16 · Toma de razón #3
Azcárraga recibía el aire de las calles laterales por intervalos.
Una puerta abierta dejaba salir olor de cena; más allá se oían los cascos de un caballo que no llegábamos a ver.
Había llovido poco antes y los tejados goteaban sobre lugares ya secos, de modo que al pasar bajo un alero me cayó agua por dentro del cuello.
Me la limpié sin detenerme. El hombre miró hacia atrás para comprobar que lo seguía.
En la casa me hicieron esperar. Oía gente en una sala a la que no me llevaron.
La puerta de una estancia lateral tenía pegado un aviso que mandaba volverse al que no dispusiera de valor.
Lo leí dos veces. Dentro colgaban paños negros; uno no llegaba al suelo y dejaba ver debajo un canasto.
Habían acercado una mesa a la pared, dispuesto una luz sobre ella y tapado la ventana con otra tela que se hinchaba cuando entraba aire por las rendijas. Alguien la sujetó con una silla.
Me preguntaron por el país antes de los españoles, por el estado en que lo encontraba, por lo que estaba dispuesto a hacer.
Contesté a la primera pregunta con una fecha.
El hombre esperaba otra cosa y tuve que comenzar de nuevo.
Hablaba bajo. Aquella manera de preguntar y aguardar, sin interrumpirme para darme la respuesta que debía repetir, me desarmó más que el aviso de la puerta.
Yo sabía llenar páginas sobre hombres muertos; al tener que decir qué haría al día siguiente empecé dos frases que no pude acabar.
Me vendaron los ojos. Uno me llevó del brazo, me hizo adelantar un pie y me dijo que debajo no había suelo.
Lo busqué con la punta hasta que me ordenó retirarla.
Durante unos segundos no pude persuadir al cuerpo de dar un paso que mi oído ya creía seguro.
Salté. La caída fue tan corta que me golpeé las rodillas al intentar absorber otra mayor.
Oí moverse a alguien, quizá para sujetarme, pero no llegó a tocarme.
La otra prueba empezó con una puerta que se abrió de golpe y una voz que preguntó quién me había llevado allí.
Me sujetaron un hombro. Otra voz, muy cerca, dijo que ya nos habían encontrado.
Tuve en la boca el nombre de mi acompañante; era la contestación que habría dado a quien preguntara en una oficina.
No lo dije. El hombre soltó mi hombro, retiraron la venda y reconocí en el que acababa de entrar a quien había sujetado la cortina.
Todavía respiraba con la boca abierta cuando él volvió a colocar la silla.
Me irritó haber tenido miedo de aquel teatro.
Me irritó también que el miedo hubiese encontrado una respuesta tan rápida.
Me ofrecieron agua. El vaso estaba tibio y lo sostuve más de lo necesario; podía marcharme, pero al imaginarme cruzando otra vez la puerta me veía explicar durante años por qué había salido.
Si me quedaba, tendría que responder de lo que aún no sabía hacer. Bebí antes de devolver el vaso.
Pusieron delante de mí una hoja manuscrita.
Habían trazado a regla los espacios y dejado al pie el lugar para la firma; las líneas del juramento cambiaban de tamaño cerca del borde, donde al copista le había faltado sitio.
Arriba estaban las letras Z. Ll. B. Las separé con los ojos, las devolví a las que conocía y me detuve en la doble ele.
Alguien había reducido aquel nombre con las mismas correspondencias que yo guardaba en mis cuadernos.
El hombre señaló dónde debía firmar y me dijo que podía elegir otro nombre. Había un espacio ancho. Lo leí hasta el final: el papel pedía un compromiso y una firma. Mi padre no tenía ningún lugar allí.
Me remangué el brazo izquierdo. La tela se resistió al pasar el codo y tuve que soltar el puño, volver a doblarla.
Acercaron la lanceta. Miré hacia la ventana; debajo del paño entraba una raya de claridad procedente de la habitación contigua.
El corte llegó antes de que volviera los ojos.
Fue breve. Después sentí que la piel continuaba abriéndose, aunque la hoja ya estaba apartada.
La sangre formó un hilo rojo. Acerqué el índice derecho, el que había apoyado en Londres donde faltaban las letras, y lo retiré manchado.
Al tocar el papel quedó primero una gota demasiado gruesa.
La extendí en la curva de la jota, levanté el dedo y volví al brazo.
Escribí José. Para Yap tuve que acercar la hoja.
Continué hasta completar de Silva, con trazos desiguales, más anchos que los de cualquier firma hecha con pluma.
Uno de los hombres sostuvo el borde mientras terminaba.
Lo solté al llegar a la última letra. En las partes delgadas el rojo había empezado a volverse pardo; junto a la jota aún brillaba.
Doblaron la hoja en cuatro antes de que se secara, la volvieron a abrir al advertir la humedad y vi en la cara opuesta una huella invertida.
El hombre separó los dos lados con cuidado.
Yo mantenía el índice levantado, sin notar ya la sangre que se espesaba en él. Al cerrar la mano me tiró el brazo.