11 · Sección de antropología #2
Empecé a explicárselo. Dije que deseaba saber cómo se llamaban.
Él señaló la columna de las edades. Busqué otra respuesta mientras sostenía el cuaderno abierto ante los dos.
Había dedicado toda mi atención a conseguir que las palabras cupieran; hasta entonces no había necesitado decirme qué haría con ellas al volver al cuarto.
El hombre me quitó suavemente el lápiz. Lo sostuvo un momento, lo volvió para examinar la punta y me lo devolvió. Después cruzó por debajo de la última raya del cerco y levantó la escalera. La piedra que yo había colocado quedó descubierta. Él la empujó con el pie para sacarla del paso.
Me había quedado con el último número en la boca.
Cerré el cuaderno sin soplar las pequeñas migas de mina.
Quise irme y me avergoncé también de aquella prisa, porque me permitía dar por terminada una conversación cuyos inconvenientes había traído yo.
Permanecí junto al cerco. La mujer que se había quitado años me pidió que le alcanzara una prenda caída a nuestro lado; la recogí y me señaló dónde debía apoyarla.
Pasó luego los dedos por la tela, comprobando si el polvo se había metido en el tejido.
Saqué el recorte cuando regresó el hombre que traducía.
Le pregunté por la mujer muerta. Lo leyó con dificultad, acercándose la hoja a la cara, y después habló con alguien que permanecía en una puerta.
No entendí lo que se contestaron. Al volver pronunció el nombre despacio.
Yo había sostenido el cuaderno abierto por la lista; pasé a la página siguiente antes de escribir.
Basalia.
Era de Joló. El hombre me hizo repetir el nombre y después señaló el recorte, que yo había dejado caer sobre la arena.
Lo recogí. Me preguntó si allí estaba escrito dónde la habían llevado.
Se lo leí entero, hasta el punto que cerraba las cuatro líneas; la noticia no lo decía.
Le mostré la página donde había puesto Basalia y Joló.
La miró, volvió la cabeza hacia quien aguardaba en la puerta y regresó con él.
Yo había dejado debajo un espacio demasiado grande.
No arranqué la lista. Había pasado una visita entera perfeccionándola y ahora me disgustaba que alguien la viese.
Metí el recorte dentro, cerré y me guardé el cuaderno bajo la levita.
Al apartarme del cerco, el aire entró por la tela húmeda de la espalda.
La tarde seguía teniendo una claridad tan grande que los caminos parecían recién abiertos entre los árboles.
El capitán Carlos de Silva y Alcázar entró en el pabellón principal con dos compañeros.
Tenía veintinueve años. En el vestíbulo se apartaron para dejar pasar a una señora y al niño que llevaba de la mano; el menor arrastraba los zapatos por el suelo.
Uno de los oficiales le indicó una vitrina.
La señora hizo girar al niño y los tres militares continuaron hacia las maderas.
Carlos llevaba los guantes puestos. Abrió el catálogo sosteniéndolo por el lomo, buscó el número de la sección y pasó dos hojas hacia atrás.
Uno de sus compañeros llevaba un ejemplar cerrado bajo el brazo; el otro se acercaba a los letreros.
Se separaban ante cada mesa y volvían a reunirse donde el paso se estrechaba.
Sobre los soportes se sucedían cortes de madera de diferentes grosores.
Algunas piezas mostraban el borde irregular del tronco; otras estaban escuadradas y pulidas por todos sus lados.
Entre el extremo de una y la siguiente quedaba una tira de tela oscura.
Carlos se inclinó para leer una etiqueta situada detrás.
Su compañero levantó un dedo hacia el color de una veta. Un empleado les pidió que no tocaran.
—No se ha tocado —dijo Carlos.
El empleado ajustó el rótulo, que se había vencido sobre el soporte, y se retiró. Los tres siguieron mirando. Uno de ellos comentó el peso que debía tener la pieza mayor. El otro nombró una madera conocida y preguntó si era la misma. Carlos cotejó el número del objeto con el del catálogo.
—Aquí figura otra denominación.
Leyó el nombre completo y mantuvo el índice debajo hasta que su compañero encontró la entrada en su ejemplar. Después cerraron ambos libros.
Las ventanas altas iluminaban las mesas por franjas.
Un arma quedaba a pleno sol y la siguiente, situada a escasa distancia, retenía en la hoja una claridad gris.
Alrededor de las empuñaduras había pequeñas sombras cuyo contorno se confundía con la talla; las ataduras de fibra se distinguían mejor por el relieve de sus nudos que por el color.
En el cristal de una vitrina apareció primero la botonadura de los uniformes; al acercarse los oficiales, sus hombros ocultaron el pasillo.
Carlos cambió de sitio hasta que pudo leer el rótulo sin reflejo.
El más alto de sus compañeros hizo un movimiento con la muñeca, el brazo extendido, para calcular el uso de una de las armas.
Tuvo que retirarlo porque pasaba una pareja.
Carlos sujetó el catálogo contra el muslo y esperó a que el hueco quedara libre.
En otra vitrina había piezas más cortas.
Se detuvo ante ellas; miró la unión de las hojas y las empuñaduras, bajó la vista a la cédula y preguntó al empleado si tenían todas el mismo origen.
El hombre les mostró dos rótulos distintos. Carlos inclinó la cabeza.
El paso hacia la siguiente sala se había llenado.
Un grupo entraba mientras otro pretendía salir; entre ambos se había detenido un caballero para leer una página del catálogo a la mujer que lo acompañaba.
Los militares esperaron junto a una mesa de tallas.
La luz llegaba allí de costado y alcanzaba los huecos de las piezas con intensidad desigual: en el fondo de uno permanecía una oscuridad casi entera, mientras una curva saliente recibía una raya de sol que terminaba antes de tocar la base.
El oficial bajo se agachó para ver el trabajo por detrás.
Luego se incorporó, se frotó una rodilla y preguntó dónde las habían hecho.
Carlos le acercó el catálogo. El nombre de Tampinco estaba junto a otros nombres.
El caballero del paso continuaba leyendo; al terminar un párrafo levantó la voz, porque a su espalda había empezado otra conversación.
Carlos cerró el libro y se dirigió al hueco que quedaba entre aquel grupo y la mesa.
El lector se hizo a un lado al ver el uniforme. Pasaron los tres.
En una de las puertas daba el sol sobre el suelo hasta media sala.
Los visitantes cruzaban aquel rectángulo y cambiaban de color al abandonarlo; el paño de un sombrero, gris en la entrada, parecía casi negro al acercarse a una vitrina.
El compañero más alto se quitó la gorra unos instantes y se secó la frente.
Detrás de ellos, el caballero del catálogo había reanudado su lectura.
La mujer que lo acompañaba ya estaba en otra mesa.
No recorrieron todas las salas. Ante los tejidos, el oficial más bajo abrió su reloj y anunció la hora.
El alto recordó que faltaba la fotografía.
Se pusieron de acuerdo para salir por el mismo lado por el que habían entrado.
El empleado había vuelto a su silla y remendaba con los dedos un borde del papel que cubría una mesa.
Al llegar al paseo, Carlos se sacudió del puño un hilo. El polvo seco había quedado adherido a una zona húmeda de la manga; lo rozó dos veces y continuó andando. Su compañero le preguntó por una dirección para enviar la copia del retrato. Carlos se la dio. El hombre empezó a buscar papel.
—Se la repetiré al fotógrafo.
El paseo bajaba hacia el estanque. Entre los troncos aparecía el palacio de vidrio, primero la cúpula, después los paños laterales.
La luz de la tarde incidía en una de sus caras y dejaba la otra atravesada por el verde de los árboles.
En las losetas del interior quedaban zonas descubiertas, con materiales de los trabajos todavía sin concluir.
En el agua, las líneas verticales se quebraban sin llegar a separarse; una onda las inclinaba, pasaba y dejaba otra vez un dibujo de anchuras desiguales.
En el tramo próximo a la ranchería, un hombre llevaba una escalera al hombro.
Carlos y el compañero más alto dejaron libre el ancho que necesitaba.
El tercer oficial se detuvo ante el cerco.
Una persona sentada en el interior trabajaba un cesto; a sus pies se acumulaban tiras cortadas.
El oficial permaneció allí unos instantes, con las manos a la espalda, y después alcanzó a los otros.
No se detuvieron de nuevo hasta la escalinata.
El fotógrafo tenía preparada la cámara frente al palacio.
Sus cajas ocupaban un costado del camino.
Les indicó dónde debían ponerse y pidió al más alto que avanzara medio paso.
Carlos quedó entre los otros dos. Detrás de ellos, una señora con sombrilla se detuvo al ver el aparato; el fotógrafo le rogó que siguiera y aguardó a que saliese del encuadre.
Luego corrigió la posición de un hombro.
—Un poco hacia mí. Así.
Carlos giró. La correa del arma tiró de la tela y tuvo que alisarla con el borde de la mano.
El fotógrafo se cubrió con el paño oscuro, reapareció, volvió a mirar a los tres sin el aparato y pidió que no cambiaran de posición.
El oficial bajo mantenía el mentón levantado.
Su compañero empezó a decir algo y se interrumpió cuando el fotógrafo alzó la palma.
Esperaron.