11 · Sección de antropología
El hombre que estaba reparando el tejado no quiso decirme cómo se llamaba hasta que terminé de sostenerle la escalera.
Yo había abierto el cuaderno junto al cerco y, al ver que me miraba, levanté el lápiz.
Él señaló uno de los pies de la escalera, que se hundía.
Tuve que cerrar el cuaderno, buscar una piedra y meterla debajo.
Después me indicó que apretara con el zapato.
Durante unos minutos vi solamente sus pantorrillas, el extremo de una cuerda que bajaba y volvía a subir, las fibras que desprendía del alero.
A mi espalda pasaban visitantes. Uno se detuvo para preguntarme si aquella vivienda estaba hecha como las de mi país.
Contesté que no conocía todas las casas de mi país, con una sequedad que me dejó avergonzado; el hombre había preguntado sin malicia, quizá porque me veía sujetar una escalera y suponía que mi puesto consistía en responder.
Siguió andando. Yo continué apretando con el pie hasta que el trabajador bajó y probó él mismo el apoyo, sin fiarse de que hubiera quedado firme.
Había pagado mi billete aquella tarde. Era mi segunda visita a la exposición.
En la primera recorrí el pabellón principal con el catálogo abierto.
Había llovido y las suelas de los visitantes depositaban, al entrar, una tierra oscura que se aclaraba a medida que avanzaban; al cabo de unos pasos solo quedaban las marcas de los tacones, dispersas entre las patas de los muebles y los pedestales.
Fuera olían las hojas mojadas. Dentro prevalecían otros olores, contenidos desde hacía semanas en cajas y embalajes: resina, fibra seca, barniz, una humedad vegetal que no era la de los árboles del Retiro.
Al volver una esquina me pareció reconocer la trastienda de un proveedor de mi madre.
Permanecí allí hasta distinguir de dónde venía el olor. Era un haz de abacá.
En el catálogo, ocho secciones distribuían los objetos en ochenta y dos grupos.
Yo buscaba primero el rótulo, luego el número, luego la pieza.
Los tejidos se mostraban extendidos o doblados de modo que pudieran verse sus labores; las maderas tenían un corte preparado, una superficie donde la veta ofrecía lo que el árbol entero habría ocultado.
Me acerqué a una para mirar el canto. En la cara bruñida quedaba mi sombra, estrecha y sin relieve; al moverme reaparecían unas líneas rojizas que rodeaban un nudo y proseguían juntas hacia el extremo, sin dejar entre ellas sitio para otra.
Recordé las tablas de nuestra mesa de Binondo, pero allí había habido tinta, aceite y un tramo gastado por el apoyo de los codos.
Ante aquella madera limpia no supe recordar de qué color era la mesa.
Vi el nombre de Tampinco junto a sus tallas.
Había visitantes que se detenían mucho más ante las armas.
Una mujer, separada de su acompañante por dos vitrinas, lo llamó para que mirase una labor y él contestó que ya iba, mientras seguía leyendo el rótulo de una hoja curva.
Ella aguardó un momento, se acomodó la manga y continuó sola.
Volvieron a encontrarse al final del pasillo.
Yo había ido al pabellón con frases preparadas sobre lo que debía mostrarse de Filipinas; ninguna me servía para hablarle a aquella mujer de la pieza que había mirado sin conseguir que otro la mirase con ella.
Al salir hacia el estanque apareció el palacio de vidrio.
Desde lejos las juntas de hierro resultaban más visibles que los cristales: una armazón clara, reiterada, que cambiaba de espesor según se superpusieran dos paños o quedase detrás el follaje.
Había zonas donde el edificio parecía abierto y, al acercarme, descubrí la película de luz que cerraba el paso.
Los árboles continuaban en él con ramas interrumpidas; una nube se detenía sobre una ventana y proseguía, desplazada, en la siguiente.
Bajo la cúpula, el espacio destinado a las plantas seguía esperando que terminasen los trabajos.
Podían verse las losetas y el terreno removido, la parte donde un hombre se había sentado a descansar y, cerca, una herramienta que conservaba tierra en el filo.
Me demoré delante de aquellos cristales sin necesidad de fingir que leía.
Había imaginado encontrar una vegetación abundante, hojas cuya forma reconocería antes que su nombre, y llevaba preparada incluso la alegría que debía sentir al verlas.
El edificio inacabado me dejó libre de esa obligación.
Pude mirar la altura, seguir con los ojos las piezas que sostenían la cúpula, perder una línea detrás de otra y encontrarla más arriba.
A través de dos superficies superpuestas, un hombre se movía sin que yo supiera si estaba dentro o fuera; al cambiar de sitio descubrí que arrastraba un saco por el exterior.
Vi también gotas detenidas en un cristal.
Estaban muy altas; seguí su recorrido posible hasta la base de la ventana, donde el verde de los árboles se deshacía en una luz casi blanca.
Desde la escalinata se veía el agua. El estanque retenía junto a su orilla una franja de hojas y pequeñas astillas; hacia el centro devolvía trozos del palacio, alargados por el movimiento de la superficie, y el cielo parecía hundirse entre dos líneas de hierro antes de cerrarse otra vez.
Los paseos se curvaban entre los árboles.
Por ellos avanzaban sombrillas, uniformes, niños que iban contando algo a una persona que todavía quedaba lejos.
Más allá, junto al agua, estaban las construcciones de la ranchería y las personas a quienes los visitantes habían venido a ver.
Yo también me detuve en el cerco.
Había una mujer lavando una prenda en un recipiente.
La retorció con los dos brazos, cambió las manos de sitio y volvió a apretar; el agua descendió primero en un chorro, después por varios puntos de la tela.
A su lado, otra mujer apartó un cesto del suelo para que no se mojara.
Ninguna levantó la cabeza cuando nos acercamos.
Un visitante quiso que la que lavaba se volviese.
Hizo un ruido con la lengua. Ella recogió la prenda, se desplazó hasta un apoyo al sol y la extendió con tal cuidado que yo vi aparecer una costura abierta.
Después volvió, recogió el recipiente y lo llevó adonde el cerco impedía que la siguiéramos con la vista.
Había leído días antes un recorte sobre una mujer que había muerto.
La noticia era de junio y cabía en cuatro renglones.
Decía pulmonía, daba su procedencia de una manera general y no decía su nombre.
Lo llevaba doblado dentro del catálogo. Lo saqué al ver a aquellas mujeres, pero no lo enseñé.
No tenía derecho a decidir cuál de ellas debía contestarme.
En los cafés se hablaba de la exposición y algunos estudiantes se quejaban de que Madrid viese a aquellas gentes y creyera habernos visto a todos.
Yo había asentido a una de esas quejas. Me dolía recordar la facilidad con que asentí: deseaba explicar que estudiaba leyes, que podía discutir un texto latino, que llevaba libros bajo el brazo por la calle de San Bernardo; había reunido esas razones con una rapidez que no habría tenido para defender a alguien a quien no conocía.
Delante del cerco me acomodé el sombrero.
Me preocupaba que el sudor hubiese dejado una señal en la cinta.
Volví otro día con un cuaderno más pequeño.
Quería preguntar los nombres y apuntarlos sin las denominaciones que había leído en los rótulos.
También llevaba el recorte. Antes de llegar a la ranchería había dividido una página en tres columnas, ayudándome con el lomo del catálogo.
Escribí nombre, lugar y edad. Dejé la primera columna más ancha.
El hombre de la escalera esperó a guardar su cuerda para responderme.
No entendió cuando le hablé en tagalo. Repitió una palabra, señaló hacia las casas y llamó a otro hombre que se acercó con una tira de tela enrollada en la muñeca.
Este sabía castellano suficiente para preguntarme qué buscaba.
Se lo expliqué despacio; me oí usar una voz que no empleaba con mis compañeros de clase.
Él aguardó a que acabara y tradujo solo unas pocas palabras.
Escribí el primer nombre. Hice repetir el segundo sonido porque no sabía qué letra poner.
El hombre de la cuerda siguió el movimiento del lápiz y, cuando terminé, me pidió por señas que lo leyera.
Lo pronuncié. Negó con la cabeza. Lo intenté de nuevo, ya sin mirar el papel, y esta vez asintió. Tuve que cambiar dos letras.
Se acercaron otras personas. Una me dijo su lugar de nacimiento; otra nombró el lugar de donde había venido, que no era el mismo.
Quise separar ambas cosas y descubrí que necesitaba una cuarta columna.
El que traducía no se quedó a mi lado todo el tiempo: iban a buscarlo, lo reclamaban desde una puerta, tenía que devolver la tela que llevaba en la muñeca.
Cada vez que se alejaba quedábamos mirándonos, con preguntas pendientes que yo no sabía formular de otro modo.
Una mujer me dio una edad. La persona sentada junto a ella soltó una carcajada; las dos se hablaron deprisa y la primera volvió a darme otra cifra, mirándome ahora a los ojos.
Yo ya había escrito la anterior. Esperó a que la tachara.
Hubo uno que no quiso acercarse. Desde donde estaba vio el cuaderno, volvió la mano con la palma hacia abajo y siguió trabajando en el borde de un cesto. El hombre que traducía no insistió. Tampoco yo, aunque en la página dejé sin terminar el renglón que había empezado para él.
Al terminar conté los nombres. Me faltaba la edad de uno y en dos lugares había escrito signos de interrogación. El trabajador de la escalera se apoyó en el cerco, tan cerca que una astilla le rozaba la camisa, y señaló la hoja.
—¿Para qué? —preguntó en castellano.