El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 15 · Transferencia de fondo #2
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15 · Transferencia de fondo #2

La otra mujer no la suelta. Hay once kilos allí dentro, contando la madera, dice; los han pesado abajo. Rosario intenta levantarla de nuevo, pero Inés le aparta la mano, cierra la tapa y la deja junto a la cama. En el brazo vacío sigue sintiendo el peso.

Al anochecer el cuarto necesita una lámpara. Cuando la traen, Rosario mantiene los ojos cerrados. Muere antes de que retiren el vaso de la mesilla.

El libro de entierros recibe su nombre: Rosario Yap.

Estado, soltera. Edad, cincuenta y un años.

El día seis de noviembre de 1889 queda asentada la sepultura en un nicho.

Un primo suyo, vinculado al gremio de mestizos, paga el entierro y se hace cargo de los efectos destinados a José.

La hoja rayada queda encima de la libreta.

El bulto llegó a mi cuarto de la calle del Príncipe en los últimos días de noviembre de 1890.

Había tenido que pagar gastos antes de poder llevármelo; al subir, el hombre que me ayudaba quiso apoyar un extremo en la pared y le pedí que aguardase.

No sabía qué cara debía quedar arriba. Acabamos dejándolo sobre el suelo, donde la arpillera soltó arena y un polvillo oscuro que entró entre las tablas.

Conservaba un precinto de aduana y la guía de transporte, metida bajo una vuelta del cordel.

Mi nombre estaba completo. Más abajo se habían añadido indicaciones que no eran de la misma mano; la dirección de París, todavía legible, quedaba apartada por una raya.

Corté las puntadas buscando un sitio donde no estuviese el papel.

El hilo opuso más resistencia que la tela.

La caja había recibido humedad. Uno de sus lados abombaba la envoltura y la madera, al descubrirla, presentaba una franja oscura que subía desde el fondo.

La apoyé sobre dos trozos de arpillera. Tuve que despejar la mesa: guardé las copias sevillanas con la carta del copista, aparté los dos cuadernos de Europa y llevé a la cama los libros abiertos.

Después encendí la lámpara, aunque todavía entraba luz por el patio.

Mi madre había muerto un año antes. La noticia me alcanzó en París, en diciembre de 1889, un día de nieve.

La patrona me entregó la carta al pie de la escalera; iba a preguntarme algo, pero vio de dónde venía y me dejó pasar.

Subí unos peldaños. Allí la abrí, de pie, con el sombrero puesto y las suelas dejando agua en la madera.

Escribía aquel primo. Decía que la habían enterrado el seis de noviembre; la muerte había ocurrido el día anterior.

Volví a leer ambas fechas porque entre ellas había pasado una noche durante la cual otras personas supieron dónde estaba mi madre y yo no.

Me comunicaba el pago de la sepultura y prometía ocuparse de lo que ella había separado para enviarme.

Después venían noticias de personas a las que apenas recordaba. Una se había casado. Leí también eso.

Desde la puerta abierta entraba un aire que enfriaba primero los tobillos.

Vi cómo una mancha de agua se extendía bajo mi zapato y levanté el pie, con cuidado de no arrastrarla.

Yo había salido por la mañana deseando que nevase más, que la calle se cubriera entera antes de llegar al taller.

Recordé aquel deseo con una precisión insoportable.

Mi madre llevaba semanas muerta mientras yo subía aquellas mismas escaleras, discutía un precio o procuraba que alguien me encontrase gracioso.

Por un instante quise desandar hasta la última carta que le había escrito y quitarle todo lo que no importaba.

Luego comprendí que habría tenido que dejarla casi en blanco.

Seguí subiendo. Tenía trabajo en el cuarto y lo puse delante de mí.

Durante una hora hice marcas cuya utilidad comprobé al día siguiente, sorprendido de que ninguna estuviera mal.

Hubiera preferido encontrar una falta grande, algo que me permitiera fechar en aquella página lo ocurrido.

La carta permaneció junto al tintero. Cuando empezó a oscurecer, fui a acercarla a la ventana, como si hubiese quedado una línea por leer.

No contesté hasta varios días después. Me resultó más fácil pedir que conservaran los papeles que preguntar quién había estado con ella al final.

Quería saberlo y temía recibir una respuesta suficiente: un nombre, una hora, el modo en que la habían encontrado.

El primo de mi madre volvió a escribirme.

Los efectos estaban guardados; faltaba disponer el envío y había gastos.

Entre una carta y otra cambié de alojamiento, después de ciudad.

La dirección que mi madre había copiado dejó de servirme antes de que saliera la caja.

Ahora estaba abierta en Madrid.

El cuarto era demasiado pequeño para secar siete libros.

Los puse de canto junto a la pared, separados con trozos de cartón; uno no se sostenía y tuve que tenderlo.

Sus hojas habían ganado volumen sin ganar espacio en la encuadernación.

Al abrirlo, sentí desprenderse algo por dentro.

No avancé más. Olía a madera húmeda, a tela encerrada, con una aspereza que no recordaba de la tienda.

Había esperado reconocer la casa por el olor y encontré aquel olor del viaje, ajeno a cuanto quería recuperar.