El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 14 · Copia certificada
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14 · Copia certificada

Me dijeron que volviera al día siguiente y pregunté si tendría que traer otra vez la autorización. El hombre miró la que acababa de entregarle, señaló mi firma y la dejó con mi papeleta. Yo había preparado una explicación más larga. Salí llevándola todavía en la boca.

Al salir, el aire me hizo lagrimear antes de sentirlo frío.

Una mujer sujetaba contra la falda el borde de una cesta; quería cambiarla de brazo y no encontraba dónde apoyarla.

Me acerqué a ayudarla. Me pidió que cogiera el asa, no el fondo, y tuve que obedecer dos indicaciones más para hacer una cosa tan sencilla.

Dentro había huevos envueltos entre paja.

Cuando me dio las gracias, sentí un alivio desproporcionado, el gusto de haber terminado algo cuya corrección podía verse sin acudir a otro papel.

Hacía semanas que había vuelto de París.

Madrid me resultaba familiar hasta que una tienda cerrada interrumpía el camino que recordaba; entonces tenía que buscar en las fachadas de al lado una señal que confirmase que había llegado a la calle correcta.

No cambiaba todo a la vez. Una ventana conservaba la persiana torcida, pero debajo habían pintado de otro color las letras de un comercio; un portal seguía oliendo a madera húmeda, aunque ahora sonaban más pasos al fondo.

Me sorprendía esa forma de la ciudad de permanecer mientras me quitaba las ayudas con que antes había aprendido a recorrerla.

Aquello no estaba en los papeles que yo había visto en Londres. Dejé la copia sevillana en una carpeta distinta. La primera noche me dormí recordando el nombre del testigo y olvidé, al despertar, si era él o el capitán quien había tenido cuarenta y ocho años. Tuve que levantarme a comprobarlo.

La mañana del catorce de octubre me entregaron las pruebas.

La cinta había adquirido la forma de los cantos.

Al soltarla conservó dos quiebros, como si el legajo siguiera dentro; el empleado la puso a un lado y me mostró hasta dónde abría sin forzar la costura.

En la mesa había claridad suficiente, aunque al fondo de la sala los lomos perdían el color antes de perder el título.

Oí abrir una puerta que desde mi asiento no veía.

Llegaron una voz y el ruido de un objeto arrastrado; después quedó el roce de las hojas que el hombre ordenaba a mi espalda.

El empleado había dejado abiertas varias carpetas antes de traer la mía.

Desde la puerta no se distinguía la separación entre unas y otras: el papel formaba un relieve de bordes pálidos, levantados aquí por una cubierta, más bajos allí donde las hojas habían cedido, y sobre aquella extensión se movían sus manos con una seguridad que me hizo calcular cuánto tardaría yo en encontrar un documento devuelto al lugar equivocado.

Él apartó dos pliegos, comprobó una nota y continuó sin acelerar.

Aguardé de pie hasta que me indicó la silla.

Me senté sobre el faldón de la levita y tuve que levantarme un poco para retirarlo; al hacerlo perdí la compostura que había ensayado durante el trayecto. El hombre no pareció advertirlo.

Disponía de poco espacio. Puse la copia recibida de Sevilla debajo del cuaderno cerrado y extendí el árbol junto al resto del expediente.

Las líneas de parentesco necesitaban más anchura que sus nombres: había ramas donde una persona podía escribirse en un renglón, pero unirla a la anterior obligaba a atravesar medio pliego.

Seguí una de esas líneas con los ojos, perdí su continuación en el doblez y regresé al nombre de partida.

Hernando de Silva y Vera, padre del pretendiente; Diego de Silva y Ribera, abuelo; Hernán de Silva y Juana de Ribera, bisabuelos.

Distinguí a los dos Diegos poniendo al lado sus años.

El árbol hacía sitio a todos. Me gustó su orden antes de desconfiar de él.

Yo había dedicado cuartillas a una relación entre dos hombres y allí cabían matrimonios, procedencias, honores y generaciones enteras, con espacio todavía para un gobernador.

Al capitán lo llamaban deudo de don Fernando de Silva.

Busqué el grado de aquel parentesco; la palabra no lo daba.

Miré otra vez la línea, tan recta en el tramo donde el papel menos decía.

Las informaciones tardaron en dejarme llegar a Manila.

Había preguntas sobre personas que nunca saldrían de los lugares donde otros iban a preguntar por ellas, respuestas de hombres que conocían al pretendiente y respuestas de hombres que conocían la reputación de su casa.

Uno declaraba una deuda. Me detuve allí más de lo que pedía mi búsqueda.

El testigo no la había pagado y el papel la conservaba junto a lo demás que había dicho.

Yo querría haber sabido cómo lo miraron al oírlo; en la transcripción venía después otra pregunta.

El quinto era don Tomás de Villaseñor. Había residido nueve años en las islas.

Por un momento agradecí esos nueve años como si alguien acabara de ofrecerme un asiento; seguí leyendo con más confianza, hasta llegar al lugar donde explicaba que sabía la descendencia de los Silva por haberla oído a personas fidedignas.

Había jurado. Mi mano escribió deprisa una nota, con una fuerza que adelgazó el papel debajo del lápiz.

Dejé el testimonio y busqué la partida.

El traslado de Manila conservaba tres dobleces.

Bajo la costura del expediente se veía otro cordel, mucho más fino, y una oblea levantada por un extremo.

No intenté acomodarla. Las armas y el año ocupaban la parte superior; más abajo, el signo del escribano se abría en vueltas cuyo grosor obligaba a la vista a demorarse.

Era una hoja bien conservada. Se podía leer sin inventar las letras que faltaran.

En la ciudad de Manila, en veinte y seis días del mes de mayo de mil y seiscientos y veinte y cinco años, yo, el licenciado Pedro de Soria, cura del Sagrario de esta santa iglesia catedral, bauticé solemnemente a Diego, nacido en el mes de abril de este presente año, hijo legítimo del capitán Hernán de Silva y de doña Juana de Ribera, su mujer, difunta, vecinos de esta ciudad; fueron sus padrinos el capitán Alonso de Montemayor y doña Catalina de Arce, a quienes advertí el parentesco espiritual y la obligación que tienen; y lo firmé.

Pedro de Soria.

Concuerda este traslado con su original, que queda en el libro primero de bautismos de españoles de esta santa iglesia catedral, a fojas ciento y nueve vuelta, de donde le hice sacar y saqué en la ciudad de Manila, a catorce de junio de mil setecientos y treinta y nueve años; y en fe de ello lo signé y firmé. En testimonio de verdad.

Gaspar de Robles, escribano público y de número.

Volví a leer desde Diego. Mi primera cuenta había partido de mayo; bastó retroceder unos renglones para que abril la corrigiera.

El niño había nacido en abril de aquel año, según declaraba el asiento que Gaspar de Robles trasladó.

Juana estaba enterrada desde marzo de 1623, según decía haber visto Villalobos en la información de méritos.

Saqué la copia sevillana de debajo del cuaderno y acerqué ambas hojas sin superponerlas.

Marzo de 1623. Abril de 1625.

La mano me pidió el lápiz antes de que decidiera qué escribir.

Lo tenía ya entre los dedos. Apunté las fechas una debajo de otra, tracé una raya y copié el pasaje de la filiación.

Me quedé mirando el resultado de una cuenta que podría haber hecho de memoria.

Quería que alguno de los números cambiara al volver a copiarlo.

Comprobé la diligencia de 1739, como si la fecha tardía de la copia pudiera modificar el mes en que el texto hacía nacer al niño.

Al otro lado de la mesa se oyó una tos. Me asustó la fuerza con que entró en el silencio; levanté la cabeza y encontré a un hombre ocupado en recoger su pañuelo, ajeno a cuanto había ocurrido en mis dos hojas.

Afuera seguían pasando carros. Aún habría tiempo para comprar pan, entregar un recado, equivocarse de puerta y corregirlo.

Yo había comenzado la mañana esperando una coincidencia de nombres y llevaba varios minutos sin poder avanzar hasta la palabra siguiente.

Puse el índice en mi copia, debajo de difunta.

En Londres me había detenido ante una pérdida; ahora la palabra conservaba hasta el espacio de la coma.

Podía recorrerla sin tropezar. Lo hice dos veces mientras me repetía los nombres de los esposos, el lugar, la condición del capitán.

Cada dato que concordaba me dejaba menos sitio para librarme de los otros dos.

Era posible que el copista de Sevilla hubiese leído mal.

Era posible que el testigo recordase otro marzo, otra Juana; también podía estar equivocado el asiento que yo tenía a la vista.

Escribí esas posibilidades al margen de mi borrador.

Me irritaron porque parecían excusas y me avergoncé después de querer que lo fueran.

Había venido a buscar mi apellido. Durante un instante, al encontrar aquella discordancia, había sentido algo demasiado parecido a la satisfacción.

Recordé la espalda de Carlos en el Retiro.

Me vi poniéndole las dos fechas delante, obligándolo a inclinarse para leerlas.

La escena que imaginaba terminaba siempre antes de su respuesta: yo conservaba la palabra, él no había tenido ocasión de quitármela.

Cerré los ojos y la repetí una vez más, con una frase mejor.

Al abrirlos comprendí al menos cuánto tiempo llevaba sin atender a la mujer cuyo nombre estaba copiando.