El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 15 · Transferencia de fondo #3
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15 · Transferencia de fondo #3

Abrí la ventana. Al otro lado del patio, una cocina dejaba ver la mitad de una mesa y el codo de quien trabajaba sobre ella; por encima se cruzaban cuerdas sin ropa, tan próximas a mi pared que habría podido alcanzar una con el brazo.

El cielo quedaba muy alto. Todavía conservaba claridad, pero esta no descendía hasta los pisos bajos, donde una puerta encendida recortaba el tramo de galería anterior a una escalera.

En alguna vivienda estaban friendo. El olor entró en el cuarto, se mezcló con el de los libros y me hizo recordar que no había comido.

La patrona llamó mientras buscaba la navaja entre los papeles.

Quería saber si pensaba dejar aquello toda la noche junto a la pared; debajo había vivido un huésped que la llenó de manchas.

Le mostré la humedad y le pedí unos días.

Miró las tapas hinchadas sin tocarlas, se agachó para ver la madera y me preguntó si podía mover la caja lejos del rincón.

Lo hicimos entre los dos. Al levantarse vio la lista sobre la mesa.

—¿Todo esto es suyo?

Le dije que sí. Después añadí de quién había sido, pero ella ya tenía la mano en el picaporte y me pidió que no acercase los libros al brasero. Cerré la ventana antes de sentarme. Se habían enfriado los bordes de las hojas, y el cuarto tardó en recobrar el aire que yo había dejado salir.

La lista estaba protegida entre dos cartones.

Vi primero las dos columnas, después el nombre con que mi madre se dirigía a mí.

La letra descendía poco a poco hacia la derecha; algunas cantidades habían sido repasadas, pero se leían.

Siete libros. Una libreta. Doce atados. El testimonio.

La cruz. Fui contándolo todo en ese orden, hasta advertir que para contar el papel de la escritura tenía que abrir antes el libro donde estaba guardado.

La cubierta de hule se había cuarteado en el lomo.

Volví las hojas sujetándolas por la parte menos vencida y encontré las cuentas de la escuela mezcladas con el paso de los años: nombres cuya voz recordaba, otros que solo existían para mí en la letra de mi madre.

Había un pago en rojo que atravesaba una cifra negra.

Recordé la impaciencia con que esperaba que terminase de apuntarlo para pedirle dinero.

No sabía qué me dolía más, si haber sido aquel muchacho o no poder volver a entrar en la habitación y serlo sin esfuerzo.

Al final estaba el testimonio autorizado del quince de febrero de 1861.

Lo había dejado en Binondo. Conservaba los cuatro dobleces y la mancha de aceite; pude reconocerlos antes de leer el nombre de mi padre.

Aparté mi certificación de bautismo, que tenía guardada entre otros documentos, y puse ambas hojas juntas.

Durante años había imaginado qué podría hacerse con ellas.

Esa tarde no quise enviarlas a ningún sitio.

Leí el nombre de Rosario sin pasar enseguida a la línea siguiente.

En las copias de la genealogía había buscado una discordancia entre fechas.

Aquí no encontraba una fecha que discutir.

El remitente me daba las del fallecimiento y el entierro, el envío me traía una lista escrita antes, y yo tenía delante los efectos que ella había elegido.

Me resistía, sin embargo, a llamar herencia a lo que aún recordaba distribuido por una casa.

Guardé de nuevo la partida y el testimonio, cada uno en su doblez.

Este volvió a la última página de la libreta.

En una hoja aparte comencé la relación.

Efectos recibidos de Binondo

Ropa

No se remite.

Armas

No hay.

Libros y papeles

1. Siete libros, dañados de humedad. 2. Una libreta de cuentas, cubierta de hule negro.

3. Doce atados de recibos, por años; tienda y escuela separados.

4. Testimonio autorizado de escritura de reconocimiento, 15 de febrero de 1861, dentro de la libreta.

5. Lista de entrega, de mano de mi madre; carta del remitente y guía de transporte.

Alhajas y efectos de valor

6. Una cruz de plata, con cordón.

Dinero

No se recibe.

Dejé la relación junto a la lista. La carta que acompañaba la caja explicaba gastos y demoras, sin conseguir explicarme por qué había llegado precisamente aquella semana.

No se lo pedía. Busqué entre mis papeles la primera carta del primo, la recibida en París, y reuní las dos con la guía.

Al cerrar los cartones descubrí que me había quedado en la mano un hilo de la costura. Lo solté en la caja.

Faltaba examinar la cruz, que había llegado envuelta en un pañuelo entre los recibos.

Cabía a lo largo de tres dedos; el travesaño era corto y el cordón oscuro había dejado una marca junto al enganche.

Acerqué la lámpara y encontré la incisión del pie.

La medí con el canto de la uña, volví la pieza para recibir mejor la luz y añadí en la relación: «una incisión que no leo».

El reverso estaba liso donde lo había rozado un pulgar. Puse el mío encima; la zona gastada continuaba más allá de la yema.