El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 11 · Sección de antropología #3
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11 · Sección de antropología #3

Un pájaro cruzó entre los árboles, detrás de la cámara. El empleado que llevaba las cajas dio un paso hacia una de ellas y se quedó con el pie adelantado. Carlos no se movió. El fotógrafo terminó la operación y los liberó con un gesto. Los tres variaron a la vez el apoyo de las piernas.

Carlos repitió la dirección. El fotógrafo la escribió en un papel sobre una de las cajas, preguntó el número del piso y lo añadió. Prometió avisar. Su ayudante recogió el paño negro; en un doblez había quedado una hoja seca y la quitó antes de plegarlo.

El oficial alto quiso una copia adicional.

Preguntó cuándo estarían listas y si podía recibirlas en su domicilio.

El fotógrafo abrió el papel otra vez. Se arrodilló junto a la caja para escribir la segunda dirección, apoyándose sobre la pierna doblada; al levantarse conservó una marca de polvo en la rodilla.

Carlos indicó que le enviase juntas las suyas.

El hombre contó las copias en voz alta y ellos confirmaron el encargo.

El ayudante sacó una muestra de otra caja.

La imagen tenía detrás un cartón más ancho, con sitio debajo para una inscripción.

El fotógrafo la ofreció por los cantos. Carlos la sostuvo y el oficial bajo se aproximó para verla: en el retrato había seis hombres distribuidos en dos filas, tres sentados, tres de pie.

Una de las sillas mostraba entera la pata delantera; otra estaba cubierta por una pierna.

El oficial señaló el asiento central y preguntó si tenían una silla allí. El fotógrafo dijo que no.

—Estamos bien de pie —dijo Carlos.

Devolvió la muestra sin tocar la superficie.

El ayudante la envolvió y cerró la caja; tenía que esperar a que apartasen una gorra para ajustar la tapa.

Su patrón ofreció escribir los nombres debajo del retrato.

El compañero más alto contestó que ya los pondrían ellos.

Carlos no añadió nada. Recogió su catálogo del lugar donde lo había dejado durante la fotografía y pasó la mano por el borde para quitar la arena.

El oficial alto llamó a Carlos por el apellido. Estaban ya en el primer peldaño cuando un hombre de levita oscura volvió la cabeza desde el paseo. Llevaba un catálogo y el ala del sombrero deformada por un lado. Subió dos escalones, se detuvo y preguntó:

—¿El capitán de Silva?

Carlos se volvió.

—Sí.

—Carlos de Silva y Alcázar.

—¿Qué se le ofrece?

El hombre sostuvo el catálogo con ambas manos. Había una señal oscura en el pliegue de su índice derecho. Miró un momento a los otros oficiales; después dejó una mano libre.

—Soy José Yap de Silva. Hijo de Alejandro de Silva y Cañizares.

Carlos permaneció un peldaño más arriba. Tenía el brazo izquierdo doblado, el catálogo sujeto entre el antebrazo y el costado. La mano derecha seguía cubierta por el guante.

—Mi madre es Rosario Yap —añadió José—. Le escribió a su abuela desde Manila.

—Conozco esa carta.

El fotógrafo pidió paso para llevar una caja. José bajó un escalón y volvió a subirlo cuando el hombre terminó de pasar. Uno de los compañeros de Carlos se apartó hacia la barandilla; el otro sacó un cigarro, lo hizo rodar entre los dedos y lo guardó.

—Quería hablarle de nuestro padre.

Carlos cambió el catálogo de brazo.

—Estoy acompañado, como usted ve.

—Puedo esperar.

—No será necesario.

José abrió la boca. La cerró y bajó la mirada hacia el guante. El pulgar de Carlos sobresalía del canto del libro, inmóvil. En la escalinata entraban y salían visitantes; una mujer alzó la falda para salvar el último peldaño y su acompañante le ofreció la mano sin dejar de hablar.

—Mi madre conserva el testimonio —dijo José—. De febrero del sesenta y uno.

Carlos asintió una vez. Se volvió hacia el oficial que aguardaba junto a la barandilla. El otro seguía un poco más arriba, con un pie sobre el escalón siguiente.

—¿Quién es? —preguntó el de la barandilla.

Carlos tenía la espalda hacia José.

—Un chino que dice ser mi hermano.

El oficial miró hacia el paseo. El fotógrafo llamaba a su ayudante; habían dejado una caja pequeña debajo de la cámara.

Carlos bajó la vista al bolsillo del pecho, sacó el portalápiz de plata y lo sostuvo entre dos dedos.

Con la otra mano extrajo una libreta de hule.

El lápiz tenía la mina corta. Se mojó la punta con la lengua antes de apoyarla sobre la hoja.

Escribió José Yap y la fecha. Guardó la libreta, encajó el portalápiz y comprobó con el pulgar que había quedado cerrado. Los dos compañeros avanzaron hacia la entrada. Carlos los siguió.

José permaneció junto al escalón hasta que una familia le pidió paso. Bajó. Aún llevaba el catálogo entre las manos; al llegar al paseo lo abrió por el lugar donde asomaba una punta de papel, la metió dentro y volvió a cerrarlo.

Abajo había un niño agachado junto a la orilla. Su acompañante le sujetaba la chaqueta por la espalda y le mandaba levantarse. El niño sacó del agua una astilla, la puso sobre la piedra y retiró la mano cuando se lo ordenaron otra vez. Se alejaron por el paseo.

José se acercó a la barandilla. Miró las vidrieras y después el agua. Eran las siete de la tarde. Al apoyar la mano, el hierro seguía caliente.