12 · Corrosión de tinta
Ochenta veces devolví los papeles antes de las cuatro.
Las conté después por las fechas del cuaderno, cuando ya no era capaz de separar una mañana de otra: el agua del jarro, la cuchara golpeando una taza abajo, la puerta de la casa que había que traer hacia uno antes de girar la llave.
Una de esas mañanas conservó su fecha sin que necesitara buscarla.
También aquel día devolví los papeles a su hora.
La casa de huéspedes de Bloomsbury tenía tres peldaños entre la acera y la puerta.
El de en medio estaba hundido por un extremo; al salir con lluvia apoyaba el pie en el otro y el agua, desplazada por la suela, caía hacia la reja del sótano.
Por allí subía el calor de una cocina que a primera hora olía a pan tostado y, al regreso, a las sucesivas comidas del día.
Mi cuarto quedaba bastante más arriba. Desde la cama podía ver la parte superior de una ventana de enfrente y, en ocasiones, una mano que tiraba de la cortina; del habitante de aquella habitación supe durante semanas solo que empleaba la izquierda.
Pagaba los sábados. La patrona me daba un recibo pequeño, arrancado con cuidado de una hoja mayor, y esperaba a que contara el cambio antes de guardarse el dinero.
Una mañana se equivocó a mi favor. Se lo dije cuando ya había cerrado el cajón, con una satisfacción que intenté ocultar al devolver la moneda; había preparado las palabras inglesas durante la noche, por si tenía que discutir otra cosa.
Ella abrió de nuevo, rectificó la cuenta y me preguntó si quería más pan.
No encontró nada extraordinario en mi honradez.
Durante el desayuno estuve algo molesto con ella.
Trabajaba por la tarde en copias y traducciones que podía cobrar.
Reservaba para el museo lo que quedaba entre las diez y las cuatro; si alargaba la consulta, la diferencia pasaba a la noche y terminaba pagándola en luz o en errores.
Había conseguido la recomendación necesaria para solicitar mi permiso de lector.
La guardé junto a la respuesta, aunque ya no me la pedían.
Al preparar el bolsillo interior del gabán separaba esos documentos de la certificación de bautismo que había traído de Manila. No necesitaba mostrarla allí.
Me lavaba las manos dos veces antes de salir.
La primera retiraba la suciedad; la segunda no conseguía quitar la mancha del índice, que se había vuelto parda junto a la uña.
En la palangana quedaba un agua apenas distinta de la que había vertido.
Me abrochaba el cuello, comprobaba los lápices y bajaba con el cuaderno apretado contra el cuerpo para que no golpeara los barrotes de la escalera.
Conocí aquella parte de Londres por lo que podía pisar.
El suelo cambiaba delante de cada puerta: una piedra recién lavada, otra donde había secado el barro de una rueda, una junta que retenía la lluvia y devolvía el cielo cuando el resto de la acera parecía ya seco.
En las mañanas húmedas las casas adquirían profundidad hacia abajo; por las rejas se veían ventanas bajo el nivel de mis zapatos, recipientes vueltos, una persona que cruzaba llevando algo que desde arriba parecía más grande que ella.
Yo había vivido sobre calles por las que entraba el agua y frente a patios donde caía la ropa tendida.
Allí tenía que aprender a mirar también bajo la calle.
A veces llegaba aire limpio durante unos pasos.
Entonces se distinguían los árboles de las plazas hasta las últimas ramillas, oscuras contra una claridad sin sol, y detrás aparecía completa una fila de casas que la mañana anterior no había logrado contar.
Otras veces, al acercarme al museo, las columnas empezaban a verse antes que su parte más alta.
El pórtico recibía las figuras, las reducía durante el ascenso de los peldaños y las dejaba desaparecer hacia dentro.
Había personas que se detenían a mirar la fachada.
Yo miraba la hora. En invierno apenas podía permitirme el lujo de llegar con las manos frías: tardaba después demasiado en volver a escribir pequeño.
Al recibir el permiso había firmado «Yap, J.
» en el espacio que me dejaba el registro.
Dos renglones por encima del mío reconocí el nombre de Rizal.
Desplacé la vista hacia el margen sin mover el papel.
La firma estaba completa; yo había colocado ya el punto detrás de mi inicial.
Tuve que esperar a que se secara para retirar la mano.
No pregunté dónde se sentaba. Durante un momento me pareció que, al volverme, sabría distinguirlo entre quienes entraban; después reparé en que no conocía su espalda, ni su manera de quitarse un abrigo, ni nada que permitiera reconocer a un hombre ocupado en llegar a tiempo.
Dejé sitio al siguiente lector. Aquellos dos renglones siguieron separados cuando el libro se cerró.
Cada mañana mostraba mi permiso y llevaba las papeletas al lugar que correspondía.
En la sala circular consultaba los impresos.
Al principio había levantado la cabeza tantas veces que terminaba doliéndome la nuca.
La curva de las estanterías parecía continuar detrás de mí sin descanso, y las mesas, vistas desde la entrada, convergían con una precisión que desaparecía al sentarse: desde mi puesto se veían hombros, tabiques bajos, la esquina levantada de un periódico, una mano que buscaba sitio para un segundo volumen.
Arriba, las divisiones de la cúpula se estrechaban al subir y la luz se extendía por superficies que ningún lector alcanzaba.
Me acostumbré antes a los hombres que al tamaño de aquella cubierta.
Había tinta y plumas en los pupitres. Yo sacaba dos lápices.
Usaba el que tenía la punta más larga hasta que, al llegar a una abreviatura, el trazo ya no cabía entre los otros.
El atril sostenía el libro a una altura cómoda; si la encuadernación se resistía, cambiaba de posición antes de comenzar.
Aprendí a colocar mis hojas donde no se confundieran con las papeletas de pedido.
Una de estas volvió sin el volumen solicitado porque había copiado mal una cifra.
El empleado me mostró mi propia letra. No encontré dificultad alguna para leerla.
El cuero del asiento conservaba unos segundos el frío de la sala.
Después dejaba de sentirlo y empezaba a oír lo que durante el primer rato había confundido con silencio: la respiración de un hombre sentado dos puestos más allá, el cambio de peso de una mujer que se levantaba para buscar un volumen, páginas que se volvían deprisa y otras cuya vuelta se demoraba tanto que, cuando al fin llegaba el sonido, yo había empezado a esperar cualquier otra cosa.
Miraba de reojo a los lectores nuevos. Reconocía en ellos mis precauciones de las primeras semanas y me gustaba que tuvieran que aprenderlas también.
Una vez vi a un muchacho extraviado entre las mesas; aguardé a que me preguntara antes de indicarle el camino, aunque sus ojos lo habían pedido mucho antes.
La iluminación eléctrica permitía seguir trabajando cuando afuera había anochecido.
A las cuatro quedaban lectores que apenas habían comenzado; algunos abrían entonces sus libros con la diligencia que yo reservaba a cerrarlos.
Me levantaba procurando no mirar aquellas páginas nuevas.
Me esperaba una mesa más pequeña, con encargos que no elegía.
Los manuscritos se consultaban en otra sala.
Para llegar a los papeles de Manila tuve que aprender un segundo recorrido dentro del edificio y otro orden de peticiones; durante varios días llevé apuntado dónde debía entregar cada papeleta.
Dejaba hecha la solicitud antes de marcharme.
El día siguiente comenzaba a depender así de una letra que había escrito cansado la tarde anterior.
El conjunto que pedía reunía informaciones, cartas dirigidas al rey, relaciones de gente de guerra.
Había papeles relativos a 1620 entre otros de fechas próximas.
Los habían juntado por razones que el lomo no explicaba.
Una copia acababa con la mención de una firma; en otra hoja había trazos ejecutados al pie, con presión distinta de la escritura del cuerpo.
Nada me decía cuánto del recorrido de aquellos papeles hasta Londres había quedado fuera de la encuadernación.
Copié la referencia que me habían dado, no un viaje que pudiera contarme a mí mismo mientras esperaba.
Los dobleces antiguos atravesaban renglones.
En algunos folios quedaba, cerca del margen, el número fino de un lápiz mucho más reciente que la tinta; había sido necesario contar aquellas hojas de nuevo para entregármelas.
El papel de trapo mantenía desigualdades que cambiaban de sitio cuando se movía la luz.
Al dar la vuelta a una página, el canto áspero encontraba a veces un hilo suelto de mi puño.
Lo corté una noche al regresar a la pensión.
No leía solo nombres. Copiaba una relación de hombres y encontraba, a la vuelta, lo que se había pedido para vestirlos; copiaba una petición y tenía que retroceder porque el sujeto de la frase seguía siendo el mismo, aunque hubiese atravesado una docena de renglones de servicios prestados.
Me equivocaba sobre todo cuando creía haber entendido.
Dejé una palabra por otra en una carta al rey y, al cotejarla al día siguiente, advertí que había hecho suplicar al remitente lo contrario de lo que pedía.