13 · Corrección de pruebas #3
No pedí que cambiara el precio. Lo había tenido decidido antes de que terminara de enseñarme los demás.
Salí con el paquete y prolongué el camino por los muelles, demorando el momento de volver al cuarto.
En los puestos de libros, las cubiertas tocaban unas con otras; había lomos recompuestos con tela, grabados protegidos entre cartones, un volumen abierto que el librero sujetaba con una piedra mientras hablaba con un cliente.
El viento levantaba las hojas desde el centro y las dejaba caer sin pasarlas.
Me detuve ante un mapa. No buscaba un lugar: seguí una costa con los ojos hasta que el vendedor quiso saber cuál deseaba ver.
Respondí que ninguno y continué andando con el cuaderno nuevo apretado contra el costado.
La primera noche no escribí nada en él. Lo abrí, acerqué el tintero, cambié la lámpara de sitio. Tenía encargos que terminar y me senté a hacerlos. Cuando alcé la vista otra vez, el cuaderno seguía allí; aparté las pruebas para que no mancharan las hojas nuevas.
En abril llegó a mis manos el número de La Solidaridad del día quince.
Leí el artículo de Rizal sobre la nueva ortografía del tagalo, busqué la hoja en que había apuntado la referencia de Morga y dejé ambas cosas sobre la mesa.
El reparto de las letras me tuvo despierto hasta tarde.
Probé unas palabras que mi madre decía; al escribirlas con las nuevas grafías tuve que leerlas en voz alta para reconocer a quién se las había oído.
La k ocupaba sitios donde mi mano buscaba todavía una c o una q.
En una hoja aparte fui reuniendo f, j, v, x, z.
Estuvieron toda la noche delante de mí sin formar una palabra.
No había ido a París para esconder mis notas.
En Londres llevaba fecha y referencia de cuanto copiaba; había aprendido a poner suficientes señales para que otro pudiera volver al mismo folio.
Sin embargo, al buscar la hoja del Morga, había encontrado también el nombre de mi padre en un cuaderno abierto junto a la ventana.
Pasó alguien por la galería y lo cerré antes de volverme.
Era la mujer que limpiaba los cuartos. Me pidió que levantase un momento la alfombra.
Después de hacerlo permanecí de pie, con el libro cerrado bajo la mano.
Empecé en hojas sueltas. Escribía una palabra, la volvía a escribir con menos letras disponibles y ensayaba debajo otra hilera que ya no pudiera pronunciar del mismo modo.
Durante varias noches cambié los signos que había elegido la anterior.
Tenía que conservar todas las hojas para averiguar cuál había usado.
Una cayó al suelo y la patrona me la devolvió con un hilo de polvo adherido al margen.
Le di las gracias. Ella sostuvo la puerta con el codo mientras esperaba que recogiese las demás.
La e se quedó. Escribí a su lado: el hueco que dejo para leerme. Después probé mi nombre.
Hcse Yzp.
Debajo puse el de mi padre.
Zjehzlldrc de Snjbz y Kzñnszres.
Me quedé con la pluma sobre el apellido. En una esquina de la hoja escribí Silva; en la otra, Silba. Las dos dieron Snjbz. Volví a empezar más despacio. La tinta de la segunda prueba se secó mientras comprobaba la primera.
Podía reservar otro signo. Lo hice, añadí una llamada y tuve que volver a las hojas anteriores.
Ya había palabras afectadas por la corrección.
Pasé un rato arreglándolas, hasta que la nueva letra empezó a necesitar una explicación más larga que el nombre que había querido proteger.
La taché. Mantuve las dos formas en la hoja de prueba, unidas por una raya, y escribí al lado la fecha.
Algunas noches había imaginado a mi padre leyendo algo mío.
Me disgustaba admitir cuánto me complacía esa escena: encontraba en ella una atención que no tenía que pedirle a nadie, podía detenerla antes de que el hombre levantara la cabeza y dijera lo que pensaba.
Aquel apellido repetido me obligó a quedarme más tiempo.
No sabía cómo escribía él una b. Conservé Snjbz.
La primera página entera la hice en el cuaderno de Londres, donde quedaban hojas libres.
Aparté el segundo, con la cuenta pegada en la contratapa.
Escogí para empezar unas notas ya cotejadas; no quise permitir que la dificultad del original me diera una excusa.
Había tardado veinte minutos en copiarlas a limpio.
Miré el reloj antes de empezar y puse la hoja de pruebas junto al tintero.
Al principio cada palabra exigía dos movimientos de los ojos.
Después empecé a reconocer algunos grupos y aceleré, hasta descubrir que había vuelto a escribir uno de los apellidos como se escribía fuera de aquella página.
Lo taché. La línea siguiente me salió más pequeña.
Continué reduciendo la letra sin proponérmelo, acercando el codo al cuerpo para que no arrastrara la hoja con las correspondencias.
Las fechas se leían todavía. También los puntos, las comas y aquella e que reaparecía a intervalos, separada de palabras que yo había terminado de entender unos segundos antes.
Llegué al pie cuando habían pasado cuatro horas.
Sostuve la página hasta que se secó y cerré el primer cuaderno de Europa.
Al retirar la mano, el peso se me quedó en la muñeca.