El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 10 · Matrícula #2
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10 · Matrícula #2

Mi madre leyó la línea. Cogió un libro que tenía al lado, pasó el pulgar por el canto y lo dejó donde estaba, sin abrirlo.

Luego se levantó. Junto a la ventana que daba al patio estaba la cruz de plata, colgada del clavo por el cordón oscuro.

La descolgó, apartando primero el lazo para que no se enganchase en la cabeza del hierro, y la puso sobre la mesa.

Buscó en la última hoja de su libreta de hule.

El testimonio estaba doblado en cuatro; al abrirlo tuvo que sostener los extremos hasta que dejó de levantarse por las líneas del pliegue.

Una mancha de aceite transparentaba parte del papel, sin ocultar las palabras. Lo acercó a mi lado y retiró la mano.

Leí la fecha de la escritura, doce de febrero de 1861.

El testimonio había sido expedido el quince.

Alejandro de Silva y Cañizares reconocía al referido José por su hijo natural; después venían el apellido que podía usar, los derechos de su clase y los veinte pesos señalados para alimentos.

Volví atrás. Había pasado por mi nombre sin detenerme y necesité encontrarlo otra vez, entre el de mi madre y una frase donde se hacía constar que ambos estaban libres para casarse.

Intenté imaginar al hombre que había hablado ante el escribano.

Le di una voz parecida a la de un profesor, después a la de un cliente de mi madre, y aparté las dos porque las reconocía demasiado.

Había oído contar cosas de él, pero al querer ordenarlas ninguna me indicaba cómo habría pronunciado mi nombre.

Me quedé leyendo los nombres de los testigos, hombres a quienes no habría reconocido por la calle y que habían estado presentes cuando aquello se dijo.

Mi madre aguardaba al otro lado de la mesa.

Yo llevaba años viendo aquel papel asomar de la libreta y nunca le había pedido que lo abriera.

El documento disponía que se presentase al párroco para la toma de razón. Yo había visto aquella mañana el lugar donde debía ir la nota. Puse la certificación a su lado; no encajaban los pliegues, de modo que una esquina de la hoja nueva tapaba el nombre del escribano.

—Tu padre firmó. Lo demás lo firmaron ellos.

Mi madre dobló el testimonio por sus cuatro pliegues y lo devolvió a la libreta. Después siguió cuadrando la columna del mes.

En 1876 empecé el curso preparatorio. Los estudios de Derecho vinieron después, y entre unas matrículas y otras permanecí en Santo Tomás hasta 1883. No conservé todas las cuentas de aquellos años. Conservé suficientes para reconocer los meses en que copiaba más páginas de las que podía estudiar.

El papel lo compraba por separado. Al principio calculé el precio de la copia por la extensión del original, sin contar las palabras que había que preguntar; perdí una tarde en un apellido y cobré como si lo hubiese leído a la primera.

Después aprendí a mirar la letra antes de comprometer el trabajo.

Algunos compañeros escribían de manera clara hasta llegar al punto que no habían entendido.

Allí reducían el tamaño, apretaban los renglones y me entregaban una dificultad que no podía resolverse con una pluma más fina.

En las aulas había bancos donde el pulimento de la madera se interrumpía alrededor de una hendidura antigua.

Uno podía escoger entre el sitio donde llegaba mejor la voz y el que permitía apoyar entero el cuaderno.

La lluvia oscurecía los corredores desde fuera; al comienzo se veía avanzar una línea sobre las losas, luego el agua se detenía y quedaba una franja donde los zapatos dejaban huellas que tardaban en borrarse.

Los volúmenes abiertos recibían el aire del patio.

Algunos días una hoja se levantaba por una esquina y rozaba mi mano cada vez que intentaba sostener la línea con el dedo.

Leí las Partidas y las Leyes de Toro entre apuntes que pertenecían a otros.

Había condiciones, clases de hijos, maneras de acreditar una cosa; yo copiaba la regla completa antes de buscar lo que podía servir para mi caso.

En más de una ocasión fui directamente al final, di por entendido un requisito y tuve que volver al comienzo.

No siempre podía echarle la culpa al cansancio.

El callo del dedo corazón apareció temprano y fue cambiando la forma de sujetar la pluma.

Me corté un trozo de tela para apoyarla, pero la tela resbalaba y acabé dejándola en el cajón.

Si una copia quedaba bien, la miraba antes de entregarla.

Me gustaba ver una página sin vacilaciones, aunque recordase cada sitio donde había tenido que detenerme.

A veces demoraba la entrega unos minutos por seguir viendo allí mi letra.

Mi madre seguía atendiendo a sus alumnas y a los lectores.

Cuando yo volvía quería hablarle de lo que había estudiado; ella quería saber si había pasado por una casa y si el libro encargado vendría esa semana.

Aprendí a empezar por sus preguntas. No siempre tenía después tiempo para las mías, y no siempre lo que había preparado para decirle seguía pareciéndome tan necesario al terminar de cenar.

Para Europa reunimos documentos y dinero por caminos distintos.

La certificación de bautismo viajó conmigo; el testimonio del reconocimiento quedó en la libreta de mi madre.

Antes de cerrar el equipaje hice una relación de lo que llevaba.

Incluí la ropa, los papeles, un libro que debía devolver y el importe del viaje.

Al releerla añadí una prenda que había olvidado, sin rehacer la suma.

En Madrid me alojé en la calle del Príncipe.

Durante los primeros días pregunté por la Universidad Central como si aquel nombre bastara para indicar una dirección, y tuve que aprender que me enviaban a San Bernardo.

Llevaba los documentos sujetos entre dos cartones; al cruzar una calle los apretaba bajo el brazo, del mismo modo que había cruzado Binondo con los libros de otro.

La patrona me explicó la cuenta antes de enseñarme el cuarto. Separaba comida, lavado y luz, y señaló lo que tendría que pagar aunque no lo utilizara. Yo repetí las cantidades para asegurarme de haberlas entendido. Ella pensó que regateaba y volvió a decirlas más alto.

La habitación recibía luz de un patio. No había una superficie continua que mirar enfrente, sino ventanas desiguales, galerías, un tramo de pared de color más reciente y cuerdas que se cruzaban a distintas alturas, de manera que una prenda tendida podía taparme una ventana cuyo dueño yo todavía no había visto.

A primera hora alguien sacudía una alfombra sin asomarse; caía polvo, quedaba suspendido un momento en la claridad y descendía por partes hasta donde no alcanzaba la vista.

Los sonidos llegaban por aquel hueco con una proximidad que me hizo contestar dos veces a personas que hablaban en otro piso.

Al comenzar la primavera, el agua del jarro me obligaba a retirar las manos.

Me vestía con rapidez y luego tenía que desabrocharme para acomodar una camisa mal metida.

Por las calles, el frío no estaba en todas partes: salía de un portal, cruzaba una esquina, desaparecía durante unos pasos y volvía cuando yo ya había soltado el cuello del abrigo.

La piedra se secaba de otra manera. Había polvo fino entre las juntas incluso cuando un alero conservaba una gota, y los zapatos regresaban con un borde claro que tenía que quitar antes de acostarme.