12 · Corrosión de tinta #2
La tentación de corregir al escribiente se presentaba con apariencia de cortesía: bastaba añadir una preposición, separar una frase, poner un apellido como yo lo había visto en otro lugar.
La rechazaba con desigual fortuna. Al final de cada hoja comparaba los renglones y conservaba, en mis notas, las dos palabras que no podían ocupar juntas el mismo sitio.
Las tachaduras ensuciaban el trabajo. Cuando conseguía reducirlas sentía una alegría cuya pequeñez no me impedía pasar una tarde entera esperando volver a sentirla.
También había días en que copiaba con sueño.
El ojo derecho comenzaba a escocer y me obligaba a cubrirlo un momento con la mano.
Al destaparlo veía el papel más claro, pero durante unos segundos no podía distinguir las letras pequeñas.
Me daba vergüenza aquel descanso; miraba a mi alrededor antes de permitírmelo, como si me hubieran admitido con la condición de no tener cuerpo.
Un lector de cabello casi blanco se quedaba inmóvil después de cada página.
Nunca llegué a saber si descansaba o recordaba. Me sirvió de permiso.
Por las tardes pasaba a tinta lo que había anotado a lápiz.
Antes apartaba el trabajo de pago, sacudía de la mesa unas migas que siempre quedaban aunque no hubiese comido allí y acercaba la lámpara.
La pared recibía la sombra de mi cabeza, deformada hacia el techo; cuando me inclinaba, aquella sombra subía hasta una marca de humedad.
De la calle llegaba el tránsito interrumpido por los intervalos entre coches.
En esos huecos oía, en otra habitación, un agua que alguien vertía muy despacio.
La ventana no cerraba bien. Había introducido un papel doblado donde vibraba la hoja y, después, otro encima, porque el primero se comprimió.
Podía verlos al levantar los ojos: dos tiras de una cuenta que ya no necesitaba, sujetando la madera.
A su lado el cristal recogía mi lámpara y algunas luces de enfrente.
La calle solo aparecía si me acercaba bastante, dejando detrás el calor; entonces distinguía la humedad sobre el hierro, una puerta que acababan de cerrar y, bajo un farol, la caída oblicua de una lluvia tan fina que desde la mesa había creído que no llovía.
En aquellos encargos mi inglés debía rendir más de lo que alcanzaba en una conversación.
Una frase escrita permanecía esperando mientras buscaba su verbo; un hombre que hablaba podía haber empezado otra cuando yo aún examinaba la primera.
Traducía cartas comerciales con un diccionario abierto y conservaba en borrador las cuentas, porque las cifras se desplazaban hacia el renglón vecino en cuanto apartaba los ojos.
Un cliente me devolvió dos hojas: había traducido la fecha prevista de una entrega como si la mercancía ya hubiese llegado.
Me pagó después de la corrección. Esa noche comprobé las fechas de mis notas de Manila antes de acostarme, aun sabiendo que allí no había tenido que traducir nada.
Algunas noches la patrona dejaba en el horno manzanas partidas.
El olor alcanzaba mi piso cuando todavía tenía un encargo abierto y me hacía terminar más deprisa que el reloj.
Bajaba después de lavarme las manos; ella sacaba la fuente con un paño doblado y dejaba caer en mi plato una mitad cuya piel, separada de la carne, había conservado casi entera la forma.
La primera vez quise imitar a los demás y comí demasiado pronto.
Me quemé la lengua. La patrona me acercó el agua sin suspender la conversación con otro huésped; durante el resto de la cena tuve que contestar con pocas palabras, aunque aquella noche entendía más de lo habitual.
Después aprendí a esperar lo necesario, a romper la pulpa con el borde de la cuchara y a recoger el jugo antes de que se enfriara.
Subía al cuarto con ganas de seguir leyendo.
Le escribía a mi madre cuando quedaba papel con margen suficiente.
No le contaba todas las dificultades de la lectura; habría querido saber cuáles me pagaban y habría tenido razón al preguntarlo.
Le decía cómo se distribuían los libros, lo que costaba el cuarto, que llevaba el gabán abrochado incluso durante algunos desayunos.
Una noche empecé a describir la sala circular.
Me ocupó tanto que, al pasar la hoja, aún no le había preguntado por ella. Dejé sin terminar la descripción.
Así fueron las mañanas. No las ochenta juntas: una cada vez, con la resistencia particular de salir de la cama, pedir otra hoja, devolver una moneda.
Cuando llegó aquella que recuerdo, había preparado ya el lugar por donde continuar.
Dejé el lápiz a la derecha, abrí mis notas y busqué en el manuscrito la última línea del día anterior.
La información de méritos estaba entre dos cartas.
Su promotor enumeraba servicios y pedía que se recibiera lo que otros podían declarar de él.
Seguí las preguntas, las respuestas y, al final, los nombres de los capitanes.
En una hoja la tinta había oscurecido alrededor de la escritura; el renglón siguiente, menos cargado, se conservaba mejor.
Llegué al pie sin advertir al principio que el último trazo carecía de superficie.
Hernán se leía. A continuación, la partícula, una ese y, más lejos, el remate del apellido. En medio faltaban dos letras.
Puse la punta del lápiz sobre mi hoja y escribí la primera antes de haberla encontrado en el original. La reconocí inmediatamente: era mía. Había completado el apellido con la facilidad con que contestaba a un empleado cuando me preguntaba si faltaba algo detrás de Yap.
Borré. Quedó una mancha gris entre las letras copiadas.
En los días anteriores había seguido menciones de oficiales, había apuntado de Silva en varias hojas y había separado a los hombres cuando una fecha impedía reunirlos.
Este nombre me había hecho detener. No llevaba conmigo una firma antigua cotejada con la cual pudiera compararlo.
Tenía un apellido usado por mi padre y una mano deseosa de escribirlo otra vez.
Volví a la información. Busqué el nombre en el cuerpo y hallé la referencia a un capitán de ese apellido, sin que la frase resolviera quién había trazado cada firma al pie.
Revisé las hojas anteriores; una estaba copiada por entero con la misma letra, incluidas las menciones finales.
En la que miraba ahora, la escritura cambiaba al llegar a las firmas.
Yo podía distinguir el cambio. No podía, por eso solo, dar nombre a la mano que lo había hecho.
Junto a la petición quedaba una hoja casi vacía, con una anotación atravesada por el pliegue.
Quise creer que sería la cubierta de aquella información y que el nombre repetiría, sin daño, el del firmante.
Tuve que levantarme para preguntar si podía consultar el folio siguiente sin deshacer el orden en que me lo habían servido.
El empleado lo dispuso. La nota correspondía a una carta de otro año.
Leí también esa fecha antes de aceptar que no me servía.
Al volver al asiento sentí en el estómago el hambre que hasta entonces había confundido con una postura incómoda; ya no me quedaba tiempo para salir a comer y regresar sin perder la parte de la tarde que había prometido a un encargo.
Había sacado de mi bolsillo un papel con dos palabras que no quería olvidar.
Por el otro lado estaba la cuenta de la semana.
La dejé boca abajo, debajo de la hoja nueva, para no verla cada vez que apoyaba la mano.
Faltaban tres días para pagar y el dinero estaba apartado; lo que no tenía apartado era el tiempo que acababa de perder.
Miré hacia el mostrador. El empleado atendía a otro lector con la misma paciencia con que me había atendido a mí. Mi urgencia no había pasado a nadie.