Él asiente como si bastara.
—Yo habré acompañado a dos o tres investigadores este año. Todos miden algo.
—¿Y usted?
Joel mira la hora.
—Yo tengo que devolverla antes de las diez.
Elena se ríe y acelera un poco. Él le indica que no hace falta correr. En el registro firma la salida; al quitarse la credencial, la fotografía gira y queda unos instantes contra su pecho. La deposita sobre el mostrador con la cara hacia arriba.
Esa noche extiende el plano en la pantalla grande.
El campanario que ha intentado mirar desde una esquina se reduce otra vez a un signo; las defensas tienen contornos que el trazado conserva incluso donde ya no sabe colocar un muro actual.
Busca el espacio del convento. El dibujo militar no le cuenta si había andamios, quién podía subir, qué parte quedaba tapada por una cubierta.
Por primera vez en todo el día no siente la necesidad de compensar una ausencia con otra visita.
Escribe a Kavi:
—He estado en el sitio. El sitio no dice nada.
Él responde cuando Elena ya ha empezado a cerrar las ventanas del ordenador.
—Ya. Por eso trabajamos con papel.
El sábado separa las fotografías de las notas sobre documentos.
Conserva el croquis, incluida la sombra que perdió el borde antes de que acabara de medirla.
En una hoja nueva pone la pregunta que el hospital le ha permitido formular: cómo se trasladaban las pertenencias cuando trasladaban a las personas.
Debajo quedan las fechas de las sesiones de Kavi, todavía sin nombres que las llenen.
Antes de salir, saca de la bolsa la carpeta grande. El cuaderno pequeño cabe en un bolsillo. Ha quedado para cenar.