Zona de acceso restringido
—¿Viene a consulta?
Elena tarda en contestar. La pregunta, hecha en la entrada de San Lázaro, le ha dado por un instante un motivo mejor que el suyo para encontrarse allí.
La hoja de servicios de Carlos la ha devuelto a mil ochocientos noventa y ocho, a una defensa de la plaza reducida allí a un renglón.
Al preparar el recorrido por las posiciones militares ha añadido San Lázaro: quiere saber qué podía ocurrir con las personas y sus pertenencias cuando había que abandonar una casa, aunque ningún documento suyo indique todavía ese destino.
Muestra la respuesta que recibió de administración.
Quiere preguntar por los edificios antiguos; le han ofrecido hablar con alguien, no recorrer las salas.
El hombre comprueba el nombre y llama. Mientras espera, Elena se aparta de una mujer que lleva en una bolsa varios recipientes apilados.
La tapa superior se levanta cada vez que cambia de mano el peso.
Un muchacho la ayuda a cerrarla antes de que pasen juntos.
Es miércoles, tres de junio. Desde Quiricada había visto una entrada, algunos árboles, la sucesión de vehículos que se detenían sin apagar el motor.
Dentro, el hospital adquiere profundidad.
Hay pasos cubiertos que conducen a edificios distintos, cruces por los que llega gente desde lugares que ella todavía no puede ver; un carro aparece entre dos pabellones, se detiene junto a una puerta y continúa después de que alguien retire una caja.
En una fachada, las ventanas altas quedan recogidas bajo el alero; más allá, un volumen de hormigón recibe la mañana sobre un frente sin sombra.
Los tejados, las conducciones añadidas, una escalera exterior pintada recientemente componen edades que no sabe separar.
Había abierto en su teléfono la información del hospital, su trabajo con enfermedades transmisibles, una cifra de quinientas camas.
Aquella cantidad era fácil de leer. Aquí ha perdido la capacidad de imaginarla toda a la vez.
La empleada que viene a buscarla tiene un bolígrafo sujeto al cordón de la identificación. Le indica por dónde pueden ir. Elena guarda el móvil.
—Busco el pabellón que había en mil ochocientos noventa y ocho.
La mujer repite el año. No pregunta por qué ha elegido uno tan lejano; pregunta qué clase de pabellón.
Elena abre la boca y la cierra. En sus notas ha escrito hospital, como si esa palabra trajera consigo una habitación.
—No lo sé aún.
—Entonces será difícil.
Lo dice sin desalentarla, mirando el camino.
Cuando alcanzan un cruce, se detiene para que pase una silla de ruedas.
La empuja un hombre que lleva una toalla doblada sobre el hombro.
La empleada lo saluda por su nombre y le pregunta algo que Elena no entiende; él responde sin detener la silla, y Elena espera a que la conversación, todavía en movimiento, termine de atravesar el paso.
Un trabajador les señala un edificio bajo.
—Ese es antiguo.
Elena se vuelve hacia él.
—¿De antes de mil novecientos?
El hombre niega, sorprendido por la distancia.
—No tanto. De cuando empecé aquí.
La empleada sonríe. Le hace otra pregunta y él indica un tejado que apenas asoma detrás del primero. Quizá allí, dice; habría que buscar fotografías anteriores a las reformas. Después recoge la herramienta que dejó apoyada y se despide. Tiene que subir a revisar una canaleta.
Continúan hasta el límite de la zona a la que Elena puede pasar.
Desde allí ve una galería cuyo extremo está cerrado por un tabique de otro color.
El tejado que le han señalado no basta para reconocer un edificio entero.
Entre ambos cuerpos queda un patio de servicio; bajo la protección de una cubierta han tendido unos paños, sujetos con pinzas de colores que parecen demasiado pequeñas para aquella labor.
Uno se abomba, toca el siguiente y vuelve a caer.
A ras del suelo, el agua sigue una junta entre las losas antes de perderse bajo un borde de cemento.
El patio tiene una intimidad que no procede de estar vacío: alguien ha puesto allí las cosas para volver por ellas.
Elena pregunta si puede tomar una fotografía desde ese punto. La empleada mira hacia el paso por donde circulan los pacientes.
—Mejor los edificios desde fuera. Para esta parte necesitaría otra autorización.
—De acuerdo.
No había sacado el teléfono. Le agradece que la respuesta haya llegado antes de tener que guardarlo.
Se queda unos segundos mirando el tejado.
Al preparar la visita, entre una relación de objetos y un plano, San Lázaro se le había presentado con la discreción conveniente de un escondite: un nombre en el que hacer descansar lo que la guerra podía haber apartado de una casa.
Esa facilidad le resulta ahora casi grosera.
El hospital recibe gente, comida, ropa, herramientas; necesita que alguien entregue una llave a quien llega después, que retire una bolsa, que recuerde dónde se dejó un paquete.
Si algún papel buscó amparo aquí, tuvo que entrar en ese trabajo.
Y alguien habría tenido que aceptar el estorbo, encontrarle sitio, impedir que una limpieza lo confundiese con lo que ya podía tirarse.
Mira otra vez a la empleada. Tiene el cordón de la identificación torcido y una llamada que acaba de silenciar. Elena ha contado con su tiempo como si perteneciera a los edificios.
—¿Le estoy haciendo llegar tarde?
—Tengo que volver.
Regresan. La mujer le indica dónde dirigir una petición de información histórica; no le promete planos ni un archivo de efectos personales. Elena lo anota al salir. Junto al año deja una pregunta, sin escoger ninguno de los dos tejados.
En la calle hay un puesto donde preparan bebidas.
Una hoja de plástico transparente protege parte del mostrador y se levanta cuando la mujer que atiende necesita alcanzar algo.
Elena compra una, se sienta bajo la lona y observa el hospital por encima del borde del vaso.
El recinto continúa a ambos lados de lo que alcanza a ver; la puerta devuelve personas distintas de las que entraron hace unos minutos.
Se siente avergonzada y aliviada, dos sentimientos que tardan en separarse.
Había venido dispuesta a reconocer. Ahora puede hacer una pregunta menos cómoda.
Escribe a Kavi que los traslados quizá hayan dejado más rastro que los edificios.
Habla de las relaciones de ingreso, de salida, de efectos; no sabe cuáles se conservarán.
Él contesta después del mediodía: ha pedido al archivo comprobar documentación de San Lázaro y los movimientos de los primeros años del siglo veinte.
Ha solicitado sesiones para la semana siguiente.
Elena relee esas últimas palabras.
—¿No te ibas mañana? —pregunta en el mensaje siguiente.
La respuesta tarda. Durante la espera retira del vaso una tira de papel que se ha pegado al fondo.
—He cambiado el billete. Te cuento cuando nos veamos.
El jueves, la iglesia de Malate aparece entera al final de un tramo de acera y vuelve a desaparecer detrás de un vehículo detenido.
Elena espera a que avance. La fachada se organiza en cuerpos superpuestos, con huecos que guardan profundidad incluso bajo la luz de esa hora; los extremos se redondean abajo y ascienden hasta los campanarios, donde las caras del volumen reciben tonos distintos.
Sobre algunas molduras se acumula una materia oscura que el dibujo no consigue disimular, y en las partes más expuestas la piedra pierde precisión, como si la luz hubiese empezado a gastarla antes que el tiempo.
Elena se acerca lo suficiente para dejar de ver el conjunto.
Encuentra una junta, una reparación, el trabajo de otra mano siguiendo una forma que ya estaba hecha.
A su espalda, la plaza deja que el aire circule antes de tropezar con el tráfico de Roxas Boulevard.
Entre un autobús y el siguiente aparece el mar.
Le llega en porciones, junto con las barandas, las calzadas, las obras y los árboles que ocupan el espacio entre la iglesia y el agua.
Desde una pantalla había podido unirlos con una mirada.
Aquí necesita esperar a que los vehículos abran un hueco.
Lleva descargado un plano de las defensas de Manila que ha localizado en la cartoteca militar.
Lo abre sobre el mapa actual y reduce la transparencia.
El dibujo tiembla bajo su dedo; al conseguir que coincidan dos puntos, otro se aleja.
La antigua Calle Real, una esquina, la iglesia, la línea hacia el fuerte: relaciones suficientes para empezar a caminar, demasiado pocas para que el teléfono se convierta en un instrumento de medida.
Los contornos de la costa tampoco se dejan apoyar unos sobre otros.
Elena fija una esquina aproximada, levanta la vista hacia el campanario y cuenta pasos. Llega a treinta y siete antes de tener que rodear un grupo de personas. Continúa contando, se detiene, tacha el resultado. Un hombre la ve volver y le pregunta si busca algo.
—Estoy comprobando una distancia.
Él señala el teléfono, como si allí tuviera todo lo necesario.
—No me está saliendo —añade ella.
El hombre se ríe y sigue su camino.
La segunda vez Elena cuenta solo hasta el borde libre de la acera.
Anota el punto donde se ha detenido, la dirección que ha seguido y el rodeo pendiente; después guarda el móvil y mira hacia arriba.
Desde allí, la torre puede verse, pero una persona que estuviese en ella quedaría reducida a una interrupción minúscula dentro de un hueco.
Intenta pensar en una señal que tuviera que ser reconocida a distancia.
No le añade un color ni una mano. La dificultad ya es bastante concreta.