El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 15 · Transferencia de fondo
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15 · Transferencia de fondo

—No la cojas por la tapa.

Inés ya ha levantado la caja. La bisagra sale de la madera, el fondo se inclina y Rosario, al echarse hacia delante para sujetarlo, siente un dolor que la deja sin voz. Los recibos alcanzan el suelo antes de que pueda impedirlo. Inés apoya la caja contra la cama, recoge un puñado y los mete dentro.

—Así no. Ya estaban separados.

La mujer se queda de rodillas. Fue alumna suya cuando apenas llegaba con los pies al suelo; ahora tiene que levantar la cara para mirarla desde allí.

Rosario quiere disculparse, pero ve entre sus manos un recibo de alquiler y otro del papel comprado para la escuela.

Le pide que se los dé. Inés obedece, recoge los demás uno por uno y los deja sobre la colcha, sin juntarlos.

Después busca algo con que sostener la caja.

Desde octubre Rosario cuenta las distancias por las personas que necesita llamar.

La puerta está a unos pasos; la palangana, más cerca; para alcanzar la ventana hay que esperar a que alguien tenga libres las manos.

Tiene cincuenta y un años y todavía, al despertar, calcula lo que hará antes de bajar.

Esa equivocación dura poco. Basta doblar una rodilla o apartar la sábana para que el cuerpo le devuelva el cuarto, la cama y la sed.

La casa de Anloague recibe la mañana por el patio.

En las conchas del ventanaje la luz pierde las aristas de las cosas exteriores y adquiere una blancura repartida, suave incluso cuando el sol cae con fuerza; por la abertura entre dos paneles, en cambio, entra una franja viva, con el borde de una hoja y el movimiento completo de una sombra sobre la pared.

Rosario sabe cuánto han corrido la ventana sin volverse.

Al principio de la enfermedad pidió que la cerrasen para poder dormir; ahora le molesta que dejen el cuarto demasiado recogido, que retiren sus zapatos, que aparten de la silla un vestido todavía ponible.

Abajo se atraviesa el zaguán pisando la piedra.

Desde la escalera comienza la madera, y ella reconoce el punto en que quien sube abandona la prisa de la calle: un peldaño suena más que los otros, después llega la pausa del rellano y el paso vuelve a oírse por el corredor.

La casa conserva huecos donde el aire se demora con olor a ropa secándose, a arroz, a los libros que han pasado demasiados días juntos.

Hacia el fondo, unas cañas tendidas sobre el patio sostienen un paño; el agua de una vasija cae en gotas separadas y, cuando cesa, se oyen otra vez las voces de la tienda vecina.

A esas horas nunca se entiende una conversación entera.

Preguntan un precio, llaman a un muchacho, protestan por un carro atravesado; las palabras se alejan con quien las dijo, mientras dentro quedan el raspado de una silla y las sílabas de una niña que vuelve a empezar su lectura.

Inés viene por las mañanas y atiende un rato a las pocas alumnas que siguen llegando.

Rosario las escucha con una irritación que a veces confunde con alivio.

Le cuesta soportar que la lección avance sin ella; le costaría más que no llegase ninguna.

Quiere bajar, sentarse donde pueda ver cómo sujetan la pluma, corregir a Inés una indulgencia que no le habría consentido cuando era niña.

Y quiere que todas se marchen para no tener que demostrar, desde la cama, que todavía oye.

—Hoy han leído bien —dice Inés, al traer la libreta.

—Una se ha saltado lo que no sabía.

—Ha vuelto después.

Rosario no lo ha oído. Mira a su antigua alumna, que sostiene el libro de hule negro con las dos manos, y reconoce en la mandíbula apretada algo de la niña a la que hacía repetir una cuenta delante de las otras.

Le indica que deje la libreta sobre la caja.

Inés permanece un momento junto a la cama antes de salir.

Cuando vuelve, Rosario le pide que acerque la silla.

Hay recibos por fechar y le falta mesa. Extienden una tabla sobre las rodillas, acomodan debajo una toalla doblada y empiezan.

La tinta roja de algunas cuentas se ha vuelto parda; la negra ha traspasado hojas delgadas y hace aparecer, detrás de un nombre, una cifra que pertenece a otro.

Rosario conoce esas interferencias. Señala dónde debe mirar Inés, distingue un pago de una promesa, recuerda que hubo un alquiler cobrado por dos meses y un préstamo devuelto sin que ella tachase la deuda.

Entre los recibos de la escuela aparece el nombre de una mujer que la evitó durante años.

Le debía una cantidad pequeña. Rosario conserva la vergüenza que le dio perseguirla por ella y, al mismo tiempo, el enojo de haber sido obligada a sentir aquella vergüenza.

No quiere perdonárselo ahora para que Inés la admire.

Le pide que guarde el recibo con los de su año; después hace lo mismo con otro que demuestra que ella había tardado en pagar.

El paquete crece. Hay que aflojar el cordel para que quepan los dos.

La libreta conserva las cinco columnas trazadas a lápiz: fecha, nombre, concepto, cuenta, saldados.

En las primeras páginas la letra corre con una firmeza que hoy le parece ajena.

Se acuerda del calor del mostrador bajo los antebrazos, de su padre contando en voz baja, de las muchachas que llegaban con el pelo mojado y trataban de abrir los libros antes de secarse las manos.

Durante un rato puede recordar sin que cada persona tenga que morir de nuevo al final del recuerdo.

Domingo está ocupado, Ambrosia la llama desde el patio, ella contesta que ya va y tarda en ir.

Luego Inés pregunta por una fecha y Rosario tiene que volver a buscarla.

No encuentran todo. Faltan años enteros de algunas cuentas; otros están repartidos entre papeles de la tienda y de la escuela.

Rosario había guardado aparte los que convenía reclamar y, al reunirlos ahora, ya no siempre sabe qué criterio la hizo separarlos.

Se enfada con Inés por una pregunta, con la luz porque cambia, consigo misma porque empieza una explicación cuyo final no recuerda.

Pide agua. Mientras bebe, su antigua alumna sostiene la tabla para que pueda mover las piernas.

En la última página está el testimonio de la escritura.

El papel lleva veintiocho años entrando y saliendo de aquel refugio.

Rosario lo abre por los cuatro dobleces; la mancha de aceite conserva un color más oscuro que el resto, aunque nunca ha sabido en qué mesa se hizo.

No necesita leer el nombre de Alejandro para encontrarlo.

Mira el de José, reconocido como hijo en aquel instrumento de 1861, y siente el cansancio antiguo de haber tenido que guardar tanto una cosa que otros podían decir sin llevar nada encima.

Quiere ver a su hijo. El deseo llega sin orden, con una violencia que no cabe en las cartas donde le ha preguntado si come, si trabaja, si el cuarto es seco.

Quiere que esté allí aunque interrumpa, aunque vuelva a hablar de Madrid cuando ella le esté contando otra cosa.

Le enoja haber escrito tantas veces que se encuentra bien.

También sabe por qué lo hizo: habría vuelto, quizá, y después los dos habrían tenido que vivir con aquello que ella le hubiese hecho abandonar.

No consigue desear una sola cosa. Dobla el testimonio y lo devuelve al final de la libreta.

Junto a la ventana cuelga la cruz. Rosario había vuelto a ponerla en el clavo después de enseñársela a José en 1876; desde entonces la ha descolgado para limpiar el marco y ha repasado alguna vez el cordón, temiendo encontrarlo podrido.

Pide a Inés que se la alcance. La mujer acerca una silla, comprueba que no cojee y se sube.

Rosario la observa levantar el brazo, liberar el lazo y bajar con la plata cerrada en la mano.

No reza al recibirla. Está pensando en el paquete que habrá que hacer.

Sobre una hoja rayada de la escuela escribe el nombre de José y copia debajo su dirección de París, tomada de la última carta.

Divide el resto en dos columnas. En la izquierda nombra lo que debe enviarse; en la derecha apunta la cantidad.

Cuenta siete libros antes de pasar al renglón siguiente.

La libreta es una; los atados de recibos, doce.

Añade el testimonio y la cruz. Donde pone el papel de la escritura, hace una señal para indicar que va dentro del libro de cuentas.

La pluma se le escapa hacia el renglón inferior y debe levantarla para terminar la palabra.

Inés le ofrece escribir lo que falta.

—Ya está.

Todavía sostiene la pluma. Mira la dirección, donde ha conseguido que cada letra conserve su sitio, y alarga la mano para dejarla en el plato. No escribe otra vez.

Su primo viene a verla y escucha las indicaciones de pie.

Ella lo hace sentarse: desde la cama le cuesta hablar hacia arriba.

Hay que reparar la caja o buscar otra que aguante; los libros no deben ir contra la madera, ni la plata suelta entre los recibos.

El hombre pregunta por el dinero del envío.

Rosario le dice dónde están las cuentas, sin prometerle que cobrándolas vaya a reunirlo.

Él acepta encargarse. Antes de marcharse se lleva la caja para ajustar la tapa y devuelve a la silla los papeles que aún quedaban dentro.

El cinco de noviembre le cambian la ropa de la cama.

Rosario protesta porque la vuelven demasiado deprisa; después pide que le acomoden el pelo, atrapado bajo el cuello.

La caja ha regresado. Inés mete los libros con los cantos hacia el interior y Rosario le pide uno, pasa el pulgar por las hojas cerradas y se lo devuelve.

Querría comprobar el acomodo del fondo. Alarga el brazo, alcanza el borde y consigue atraerlo un poco; la carga tira de su hombro antes de que Inés acuda a sostenerla.

—Déjame.