16 · Toma de razón
El hombre que abrió la tienda me preguntó qué buscaba.
Había corrido una sola hoja de la puerta y permanecía en el hueco, con una mano todavía sobre la madera; detrás de su hombro vi las tablas donde mi madre había apoyado los libros, ahora desnudas, y unas cajas apiladas que impedían pasar al patio.
Dije mi nombre. Esperó a que dijera otra cosa.
La luz entraba por el mismo sitio. Esa fue la parte que no había preparado.
Me habría resultado más fácil encontrar una pared nueva, una cubierta, cualquier impedimento que me ahorrase reconocer el rectángulo claro al pie de la puerta, atravesado por una sombra oblicua a aquella hora de la tarde.
Habían cambiado la tinaja. En el lugar de los cuencos había una cesta vuelta, y la pared que durante años me pareció alta terminaba a una distancia del suelo que ahora podía medir con mi cuerpo.
Me quedé allí hasta que el comerciante preguntó si quería agua.
La bebí. Él esperaba recuperar el vaso. Después de devolvérselo le pregunté si se mojaba todavía el rincón junto a la escalera.
Me mostró el arreglo y me explicó cuánto le había costado.
Escuché con un agradecimiento que no encontró una frase conveniente: durante unos minutos pude ocuparme de la casa sin tener que pedirle que me la devolviera.
Tomé un cuarto en Binondo. Tenía dos ventanas de conchas cuyos bastidores deslizaban con desigual facilidad; al cerrar el que miraba a la calle, una pieza pequeña seguía dejando pasar un hilo de claridad, tan blanco al mediodía que parecía pertenecer a otra hora.
El suelo conservaba el lustre en las partes por donde se andaba y una opacidad blanda bajo la cama.
Había sitio para una mesa si la silla se guardaba debajo después de usarla.
Coloqué los dos cuadernos contra la pared interior, sobre el libro de hule negro que había vuelto conmigo desde Madrid.
El testimonio del escribano quedó dentro de la carpeta, protegido de la ventana.
No colgué la cruz de mi madre el primer día.
Tardé en escoger un clavo que no estuviera ocupado por algo del dueño.
Al anochecer llegaban los ruidos del barrio con una cercanía que Europa me había hecho olvidar: una cuchara contra el borde de una olla, la disputa de dos hombres a quienes una carga no dejaba verse la cara, una mujer llamando desde arriba sin dar por terminado su trabajo.
El aire traía por turnos el olor de una fritura y el agua retenida en el desagüe.
Más allá de los tejados, el cielo continuaba iluminado cuando las habitaciones ya pedían lámpara; algunas nubes conservaban debajo una blancura densa, y otras se oscurecían por los bordes mientras avanzaban sobre los almacenes.
Salía a comer con la camisa pegada a la espalda.
Una noche me sirvieron más arroz del que había pedido.
Lo terminé despacio, escuchando hablar alrededor, y al levantarme sentí por primera vez desde el desembarco que podría quedarme.
Una tarde bajé hacia el río y permanecí allí hasta que dejó de convenirme la hora.
Las embarcaciones, arrimadas unas a otras, ocultaban buena parte del agua; esta reaparecía en corredores estrechos, de un verde turbio que se abría en escamas claras cuando alguien bajaba a bordo.
Un remero sacudió la pala antes de apoyarla.
Las gotas alcanzaron a otro hombre, que se volvió para insultarlo y acabó riéndose.
Más lejos, un casco cargado giraba muy despacio, con una gravedad que no parecía afectada por los esfuerzos visibles de quienes lo dirigían.
Había visto ríos más anchos y muelles donde se descargaba con menos voces.
Allí podía anticipar un grito por el ademán que lo precedía; esa pequeña ventaja me retuvo.
Regresé bordeando los almacenes, rozando con la mano las costuras de los sacos cuando el paso se estrechaba.
En una esquina compré fruta. La llevé al cuarto con el propósito de comerla después de trabajar y la terminé antes de abrir la carpeta.
Conseguí trabajo de pasante. Copiaba escrituras, preparaba hojas, llevaba recados que a menudo consistían en ir a preguntar por una respuesta.
El primer encargo pagado fue una partición donde dos hermanos no coincidían en el tamaño de un patio.
Yo copiaba los linderos mientras los oía discutir en la habitación contigua; uno daba los pasos con voz, el otro los descontaba.
El escribiente que me había buscado levantó los ojos y sonrió.
Cuando llegué al último lindero, los hermanos habían regresado al primero.
Me gustó ganar dinero allí. Mi padre había servido a la administración, en despachos a los que yo llegaba por sus firmas; yo empezaba por una mesa prestada y una tarea que podía devolver por la tarde.
A veces me quedaba trabajando después de cobrar, solo para acabar una hoja antes de salir.
Otras buscaba cualquier excusa para irme.
Ninguna de las dos inclinaciones me pareció un destino.
Llevé a la parroquia el testimonio autorizado que Osorio había expedido el quince de febrero de 1861.
La mancha de aceite estaba junto al doblez.
La había visto de muchacho en manos de mi madre; al colocar ahora el papel sobre aquella otra mesa me molestó que el hombre de enfrente pudiera tomarla por descuido mío.
El cura no era el de mi bautismo. Tampoco parecía recordar la gestión de 1876.
Le enseñé mi certificación y pedí que buscasen el asiento.
Mientras lo traían, explicó a alguien por dónde debían pasar unos muebles.
Tuvo que salir a señalar la puerta. Yo quedé con la carpeta abierta, oyendo fuera el esfuerzo de varios hombres y, después, la voz que pedía que bajaran despacio.
En la habitación entraba una claridad verdosa del patio.
Cerca de la pared se amontonaban sillas, con las patas de las de arriba cruzadas sobre los asientos inferiores; una tenía atado un travesaño que amenazaba con soltarse.
La mesa ofrecía una franja limpia donde terminaba el alcance habitual del brazo y comenzaban los libros.
Sobre esa franja puse el testimonio, la certificación y mis manos.
Había imaginado muchas veces la conversación.
En ninguna de aquellas versiones tenía que esperar a que un mueble atravesara una puerta.
El libro llegó abierto por otro año. Buscaron hacia atrás, con pausas para leer los encabezamientos, y al fin apareció mi asiento de 1860. Encontré el nombre de mi madre antes que el mío. El margen seguía vacío.
El cura leyó el testimonio. Le indiqué la fecha de la escritura, doce de febrero; luego la de su expedición, tres días después. No había confundido ambas, pero yo continué explicándolas hasta que levantó un dedo para que lo dejara terminar.
—Pido que se tome razón aquí —dije, señalando el margen.
Volvió a mirar el signo de Osorio.
—Para hacer esa anotación, tráigame orden del Provisorato.
Le contesté demasiado deprisa. Le hablé de los años, de la escritura guardada por mi madre, de mi regreso; al llegar a Madrid advertí que llevaba un rato contando un viaje que él no me había preguntado. El sacerdote dejó terminar la frase. Después repitió dónde debía presentar la solicitud.
No negaba lo escrito en el testimonio. Lo tenía delante y lo había leído entero.
Precisamente por eso me resultó tan difícil recogerlo: había esperado una objeción contra la que pudiera reunir palabras, y aquel hombre me indicaba otra oficina con la paciencia de quien cree haber ayudado.
Le pregunté qué papeles tendría que acompañar.
Empezó a decírmelo. Saqué una hoja y apunté.
Cuando cerraron el libro, mantuve un instante el dedo sobre la mesa, en el lugar donde había estado el margen. Retiré después las manos para que pudieran acomodar el volumen. El cura se despidió llamándome señor Yap.
En la calle tuve que apartarme de un carro.
Había olvidado hasta qué punto el sol devolvía las paredes sobre los ojos; la camisa, todavía fresca al salir de la habitación, se me pegó al pecho mientras aguardaba.
Sujeté la carpeta por debajo para que no se venciera.
Llevaba los papeles que había traído y una lista nueva.
Me detuve bajo un alero a guardarla bien.
Un muchacho me ofreció algo de una cesta y repetí que no dos veces, con una dureza que él no merecía.
Esa noche escribí la dirección del Provisorato.
Dejé preparado el comienzo de la petición.
Al día siguiente me dieron trabajo para entregar el viernes.
Acepté. En las semanas siguientes fui ordenando lo necesario, cambié dos veces el párrafo con que explicaba qué pedía y aprendí los días en que podría hacer la gestión sin perder el encargo de la mañana. No conseguí que el margen cambiara.
Una prima de Tondo me hizo repetir la última frase.
Habíamos hablado de mi madre después de comer; ella recordaba cosas que yo no recordaba y me atribuía otras en las que no conseguía reconocerme.
Quiso saber si en París había aprendido a comer sentado de otra manera.
Le dije que no. Entonces retiró de la silla el paño que había puesto para mí y se rio.
Tenía la costumbre de sujetarse el cabello mientras buscaba una palabra.
Al mencionar a la abuela Ambrosia hizo ese movimiento y empezó la historia del japonés de Dilao.
Me incliné hacia ella. En el patio, el marido reparaba una cesta; cada vez que tiraba de una tira de caña, la pieza entera crujía y tapaba una sílaba.
Le pedí que volviera al final. Lo dijo en tagalo, como lo había oído de nuestra abuela.
Yo había escuchado aquella historia a mi madre, pero no conseguía devolverle exactamente la misma frase.
—No era así.
—Yo la recuerdo así.