El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 16 · Toma de razón #2
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16 · Toma de razón #2

La prima se levantó a retirar los platos.

La seguí hasta la puerta de la cocina para pedirle que la dijera una vez más.

Consintió mientras vertía el agua. Anoté los sonidos, volví a leérselos y me corrigió.

El marido preguntó si ahora tendría que pagar por hablar.

Los tres nos reímos; yo había conservado la solemnidad de un archivo ante una mujer que quería acabar de lavar.

En mi cuarto busqué la nota de mi madre en la contracubierta de la libreta negra.

La conocía desde que había abierto el bulto en Madrid, aunque entonces me había detenido en las cuentas.

Allí estaba, en tagalo, otra forma de aquella historia.

La fui diciendo en voz baja, con la anotación de aquella tarde al lado.

Las diferencias no desaparecieron. Me oí pronunciar una de las palabras como la pronunciaba mi madre y la repetí por ese motivo, demorando el momento de seguir.

Me había sorprendido que la prima recordara mi risa de niño.

Yo habría querido preguntarle cómo sonaba, pero al intentar formularlo me pareció que le pedía demasiado.

En cambio, la había obligado a repetir una frase hasta cansarla.

Ahora podía leer las dos versiones, compararlas, atribuir cada una a una mano o a una boca; de la tarde quedaba fuera el instante en que me quitó el paño de la silla y volvió a tratarme como a alguien que no necesitaba ser recibido.

Cerré un momento la libreta. Sentía afecto por aquella mujer y sentía vergüenza de haber ido a verla principalmente para que me prestara su memoria.

Antes de acostarme separé unas monedas para llevar algo la próxima vez.

A la mañana siguiente tuve que tomarlas para el desayuno.

Volví a su casa el domingo con las manos vacías, y ella me hizo entrar sin mirar lo que llevaba.

En 1891 pasé al cuaderno las tres frases que guardaba de mi madre: el espejo había sido del japonés de Dilao; el capitán se lo había llevado la noche en que lo mató; mostraría la verdad cuando volviera a reunirse la sangre derramada.

No sabía describir su forma. En mis notas no dibujé un objeto que nunca había visto.

Debajo conservé lo que había oído a la prima, en la lengua en que ambas lo habían recibido.

En la primavera de 1892, la genealogía me ocupó tres noches.

Abría a un lado las copias de Europa; al otro, el testimonio del reconocimiento y mi partida.

Trazaba las dos columnas en hojas que después pasaba al cuaderno: la rama que constaba en los papeles, la que no encontraba cómo enlazar.

El espacio de abajo, reservado para mí en Madrid, empezó a llenarse con nombres que podía leer y huecos que no sabía cruzar.

Había pensado que disponer de una mesa propia en Manila facilitaría el trabajo.

Las primeras noches me distrajeron más las voces conocidas que todos los ruidos de una pensión extranjera.

Puse 1623 junto al entierro declarado por Villalobos; 1625, junto al nacimiento y el bautismo que afirmaba el traslado.

Seguí con 1739, la copia; 1741, las pruebas aprobadas.

Escribí debajo 1860 y 1861. Me costó mantener separadas las dos columnas cuando llegué a mi nombre: el testimonio decía lo que yo llevaba años deseando leer, y el margen de otro libro seguía sin recogerlo.

Tenía que volver a las hojas para no hacer desaparecer uno de los dos hechos al ordenar el otro.

Lo pasé todo a la cifra. En la segunda noche me dormí sobre el brazo, y al levantarme encontré en la piel el canto de una hoja.

La tercera terminé la relación, cotejé los años y escribí en castellano mi versión de la frase: «solo mostrará la verdad cuando la sangre derramada se vuelva a unir». La convertí debajo:

scjc vcstrzrz jz berdzd kxzlldc jz szllgre derrzvzdz se bxejbz z xllnr

Leí las dos líneas antes de cerrar. En la contratapa conservaba la cuenta de Garnier, pegada por un borde.

La desplegué para comprobar que no se había adherido a la hoja de enfrente.

Luego acomodé los pliegues y puse el segundo cuaderno sobre el primero.

Quedaban páginas. Durante meses no supe qué más quería guardar allí.

De las últimas páginas cifradas. Lectura conservada

[Dos pérdidas de texto en el doblez.]

El tres de julio de 1892 estuve en la casa de Doroteo Ongjunco, en Ilaya.

Me habían buscado por la letra. En el zaguán dispusieron una mesa para los nombres y las cuotas; mi tarea era recibir las monedas, apuntar y entregar un recibo.

Antes de que llegaran los primeros tuve que meter un papel bajo una pata, porque cada apoyo de la pluma movía la superficie.

La casa mantenía separados el calor de la calle y un aire interior que parecía inmóvil hasta que alguien pasaba hacia el fondo.

Al abrirse la puerta, la claridad alcanzaba el suelo y el canto de la mesa, se retiraba sobre los zapatos del recién llegado y acababa estrechándose detrás de él.

Desde mi asiento veía el arranque de la escalera.

Las voces de la sala llegaban juntas; distinguía cuándo una se imponía, pero no las palabras que la habían hecho subir.

Yo debía inclinarme sobre los nombres de abajo.

Un hombre pronunció el suyo con tanta prisa que tuve que pedírselo otra vez.

Otro quería que le contase las monedas delante.

Lo hice, y cuando empujé el recibo hacia él se quedó mirándolo con una satisfacción que conocía.

Estaba naciendo una liga en la sala. A mí me dieron después otra hoja porque la primera se acababa. No entré.

Durante una pausa salí a buscar agua. Ilaya conservaba charcos en las partes hundidas, bajo una claridad que iba pasando del amarillo al gris; en las ventanas altas se movían sombras, y las ruedas traían adherido un barro que se desprendía al cambiar de suelo.

Un hombre cruzó con un niño dormido sobre el hombro.

Le sujetaba los pies con una mano y con la otra sostenía algo envuelto que no podía cambiar de sitio.

Lo seguí con los ojos hasta que hubo pasado el carro que le impedía avanzar. Después volví a la mesa.

…

La noticia del arresto llegó el seis. La oí donde trabajaba y la volví a oír al salir; en una tienda habían detenido una cuenta a mitad de la suma para repetirla, y en otra el dependiente seguía despachando mientras dos clientes discutían sobre quién podía confirmarla.

Rizal estaba preso. Yo terminé una copia y tuve que rehacer su último renglón.

Esa noche abrí el segundo cuaderno, busqué una página libre y escribí dos líneas.

Debajo apunté veinte céntimos, lo que había pagado por el sello de nuestros recibos.

Había adelantado el dinero el día tres. No lo había pedido aún.

El siete conocí la orden de destierro. Hablaban de una isla del Sur.

Alguien me aseguró un destino y otro lo corrigió; conservé en mis notas solo lo que no necesitaba elegir entre ambos.

Al volver al cuarto dejé la cartera sobre la cama.

Me habían dicho que fuese aquella noche a una casa de Azcárraga.

…

Fui con un hombre que había estado cerca de la mesa de Ilaya.

Caminaba algo más deprisa que yo y, al llegar a un tramo estrecho, se puso detrás para que no nos separasen quienes venían de frente.

No hablamos del cuaderno. Lo había dejado cerrado bajo los papeles de mi madre, con la lámpara apagada y el vaso vacío sobre la mesa.