10 · Matrícula #3
Por San Bernardo, las fachadas se sucedían sin dejarme ver dónde acababa una casa por dentro.
Había portales cuyo suelo continuaba más allá de la claridad, tiendas bajas con cristales que devolvían el movimiento de los coches y, encima, balcones donde una persiana mal recogida permanecía inclinada durante semanas.
Aprendí el camino por esas desigualdades.
Al salir de clase me gustaba alargarlo, entrar en una calle de la que solo conocía el comienzo y encontrar después, al desembocar en otra, una fachada que hasta entonces había visto desde el lado contrario.
Una tarde llegué tarde a comer y tuve que explicar que no me había perdido.
La patrona me dejó repetirlo mientras retiraba el plato vacío que había puesto en mi sitio.
Guardé el resguardo de matrícula de la Central donde no pudiera confundirse con las cuentas de la patrona.
En unos papeles escribía José Yap; en otros añadía de Silva.
La primera vez que lo hice tardé tanto en terminar que el empleado me preguntó si faltaba algo.
Contesté que no. Después miré lo escrito, procurando averiguar si había reservado para las dos últimas palabras más espacio del que necesitaban.
Una mañana me llamaron chino al pasar junto a un grupo.
Volví la cabeza antes de decidir si debía hacerlo.
El que había hablado aguardó mi respuesta con la boca entreabierta, y otro se rio mirando hacia otra parte.
Continué andando. Había preparado una frase para explicar de dónde venía; la repetí en silencio al llegar a la esquina, cambié una palabra y la repetí otra vez.
Entré en una tienda a comprar tinta. Allí dije solamente lo que quería y esperé a que envolvieran el frasco.
Pagué una suscripción a un periódico entre varios estudiantes.
Cuando se imprimió la lista apareció José, sin apellido, entre dos nombres completos.
Llevé el ejemplar al cuarto, busqué el recibo y comparé las cantidades.
Eran las mismas. Había escrito mi nombre entero al entregar el dinero; conservé el recibo dentro de la hoja impresa y no fui a pedir que lo corrigieran.
Durante dos tardes tuve pensado hacerlo al día siguiente.
El veinticinco de junio de 1884 fui al Restaurante Inglés, donde se celebraba el banquete en honor de Luna e Hidalgo.
Había visto sus nombres impresos, había oído hablar de las medallas y quise ver entrar a quienes habían sido invitados.
Antes de salir conté el dinero que llevaba. No alcancé a gastar nada allí.
Llegué cuando aún pasaban hombres hacia el comedor.
Desde la puerta se distinguían fragmentos de las mesas, una hilera de vasos y, entre dos espaldas, el paño blanco de un lugar dispuesto para alguien que todavía no se había sentado.
Un camarero detuvo a otro para quitarle una mancha de la manga.
El segundo esperó con la bandeja levantada, los ojos fijos en lo que transportaba.
La conversación de dentro subió al mismo tiempo en varios sitios y luego descendió por partes.
Permanecí junto al paso, dejando sitio a quienes entraban.
Cada vez que alguien abría la puerta llegaba más olor de comida y se alteraba la disposición de los cuerpos que yo alcanzaba a ver; el hombre situado frente al hueco había girado, una silla vacía estaba ocupada, una cabeza se inclinaba para escuchar al vecino.
Me moví dos veces para recuperar la vista de la mesa.
A la tercera me aparté antes de que fuese necesario pedírmelo.
El precio del cubierto estaba escrito en una hoja que vi desde allí: veinte pesetas. Lo comparé con lo que había apartado para el alojamiento. Después dejé de hacer cuentas, porque alguien comenzó a hablar y desde mi sitio solo se entendían las frases que no coincidían con el ruido de la vajilla.
Oí el nombre de Rizal. El hombre que hablaba quedaba fuera del ángulo de la puerta; escuché su voz y, durante un instante, vi levantarse una mano más allá de los hombros de quienes lo tapaban.
Hubo palabras que llegaron enteras y otras que reconstruí equivocadamente, hasta que el comienzo de la frase siguiente me obligó a dejarlas.
No anoté un discurso. Me quedé escuchando, con una moneda sujeta entre dos dedos dentro del bolsillo.
Dijo la juventud filipina. Había oído y leído aquel adjetivo antes; aquella vez no tuve que buscar qué apellido o qué condición dejaba fuera.
Por el lugar donde estaba, tampoco podía asegurar a quién miraba.
Permanecí en la puerta mientras los de dentro levantaban las copas.
Alguien se desplazó y volví a ver el lugar que al llegar seguía vacío: lo ocupaba un hombre inclinado sobre su plato.
Esperé a que se reanudaran las conversaciones.
Podría haberme quedado para ver salir a los pintores, pero ya era noche cerrada y no sabía cuánto duraría la cena.
Bajé a la calle. Cerca del restaurante una persona se detuvo para dejar pasar un coche y yo me detuve a su lado; cuando siguió andando lo hice también, aunque iba en otra dirección.
En el cuarto encendí la luz y abrí el cuaderno por una hoja nueva. Apunté el precio del cubierto que no había pagado. Debajo escribí filipinos. Esperé a que se secara la tinta antes de cerrar; en Madrid, en junio, el papel no se abarquillaba.