El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 13 · Corrección de pruebas
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13 · Corrección de pruebas

Lucien se negó a componer de nuevo la línea hasta que le enseñé el original.

Yo había señalado una palabra con la tinta roja que me daban para las pruebas; llevaba dos días procurando que las llamadas quedaran limpias y era, de toda la página, la corrección que mejor se entendía.

El cajista puso el manuscrito junto al pliego. En los dos decía lo mismo.

—Entonces es del autor.

Lo dijo en francés, apartando la mano de la caja donde iba a buscar la letra.

Yo comprendí y continué explicándome. Había leído una forma antigua, la había sustituido por otra que consideraba mejor y deseaba que alguien reconociera, al menos, que la nueva se leía con más facilidad.

Lucien esperaba. Al otro lado del taller se repetía un golpe que llegaba hasta nosotros a través del suelo; entre dos golpes se oyó una carcajada.

Cogí la pluma, anulé mi corrección y devolví la prueba.

Él señaló el margen, donde aún faltaba una marca para que no se ejecutara por equivocación.

En París empecé cobrando por pliego. Para pagar el cuarto debía recibir más trabajo del que me habían confiado durante la primera semana.

Antes de entregarlo lo repasaba otra vez, incluso después de haber contado las páginas, y llegué tarde un viernes por encontrar una errata cuya corrección ya no compensaba que me hubieran esperado.

Durante la semana siguiente tuve menos. No pregunté si había sido por aquello.

La casa Garnier estaba en el número seis de la rue des Saints-Pères.

Entraba llevando las pruebas protegidas entre cartones y salía con el tamaño del próximo encargo debajo del brazo.

Conocía también la calle sin papeles: su pendiente apenas perceptible hacia el río, el cambio de aire al acercarse al muelle, las tiendas que encendían antes que otras porque recibían menos claridad; pero al recordar aquellos meses me resultaba difícil separar un trecho del camino de la frase que iba repitiendo, de manera que una esquina quedó unida al comienzo de un prólogo y un portal al apellido de un hombre al que nunca vi.

El Sena ocupaba de pronto lo que las calles venían estrechando.

En la ribera se descargaban bultos por una tabla, uno detrás de otro, con pausas que dependían de los brazos del último hombre.

Desde arriba no se distinguía qué pesaba cada paquete hasta que él lo recibía: entonces una rodilla cedía un poco, la espalda buscaba otro ángulo y el siguiente debía aguardar.

Yo me detenía a mirar. Me gustaba aquel intervalo en que el trabajo de varios dependía de que uno terminase de acomodarse lo que llevaba, y me gustaba no ser yo quien estuviera abajo.

En el taller, la luz permitía leer en unas mesas mucho después de haberse vuelto insuficiente en otras.

Cerca de la ventana flotaba un polvo fino que desaparecía al entrar en la sombra; las superficies destinadas al papel se mantenían libres con una disciplina que no se extendía a los rincones.

Había trapos endurecidos, cuerdas, restos de envoltorios, un zapato viejo debajo de un banco.

Lucien guardaba en él dos herramientas cortas.

Una tarde alguien intentó tirarlo y tuvo que ir a buscarlo al patio.

El olor cambiaba al acercarse a las máquinas.

La tinta de imprimir conservaba una densidad grasa, distinta de la del frasco con que escribía mis notas; se adhería a los dedos y dejaba una película donde habían apoyado una forma, un rodillo, el borde de un paño.

El papel recién impreso traía consigo parte de aquel olor.

Si lo llevaba al cuarto, la habitación dejaba de oler a la comida de abajo durante el tiempo que tardaba en extenderlo.

No me correspondía manejar las prensas. Aprendí a no pasar por donde un hombre iba a girarse con algo que no podía soltar.

También a esperar antes de hacer una pregunta: el cajista podía haber oído mi voz sin disponer todavía de un lugar donde abandonar la línea.

Cuando se volvía, yo le mostraba el punto exacto.

Dejé de empezar por la historia de cómo había descubierto el error.

Una tarde leí en voz alta para cotejar una prueba con un compañero.

Yo tenía el original; él seguía la impresión con una tira de cartón que iba haciendo descender.

Me pidió que redujese la marcha. Había nombres que pronunciaba de corrido y que en su hoja ocupaban más lugar del que mi voz les concedía.

Volví atrás. Durante un rato conseguí acompasarme al cartón, hasta que una frase me llevó consigo y él levantó la cabeza.

—¿Dónde está eso?

Le mostré la línea. La buscó, subió el cartón, regresó al sitio de antes.

Faltaba. Nos inclinamos sobre su prueba y después sobre mi original, tan cerca que mi manga tocaba la suya.

Yo seguía pronunciando el principio de la frase, aunque ya no hacía falta.

Era una omisión pequeña y quedaba trabajo suficiente para que no pudiéramos demorarnos; aun así, me costó reanudar la lectura.

Había pasado semanas mirando las marcas que dejaban los otros y por primera vez alguien aguardaba una palabra mía para encontrar su lugar.

Lucien tenía que irse temprano aquel día.

Su hermana se casaba y le habían encargado buscar una prenda que el sastre no acababa de entregar.

Nos lo recordó desde su sitio, abriendo los brazos para indicar la anchura de unos hombros.

El compañero que sostenía la prueba hizo un comentario que me hizo reír con retraso.

Lucien lo oyó y lo repitió para mí, más despacio.

Entonces me reí antes de que terminara. Al marcharse nos dejó el nombre del sastre; si alguien preguntaba por él, debíamos enviarlo allí. No dijo que lo disculpáramos.

Había faltas que regresaban. Corregíamos una letra y a los pocos días aparecía otra vez donde no debía.

Lucien me llevó ante la caja y señaló un compartimento.

Sacó varios tipos, los puso sobre el borde y separó uno con la uña.

La letra había vuelto a un sitio equivocado al distribuir la composición anterior; la mano, que encontraba el compartimento sin mirarlo, se la llevaba de nuevo.

Él devolvió la pieza a su lugar y siguió componiendo.

Yo tardé en apartarme. Había pasado una tarde persiguiendo en el papel lo que podía cogerse entre dos dedos.

Compré un cuentahílos de latón aquel verano.

En la tienda me lo mostraron sobre una tela; se distinguía cada cruce, el pequeño espacio que quedaba entre los hilos y una mota escondida donde a simple vista no había nada.

Lo pagué, lo plegué y lo llevé al taller en el bolsillo del chaleco.

Sobre las pruebas servía para distinguir una letra dañada de una impresión defectuosa.

Había que abrirlo, apoyar sus patas y acomodar el ojo sobre la lente; si lo movía antes de incorporarme, perdía la palabra y encontraba una vecina que parecía desconocida de tan grande.

Me confiaron pruebas de los Sucesos de Morga, con las anotaciones de Rizal.

El prólogo llevaba el nombre de Blumentritt.

No traté con ellos: recibía pliegos, devolvía pliegos y preguntaba a quien podía responder allí.

A veces las notas ocupaban tanto espacio que llegaba a olvidar la frase a la que pertenecían.

Tenía que volver arriba, recuperar al hombre que había escrito casi tres siglos antes y descender después hasta la objeción.

En algunas páginas trabajaban dos lenguas de una misma lengua, separadas por lo que una había podido dar por cierto y la otra se detenía a discutir.

Entre aquellas anotaciones encontré una referencia a los estudios de Pardo de Tavera sobre los alfabetos antiguos de Filipinas.

La marqué en una hoja mía. Había acudido a esa página para verificar un nombre y me quedé siguiendo los signos.

Cuando me reclamaron la prueba tuve que buscar la señal con que había empezado.

La entregué sin llevarme nada del taller que no hubiese copiado en mi propio papel.

Fui a la Exposición una tarde de 1889, después de acabar un encargo.

Había guardado un franco para la entrada y otro dinero que no estaba destinado a gastarse allí.

Llegué antes de las seis. El hombre de la puerta recibió el billete sin pedirme el nombre; al pasar encontré tal abundancia de direcciones posibles que continué unos pasos por la que llevaba, antes de decidir adónde quería ir.

La torre no se dejaba mirar entera desde cerca.

Una de sus patas ocupaba el campo de visión y las otras entraban por los lados, enormes, inclinadas, con el espacio atravesándolas; para encontrar la parte alta había que retroceder o echar la cabeza hacia atrás hasta que el sombrero amenazaba con caerse.

Me lo quité. Las piezas parecían prolongarse unas dentro de otras y, cuando creía seguir una hasta su término, encontraba una unión, filas de remaches, otra dirección del hierro que me obligaba a empezar el recorrido por un lugar distinto.

El sol alcanzaba algunos bordes y dejaba los otros opacos.

Debajo pasaban personas que seguían teniendo el tamaño acostumbrado; fue eso lo que me hizo sentir la altura.

Una familia discutía sobre la subida. El padre señalaba hacia arriba, la madre sujetaba una bolsa y un muchacho miraba las botas que llevaba puestas.

No oí en qué quedaron. Seguí andando sin acercarme a comprar otro billete.

Había visto la cifra, la había comparado con las monedas que me quedaban y después aparté de la cuenta una comida que no habría debido contar como disponible. No subí.