El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 9 · Cuenta de tutela #3
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9 · Cuenta de tutela #3

En el expediente quedó la autorización para simultanear cursos, concedida después de los exámenes.

La nota del curso anterior era muy bueno; la conducta, buena.

El quinto y el sexto semestre se cursaron enteros.

Piedad reunió los recibos del tiempo de preparación con los de la Academia, pero hizo dos paquetes.

En el segundo, las prendas llevaban ya el nombre del proveedor y una señal junto a las que habían necesitado arreglo.

En octubre de 1875 marchó a Toledo con la Academia. El viaje entró en un renglón propio.

Desde el camino de subida, la ciudad presentaba muros de distintas alturas, tejados interrumpidos y calles que desaparecían tras un cambio de dirección.

Las ruedas se acercaban a las fachadas al tomar las curvas; en los pasos estrechos había que retirar un cesto o esperar a que terminase de bajar una caballería.

Más arriba se abría un trecho de cielo, volvía a cerrarse entre dos aleros y reaparecía al desembocar en una plaza.

Carlos llevó el equipaje hasta donde le indicaron.

El baúl de Alejandro permaneció en Madrid.

El Alcázar ocupaba la parte alta. En los patios y corredores, el paso de los alumnos se oía antes de verse; al cruzar una puerta, el repiqueteo perdía fuerza.

Al amanecer estaban los zapatos alineados, la ropa preparada y agua en las jofainas.

Carlos se afeitó las primeras veces inclinándose sobre la poca claridad de una ventana.

Bajaba después con el cuello húmedo y una raya de jabón junto a la oreja.

En la formación, otro alumno le señaló la raya.

Se limpió con el pulgar y dejó la mano inmóvil contra la costura.

En los ejercicios se gastaron suelas, papel y mangos de pluma.

Los patios mojados obligaban a corregir el apoyo del pie; en las habitaciones, la ropa tardaba en secarse en los sitios que quedaban lejos del aire.

Los días despejados abrían, desde los puntos altos, una extensión de laderas, tierra descubierta y curvas del río.

Durante los paseos, Carlos detenía el paso donde lo detenía el grupo.

Sacaba una libreta si había que anotar una distancia.

Al regresar limpiaba el barro de las botas antes de ponerlas junto a las otras.

En las calles bajas, el sol llegaba primero a las ventanas del lado opuesto y descendía despacio hasta el empedrado.

Las tiendas tenían un escalón en la entrada; las puertas, herrajes oscuros al alcance de la mano.

Al pasar los alumnos en grupo, los vecinos se arrimaban a las jambas o esperaban dentro con lo que llevaban comprado.

De un taller salían golpes separados, interrumpidos durante el tiempo de cambiar una pieza.

En otro se trabajaba sin abrir las puertas del todo.

Los domingos, Carlos recorría parte de esas calles con los guantes puestos, se detenía ante un escaparate y continuaba la marcha antes de que sus compañeros alcanzasen el cruce.

Las cartas a su abuela indicaban la fecha del siguiente examen y lo que faltaba en el equipo.

La hoja de estudios reunió cursos, ejercicios y calificaciones.

En los registros de asistencia no tuvo faltas.

Los exámenes añadieron fechas a las cuentas de Piedad; los recibos del uniforme añadieron remiendos.

En 1876 obtuvo su despacho. El portalápiz de plata que le regaló su abuela tenía una mina dura y un cierre que hubo que probar dos veces.

Carlos lo guardó en el bolsillo interior.

En julio, Piedad llevó a Toledo los papeles de Alejandro.

Al entregárselos pasó la mano por encima del legajo ya alisado.

Entre las cartas estaba la copia manuscrita enviada por Rosario en 1861.

Carlos leyó dos veces el reconocimiento de José.

Copió la fecha del otorgamiento, doce de febrero de 1861, y el apellido Yap en su libreta.

Luego ató los papeles y se los devolvió.

Piedad los llevó de vuelta a Madrid. Él los guardó en el armario al regresar a la casa.

El retrato y el espejo seguían en sus sitios.

Los gastos siguientes ocuparon otra página. Las cuentas anteriores quedaron cosidas por años, con los justificantes pequeños doblados hacia dentro.

A finales de 1876, antes de salir de la casa, Carlos entró en el gabinete. Llevaba puesto el uniforme. El brasero calentaba la habitación; Piedad había separado su falda del borde de la tarima. Sobre la mesa estaban el libro de caja cerrado y la llave de la vitrina.

Carlos cogió la llave. Abrió la puerta de cristal y tomó el espejo por el mango. Tuvo que inclinarlo para librar el estante superior. La cara amarilla recogió el cuello del uniforme y la parte baja de su rostro.

Piedad levantó los ojos. Carlos apoyó el pulgar en la funda de plata dorada y mantuvo el disco delante del pecho. El metal estaba frío.

Volvió a dejarlo sobre el terciopelo, con la cara hacia la habitación. Cerró la vitrina. Al retirar la llave, el cristal vibró contra el marco.

El calor del brasero le llegaba a las piernas. Tenía todavía fríos los dedos de la mano derecha.