14 · Copia certificada #3
Trabajaba para el periódico algunas tardes.
En la redacción había siempre alguien a punto de salir que necesitaba terminar una frase, alguien que ya había salido y regresaba porque llevaba el papel equivocado.
Las noticias de las islas pasaban de boca en boca antes de que yo alcanzara la mesa; al sentarme recibía un nombre y tenía que preguntar de quién hablaban.
Me daban pruebas para corregir. A veces participaba en una discusión con el lápiz en la mano y, cuando conseguía decir lo que llevaba un rato pensando, otro me señalaba un acento que se me había escapado.
Lo corregía. Después no encontraba el lugar por donde volver a la conversación.
Una tarde me invitaron a quedarme a cenar después de terminar unas pruebas.
Acepté demasiado deprisa y uno de los compañeros sonrió; yo habría preferido que pensara que me quedaba por la conversación.
Fuimos a un sitio cercano. En la mesa se hablaba por encima del pan, se interrumpían relatos empezados en otra ocasión y se pedía una segunda botella antes de vaciar la primera.
Estuve a punto de contar lo de Juana. Me preguntaron por París y hablé del trabajo, de las horas que costaba corregir una página, de lo poco que conocía de una ciudad donde había pasado tantos meses.
Consiguieron hacerme reír con una equivocación que todos recordaban y que yo oía por primera vez.
Al volver al cuarto me sorprendió haber dejado intactas, durante toda la cena, las fechas que llevaba encima.
El dieciséis de noviembre leí en La Época el artículo sobre los desahucios de la familia de Rizal.
El periódico cabía abierto sobre la mesa si retirábamos dos cuartillas.
Lo sostuvo un compañero mientras yo terminaba una línea; luego me lo dejó sin doblar por la columna que buscaba.
La acusación de no pagar y el relato de la expulsión estaban juntos.
Pregunté quién lo había escrito. Me dijeron Retana.
Hubo quien quiso contestar antes de acabar la lectura.
Se hablaba de pruebas, de agravio, de hombres a quienes había que pedir una satisfacción.
Yo tenía en el bolsillo la carta del copista sevillano y, por un momento, me sorprendí calculando cuánto tardaría en contestarse una acusación si los papeles necesarios hubieran de hacer el viaje desde Manila.
Los otros hablaban de aquella misma tarde.
Salí con uno de los muchachos que iba a llevar un recado.
Me explicó que se habían nombrado padrinos.
Lo dijo deprisa, mirando a la otra acera, donde creyó reconocer a un conocido.
Yo pregunté si habría respuesta impresa.
No lo sabía. Cruzó en cuanto pasó un coche y tuve que quedarme esperando al siguiente.
Desde donde estaba lo vi alcanzar al hombre, tocarle la manga y comenzar a hablar antes de que este se volviera.
Después ambos quedaron tapados por un carro.
Yo no asistí a ninguna entrevista. En la redacción supe más tarde que los padrinos habían dado el asunto por terminado mediante un acta.
Pregunté dónde podía leerse. Uno aseguró que todo el mundo sabía ya cómo había acabado; otro buscó entre los papeles sin encontrar lo que yo le pedía.
No vi publicada una retractación. Durante aquella conversación había tomado el abrigo para irme y tuve que conservarlo en el brazo, porque al volver a colgarlo habría parecido que deseaba seguir preguntando.
Una de aquellas mañanas de noviembre salí hacia la Nacional.
La Biblioteca ocupaba la casa de Alcañices, en la calle de la Biblioteca, junto a la de la Bola.
Por las calles próximas al teatro el aire encontraba espacio para correr; yo avanzaba por la parte donde las casas lo cortaban y, al desembocar en un tramo despejado, tenía que bajar la cabeza.
Los balcones dejaban caer sombras delgadas sobre un revoco que había cambiado de color alrededor de cada reparación.
En un piso alto alguien golpeaba una alfombra; el polvo se deshacía antes de alcanzar el suelo y, debajo, una mujer retiraba de la tienda unos objetos que yo no conseguí distinguir.
Llevaba entre las notas el título de la historia de la Casa de Silva de Salazar y Castro.
Quería revisar la noticia del gobernador.
Me quedaban preguntas bastante pequeñas para ocupar aquella mañana; las otras se amontonaban sin orden cada vez que intentaba imaginar una petición dirigida a mi hermano.
En la sala de lectura la ventana repartía su claridad entre los puestos próximos y dejaba a los lectores del fondo con los rostros inclinados; cuando alguien se levantaba, la madera de una silla recibía por un instante la luz que su cuerpo había interrumpido.
Me senté donde me indicaron. Sobre la mesa dispuse el cuaderno, las hojas de trabajo y el lápiz.
Me había manchado de grafito al afilarlo antes de salir.
Froté los dedos contra el forro del abrigo y miré cómo la mancha se extendía.
La punta estaba frente a la primera línea en blanco. Tuve que bajar los ojos hasta mi mano para comprobar que seguía sujetando el lápiz: entre los dedos fríos no lo sentía.