14 · Copia certificada #2
Juana de Ribera. Busqué dónde se decía algo más de ella.
En la genealogía era hija de conquistador; en la partida, mujer difunta del capitán.
Leí las dos fórmulas sin conseguir representarme una voz.
Tampoco sabía quién había sostenido a Diego mientras el cura preguntaba por sus padrinos.
El traslado contenía los nombres de los dos.
Los añadí, enteros, aunque al principio había pensado omitirlos para terminar antes.
Cerca del margen encontré una nota de toma de razón, perteneciente a la tramitación de aquellas pruebas.
Seguí su remisión y copié dónde estaba. No era la anotación parroquial que había faltado en Binondo; sin embargo, al leer las mismas palabras regresó la mesa de mi madre, el testimonio abierto y, junto a él, mi certificación nueva.
El recuerdo tenía una claridad distinta de la hoja: veía el sitio que ocupaba cada una de sus manos y no lograba recordar dónde había dejado las mías.
En el borrador dibujé dos columnas. En una puse los nombres que la genealogía enlazaba; en la otra, lo que había logrado leer sobre ellos y el lugar de cada afirmación.
Dejé abajo espacio para mí. No escribí mi nombre.
Aún faltaban generaciones, enlaces que yo no podía traer a la mesa por el hecho de desearlos.
La tentación de quitárselo todo a Carlos no me proporcionaba una ascendencia.
El cuentahílos estaba en el bolsillo del chaleco.
Lo saqué para comprobar una letra de la diligencia y lo mantuve suspendido sobre el renglón.
El cristal redujo cuanto me rodeaba al pequeño trozo de papel que cabía debajo; tenía que moverlo para volver a encontrar la fecha, y la fecha, agrandada, no se parecía a la que había escrito en mis notas.
Terminé de leerla y plegué el útil. No había cambiado.
En el dictamen encontré la aprobación de las pruebas.
Leí la disposición hasta el final y seguí con los ojos el pequeño espacio que quedaba debajo, suficiente todavía para unas palabras que nadie había añadido.
Me acordé de la cruz roja que distinguía a aquellos caballeros.
No sabía si Diego había vuelto a leer los papeles después de conseguirla, ni si los había tenido delante al hacerse medir el manto; podía haber muerto sin conocer la fecha que yo acababa de recibir por correo.
Esa posibilidad me molestó. Habría sido más fácil encontrar en la hoja a un hombre que supiera exactamente lo que estaba haciendo.
Me levanté unos minutos. En el corredor, al recobrar la distancia de las paredes y oír mis zapatos, sentí que los hombros seguían demasiado altos.
Los bajé. Una ventana dejaba ver parte de un tejado; las tejas más próximas conservaban una franja húmeda bajo las que tenían encima y, entre dos chimeneas, el cielo alcanzaba una anchura que desde la mesa había olvidado.
Alguien pasó llevando una carpeta contra el pecho.
Me aparté hasta tocar la pared con la espalda y lo dejé pasar.
Durante aquellos segundos tuve ganas de irme, comer, volver a una calle donde nadie pudiera preguntarme de qué familia quería saber.
Había dejado las notas sobre la mesa. Regresé por ellas y continué sentado.
Pregunté cómo podía obtener un testimonio de aquella copia.
El empleado dejó lo que estaba haciendo y me indicó dónde tendría que presentar una petición.
Le pedí un papel. Mientras lo buscaba me preguntó a nombre de quién y para qué efecto.
Contesté lo primero; para lo segundo dije que quería estudiar unos antecedentes de familia. Él acercó el papel y esperó.
Yo había firmado ya al pedir la consulta.
Mi nombre estaba en alguna hoja de aquella oficina, con mi letra y la fecha.
Podía escribirlo otra vez. Pero la petición nueva habría debido decir qué quería de aquellos antecedentes, y mientras sujetaba el lápiz fui ensayando palabras que resultaban demasiado grandes o demasiado pequeñas: reclamación, prueba, copia para estudio.
No sabía si quería llevarme una certeza o guardar el derecho a utilizarla cuando encontrase a mi hermano menos rodeado de hombres.
—¿Lo dejo para mañana? —preguntó.
—Voy a copiarlo primero.
Apartó la hoja en blanco. Yo le di las gracias y volví a sentarme con una rapidez que habría podido pasar por diligencia.
Pasé al segundo cuaderno lo que necesitaba conservar, en la cifra que había empezado a usar en París.
Los nombres exigían pausas; las fechas avanzaban deprisa y me hacían creer, durante unos segundos, que el trabajo era más corto.
Bajo la noticia del parentesco con el gobernador puse una negación terminante.
No había encontrado el enlace y lo convertí, al escribir, en un enlace imposible.
Lo advertí al releer. Dejé la frase y añadí en mis hojas sueltas lo que de verdad podía sostener: no lo había comprobado.
Me disgustaba aquella corrección más que una errata.
Cuando me avisaron de que debía devolver el legajo, había terminado la página y me faltaba aún revisar las declaraciones del final. Señalé en mis notas el lugar por donde volver. La cinta recibió de nuevo sus quiebros antiguos.
Del segundo cuaderno de Europa
Zrkhnbc Hnstcrnkc Llzkncllzj. Crdelles Vnjntzres.
Szlltnzgc. Prxebzs de 1741. Kcpnz kertnpnkzdz de 1739.
Szgrzrnc de Vzllnjz, 26 de vzyc de 1625: «Dnegc, llzkndc ell ej ves de zbrnj de este presellte zñc, hnhc jegntnvc dej kzpntzll Herllzll de Snjbz y de dcñz Hxzllz de Rnberz, sx vxher, dnpxlltz».
Dcñz Hxzllz de Rnberz: ellterrzdz vzrsc de 1623.
Dcs zñcs. Zj vzrgell: tcvz de rzscll. Ell Bnllclldc, 1860: llc kcllstz.
Ej jnbrc llc pregxlltz: zsnelltz. Vzdrnd, 14 de cktxbre de 1890.
Pzpejetz 212. Jegzhc z jzs dnes. Gellezjcgnz de 1741: dexdc dej gcberllzdcr.
Llc hzy tzj dexdc. Testngc knlltc: llxebe zñcs ell Vzllnjz.
Dnhc de cndzs y hxrc. Bnszbxejz: hnhz de kcllknstzdcr.
Elltnerrc ell vzrsc de 1623. Rzvz ke kcllstz.
Rzvz ke llc kcllstz. 1623 elltnerrc. 1625 bzxtnsvc.
1739 kcpnz. 1741 hzbntc. 1860 pzrtndz de Bnllclldc.
1861 eskrntxrz. Pzjtz jz tcvz de [——] [——].
Lectura del fragmento conservado
Archivo Histórico Nacional. Órdenes Militares.
Santiago. Pruebas de 1741. Copia certificada de 1739.
Sagrario de Manila, 26 de mayo de 1625: «Diego, nacido en el mes de abril de este presente año, hijo legítimo del capitán Hernán de Sil[v/b]a y de doña Juana de Ribera, su mujer, di[f/p]unta».
Doña Juana de Ribera: enterrada marzo de 1623.
Dos años. Al margen: toma de razón. En Binondo, 1860: no consta.
El libro no pregunta: asienta. Madrid, 14 de octubre de 1890.
Papeleta 212. Legajo a las diez. Genealogía de 1741: deudo del gobernador.
No hay tal deudo. Testigo quinto: nueve años en Manila.
Dijo de oídas y juró. Bisabuela: hija de conquistador.
Entierro en marzo de 1623. Rama que consta.
Rama que no consta. 1623 entierro. 1625 bautismo.
1739 copia. 1741 hábito. 1860 partida de Binondo.
1861 escritura. Falta la toma de [laguna de dos palabras].
En las semanas siguientes pedí que cotejaran otra vez en Sevilla el mes y el año del entierro.
La respuesta confirmó la lectura del copista.
Eso era cuanto confirmaba. Guardé la carta junto a la copia simple y no la confundí con una partida de defunción.
Tampoco conseguí abrir el libro de bautismos al que remitía el traslado de Manila; tenía el nombre del volumen y un folio, no el volumen.
Al regresar a las pruebas reconocía ya los defectos de la cinta antes de leer la cubierta.