10 · Matrícula
Mi madre guardaba las cuentas del colegio entre las de quienes le debían libros. En el primer renglón figuraba mi nombre; debajo, con otra tinta, lo que había costado vestirme. Antes de saber cuánto duraría una asignatura supe lo que había que añadir si las mangas quedaban cortas.
En la papeleta del colegio pusieron José Yap.
En la libreta de casa había una columna antigua donde se leía de Silva, sin cantidad debajo.
Conocía el nombre de mi padre, conocía la ciudad donde había muerto; de niño había unido ambas cosas en una contestación que servía para que dejaran de preguntar.
De Silva no me resultaba una palabra prohibida.
La dificultad era usarla cuando había alguien esperando, pluma en mano, a que yo terminara de decir cómo me llamaba.
Mi madre prestaba gramáticas, historias, libros de cuentas, y fiaba hasta marzo a quienes acordaban ese plazo.
A los demás les señalaba otro. Yo llevaba los volúmenes envueltos, con dos vueltas de bramante, y recibía instrucciones que ocupaban menos tiempo que el recorrido.
Había que traer el dinero o la fecha, no volver con la explicación sola.
Las explicaciones se alargaban en los portales, sobre todo cuando llovía y nadie deseaba abandonar la parte seca.
Aprendí a poner los libros en el brazo izquierdo y a sacar el recibo con la derecha.
Algunos padres me preguntaban primero por mis estudios; yo contestaba esperando que al terminar sus preguntas hubiera aparecido el dinero.
Otros pagaban sin mirarme y continuaban una conversación que yo no podía escuchar completa.
También hubo quienes me hicieron pasar, me dieron de beber y buscaron las monedas hasta encontrarlas, aunque fuese necesario dejar abiertas todas las cajas de la habitación.
A esos volvía con menos rapidez de la que mi madre esperaba.
Binondo cambiaba de ancho según lo que yo llevase.
Sin paquete podía pasar entre la rueda de un carro y los cajones de una tienda; con cuatro tomos tenía que retroceder hasta el portal, pegarlos al pecho y esperar a que avanzase el caballo.
Las ventanas superiores, corridas sobre sus guías, dejaban salir un aire donde se mezclaban la ropa húmeda, el aceite caliente y, algunas mañanas, una dulzura de fruta abierta que llegaba desde una casa cuyo comercio de abajo solo vendía herrajes.
Bajo los aleros quedaban gotas mucho después de haber cesado la lluvia.
Las evitaba por el libro, hasta descubrir al llegar que me habían mojado la espalda.
Por el puente pasaban estudiantes, carros y personas que podían escoger la hora de salir.
El río se abría a ambos lados con una amplitud que las calles no concedían: cascos oscuros, cubiertas ocupadas, sombras bajo las proas, una fila de remos que comenzaba a moverse cuando desde arriba ya parecía haber quedado abandonada.
A veces me detenía a mirar una barca vacía por la mitad.
Esperaba a que apareciese alguien en el hueco; me costaba aceptar que tanto trabajo se hiciera sin llenar del todo una embarcación.
Después tenía que andar deprisa hacia las calles de Intramuros, donde el sol se detenía en los muros y yo buscaba la sombra estrecha que quedaba junto a ellos.
Había días en que el aguacero justificaba un coche.
Mi madre anotaba ese gasto aparte para saber cuánto costaba la lluvia en un mes de colegio.
Una de aquellas anotaciones decía: coche, [6?
] reales. Los libros llegaban secos; mis zapatos, no siempre.
El cochero discutía la distancia mientras el caballo permanecía con la cabeza baja, quieto en el agua que corría por el adoquinado.
Al regresar de las entregas, antes de subir a casa, me demoraba junto al escaparate de una tienda que disponía los objetos por tamaños.
No recordé después qué vendían todos aquellos recipientes, pero sí que el más pequeño cabía dentro de los otros y que, cuando el dependiente tenía que mostrar uno intermedio, levantaba los de arriba con una delicadeza que no empleaba para nada más.
Yo quería poseer una serie completa. Me habría bastado con una tarde para sacarlos, volverlos a guardar y comprobar que no faltaba ninguno.
En casa había objetos que solo podían usarse si otro estaba libre: una mesa, una lámpara, el libro por el que aguardaban dos estudiantes.
Aquellos recipientes permanecían juntos sin que nadie necesitara repartirlos.
En casa teníamos también las cuentas del gremio de mestizos.
No las llevaba yo, pero me mandaban buscar el papel del año anterior y reconocía nuestros nombres antes de entender las cantidades.
Mi madre ponía aquella contribución en un lugar distinto de la matrícula escolar.
Me obligó a empezar otra hoja cuando intenté reunirlas para ahorrar espacio.
Los sábados mi madre revisaba los libros devueltos.
Sabía dónde habían apoyado un vaso, qué hoja habían plegado para señalar una lección y cuáles venían con tierra dentro.
No consideraba iguales todas las manchas.
La de un alumno que estudiaba mientras comía podía pasar; el recorte de un margen, no.
Una vez llegó un volumen sin la guarda donde ella había apuntado el precio.
El muchacho sostuvo que la había quitado porque no decía nada.
Mi madre le dio una hoja y le pidió que escribiera allí lo que acababa de decir.
Cuando aprendí a cobrar con soltura empecé a esconder algunas demoras.
Un compañero me había prometido pagar al vender su padre una carga; yo repetía esa frase como si hubiese visto la carga.
Mi madre no fue a reclamar. Me hizo llevar el libro de vuelta a nuestra casa y apuntó la cantidad pendiente.
Durante varios días el compañero evitó sentarse cerca de mí.
Luego me pidió prestada una pluma. Se la dejé y él me devolvió dos.
En uno de los últimos exámenes del Ateneo tuve que traducir un pasaje que había repasado en voz alta.
Esperé en un corredor desde el que se veía una porción de patio, la base de una columna y los pies de quienes cruzaban al otro lado.
Los que salían nos miraban un instante antes de decidir si iban a hablar.
Un alumno aseguró que no habían preguntado nada difícil; llevaba el libro abierto y volvió a leerlo mientras lo decía.
Yo había estudiado con una edición prestada que debía devolver aquella misma tarde. Me encontraba repasando la página que más me costaba cuando oí Yap. Cerré demasiado deprisa y cogí entre las hojas un hilo del puño. Lo arranqué al levantarme. Entré procurando que no se viese.
El examinador me hizo leer, dejó que tradujera y volvió después a la primera oración. Tenía el dedo sobre una palabra que yo había pasado sin detenerme.
—¿Quién realizó la acción?
Le di el nombre que había recordado de mis apuntes.
Me pidió el caso de la palabra y tuve que contestar otra cosa.
Desde mi asiento distinguía la parte inferior de una ventana abierta; por ella llegaba el ruido de una rueda que parecía no acabar de pasar.
Yo sabía ya dónde había empezado a equivocarme, pero intenté mantener lo que había dicho modificando el resto de la frase.
Conseguí que nadie hiciera nada comprensible.
El examinador retiró el dedo.
—Empiece otra vez.
Volví al principio. Hice la traducción más despacio, con dos pausas que no pertenecían al texto.
Cuando terminé, el hombre escribió en su hoja y me indicó que saliera.
No pronunció mi apellido de nuevo. Yo había temido que lo pronunciara, aunque mi apellido no había intervenido en ninguna de las respuestas.
En el corredor, los otros quisieron saber qué me habían preguntado. Les mostré el pasaje y marqué con la uña la terminación que no había visto. Uno empezó a explicármela. Lo dejé hablar hasta que terminó; después fui a devolver el libro.
Mi madre examinó el canto, encontró el hilo arrancado y lo retiró sin decir nada.
Me preguntó por la traducción mientras lo enrollaba entre los dedos.
Yo referí la segunda, la que había conseguido hacer.
Ella quiso saber para qué había servido la primera.
No pude contárselo de una vez. Tuve que empezar por la rueda que se oía fuera.
En junio de 1876 fui a pedir la certificación de bautismo para continuar mis estudios en Santo Tomás. Había cumplido dieciséis años en marzo. La casa parroquial estaba cerca y salí sin llevar sombrero, calculando que regresaría antes de que mi madre terminase una clase.
Esperé más de lo previsto. El hombre que buscó la partida tuvo que retirar otro volumen, y mientras lo hacía apoyó mi solicitud sobre un banco.
Cuando abrió el libro reconocí el año antes que mi nombre.
Me dejó acercarme lo necesario para comprobar la fecha.
A la izquierda del asiento quedaba un margen ancho, sin nota alguna; en el cuerpo estaba escrito padre no conocido.
Pregunté si la certificación llevaría aquellas palabras.
Contestó que debía copiar lo que constaba.
No vi otra escritura ni otro libro. Recibí la hoja, la doblé por debajo del renglón final y salí a la plaza.
Un niño que aún no tendría diez años empujaba con una vara una rueda desprovista de todo lo demás.
La rueda se inclinaba hacia el mismo lado, y él la corregía golpeándola antes de que cayera.
Lo seguí con los ojos hasta que desapareció detrás de dos hombres.
No había empezado todavía a caminar hacia casa.
La clase acabó cuando llegué. Las niñas recogían los pizarrines y mi madre se había sentado junto a la mesa de los préstamos. Esperé a que saliera la última. Le mostré la certificación, al principio por el reverso; tuve que volverla para señalar las palabras.
—¿Por qué lo pone?