El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 12 · Corrosión de tinta #3
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12 · Corrosión de tinta #3

Me incliné hasta que la sombra de mi cabeza cubrió el pie del folio. Retrocedí. El negro que había tomado por tinta era la oscuridad que se veía debajo. Moví la cabeza hacia un lado y el trazo cambió de color sin que el papel se moviese.

Fue entonces cuando puse el dedo.

Lo apoyé donde me parecía que debía continuar la letra.

Había un reborde seco, una resistencia mínima, y después ninguna.

Esperaba sentir una hendidura que me condujera hasta el siguiente trazo; encontré el borde de un agujero.

Permanecí un instante sin apretar, mientras mi vista trataba de convertir aquello que tocaba en lo que yo había venido a leer.

El empleado me dijo algo. No entendí las primeras palabras, pero retiré la mano antes de que terminara. Él señaló el daño y yo asentí. Dejé el índice doblado contra la palma, como si así pudiera impedir que volviera al folio por su cuenta.

No había averiguado una letra más.

Pregunté si era posible verlo con la luz de lado.

Tuve que repetirlo, sustituyendo una palabra inglesa que no me entendía por un gesto hacia la ventana.

El hombre acomodó el apoyo y volvió la hoja sin que yo la tocara.

La claridad entró oblicua por el papel levantado.

Donde esperaba un signo aparecieron fibras, una interrupción irregular, la sombra finísima de un borde que ya no tenía otro borde enfrente.

Se veía a través de la zona dañada una parte del apoyo, de un color más claro.

Me sorprendió que una cosa tan cercana no perteneciera al manuscrito: los ojos la habían incorporado al firmar mentalmente el nombre, como habían incorporado antes la sombra.

El empleado separó un poco el folio y aquella claridad dejó de llenar las aberturas por igual.

Una conservaba el fondo; otra se oscureció.

En el extremo del trazo había una pequeña lengüeta de papel sostenida por menos de lo que yo habría sabido dibujar.

Retuve el aliento mientras él volvía a acomodarla.

Hasta ese momento no había pensado en lo que podría desaparecer durante el tiempo que yo tardara en copiarlo.

En la calle pasó un coche. Su ruido llegó disminuido, reconocible todavía por las ruedas; me distrajo lo suficiente para que, al mirar de nuevo, viera por un momento solo un papel agujereado. Aquella tregua me produjo vergüenza. Volví a buscar la letra.

El empleado esperó. Yo había reunido una petición más larga que mis medios para decirla: quería otra dirección de luz, una inclinación que aún no hubiésemos probado, tiempo para que el ojo dejara de fabricar lo que faltaba. Pedí lo primero. Movió el apoyo muy poco.

Copié el contorno en una hoja aparte, mirándolo, sin poner nada encima.

Al principio hice el agujero demasiado regular.

Borré uno de sus lados, dejé entrar una punta, quité la curva que mi mano había añadido para terminar de una manera comprensible.

El dibujo empezó a parecerse al daño cuando dejó de parecerse a una letra.

La página siguiente contenía otras firmas.

Las comparé por la inclinación y por el arranque de los trazos, volví a la anterior, busqué una terminación semejante.

Encontré una semejanza y luego otra que la contradecía.

El cansancio me hacía conceder valor a lo que apenas una hora antes habría dejado sin respuesta.

Cerré los ojos unos segundos, sin cubrirme esta vez con la mano.

Pensé en la certificación que guardaba en mi cuarto.

Podría haberla sacado del equipaje, alisado sus pliegues, recorrido el renglón en que mi padre no tenía nombre; las palabras seguirían enteras.

Había días en que deseaba que alguna estuviera dañada, porque así mi disgusto tendría un lugar donde detenerse antes de alcanzar a quienes las habían escrito.

La idea me hizo abrir los ojos. La hoja que tenía delante no había mejorado nada de la que guardaba en casa.

Agradecí al empleado la luz y pedí que quedara el folio como estaba antes. Volví a mi puesto. El lápiz se había corrido hasta tocar las notas del día anterior. Lo cogí por la punta equivocada y tuve que limpiarme el pulgar con un papel de desecho.

Copié la signatura completa, la fecha de la información y el número de folio que habían añadido a lápiz. Dejé el apellido con su espacio; debajo conservé el dibujo. Después escribí: «la tinta no está; está el hueco».

Aún faltaba cotejar una carta. La repasé con lentitud, sin resolver la abreviatura en la que llevaba detenido desde la víspera.

A las cuatro devolví el volumen. No esperé que cerrasen la sala.

En el camino hacia la salida oí a alguien pedir un libro y el roce de una silla que se acercaba a una mesa.

Fuera había comenzado a llover. Busqué el bolsillo con la mano que llevaba libre; la otra sujetaba el cuaderno bajo el gabán.

Al rozar la costura del forro, el índice encontró tela lisa.

Seguí caminando con el dedo un poco separado de los demás: todavía notaba en él la aspereza del papel que faltaba.