9 · Cuenta de tutela #2
Las visitas preguntaban si se parecía a su padre.
Después hablaban de oficiales, de destinos, de un conocido que había regresado de África.
La campaña de Alejandro era la guerra de China.
Su muerte había ocurrido en Ultramar. En las conversaciones delante del niño, Manila apenas servía para señalar de dónde venía una caja.
La palabra escritura no se pronunció ante él.
En diciembre de 1865 Piedad puso cinco recibos sobre la mesa y un cuaderno limpio delante de Carlos.
—Escriba.
Él trazó una raya vertical con el borde de la regla. Apuntó colegio, ropa, coche, libros y dentista. Su abuela dictó ciento veinte reales, ochenta, veinticuatro, dieciséis y cuarenta. Carlos sumó doscientos sesenta.
Piedad le hizo repetir desde abajo. Al llegar a la ropa, él cambió la posición de un dedo. Escribió doscientos ochenta y acercó el cuaderno.
—Ahora quite el coche.
Restó veinticuatro.
—¿Vamos andando?
—Ahora póngalo otra vez.
Carlos devolvió la cantidad a su columna. Al pasar la suma a tinta dejó un punto grueso sobre el cero. Piedad puso el secante, lo levantó y examinó el reverso. Él esperó con la pluma en alto. Una gota cayó sobre la uña del pulgar.
Su abuela le dio el paño antes de tocar el cuaderno.
Las lecciones de montar entraron después.
Carlos ya sumaba las cuentas menores cuando le enseñaron a acomodar el pie en el estribo.
Volvió de la primera lección con barro en una manga y una costura abierta en la entrepierna.
El arreglo fue a la columna de ropa; la lección conservó su importe.
Piedad sujetaba por el borde las prendas manchadas y las entregaba a la criada.
Las prendas limpias se doblaban sobre la cama hasta la inspección del día siguiente.
En 1866 el libro anotó el collar del perro.
El animal dormía en el paso de la cocina y arrastraba su manta hasta la puerta del cuarto de Carlos cuando la dejaban abierta.
A lo largo de tres inviernos se pagaron comida, una cura y otra hebilla.
En 1869 murió. La criada lavó la manta y la tendió dos veces; todavía conservaba pelo en los bordes.
Carlos retiró el cuenco, lo fregó y lo puso boca abajo.
Durante una semana cerró la puerta dejando el ancho por el que había entrado el perro.
Después la cerró entera. Nadie anotó lágrimas.
El gasto de retirar el cuerpo quedó debajo del carbón.
La escritura del niño perdió las vueltas de la primera cartilla.
En los cuadernos de 1870, el apellido llegaba a la raya del margen y se detenía allí; los números ocupaban casillas de igual anchura.
Carlos sacaba punta al lápiz con un cortaplumas.
Las virutas caían sobre una hoja aparte, que doblaba antes de levantarse.
Una vez apareció un corte en el índice izquierdo.
Lo cubrió con un trozo de tela y siguió copiando las cuentas.
El vendaje se manchó de mina por el lado que tocaba la regla.
En aquellos años, las tardes del gabinete se repartían entre el escritorio de Piedad y la mesa lateral.
La señora trabajaba junto al balcón de la derecha; él, más cerca de la puerta.
Al caer el día se encendían las luces y se retiraban las cortinas de donde pudieran recibir la llama.
Los cristales de la vitrina devolvían dos habitaciones superpuestas: la mesa que estaba delante y los estantes de dentro.
Para alcanzar el anillo de Alejandro había que abrir la puerta hasta borrar del cristal la manga de quien lo buscaba.
En las visitas de los abogados, Carlos recogía sus cuadernos.
Los hombres extendían los papeles de los censos y del arrendatario de Ciudad Real, consultaban una nota y pedían otra.
Piedad sacaba el libro de caja sin apartar la mano de la cubierta.
En el comedor, el muchacho continuaba la tarea entre el aparador y el paso de la cocina.
El ruido de una silla en el gabinete le hacía levantar la cabeza; volvía a bajarla antes de que se abriera la puerta.
En 1871 se compraron dos libros de aritmética y una regla nueva.
En 1872 se pagaron lecciones de francés.
El profesor se llevaba los ejercicios doblados y los devolvía con una señal junto al error.
Carlos copiaba la frase completa. Los papeles de corrección quedaron juntos, sujetos por una cinta, mientras los cuadernos terminados entraban de canto en un armario del corredor.
Piedad anotó el número de lecciones al lado de cada pago.
Si faltaba la firma del profesor, dejaba pendiente el asiento.
En 1873 comenzaron los gastos de preparación para la carrera militar.
Carlos seguía viviendo en Madrid. Salía con los libros bajo el brazo y regresaba antes de que retirasen la comida.
El uniforme aún no estaba en el armario.
Allí continuaban el abrigo rehecho, el traje oscuro y una camisa cuyo cuello se había cambiado dos veces.
La cuenta del año incorporó copias de documentos, papel para ejercicios y honorarios de enseñanza.
El muchacho cumplió dieciséis años el tres de noviembre.
La formación de Infantería empezó en Madrid.
Las cuentas de 1874 registraron el uniforme, las prendas interiores marcadas y las composturas.
En las listas, Carlos de Silva y Alcázar respondía por los dos apellidos.
Aprendió a presentar un arma, a mantener una distancia y a recoger los objetos antes de abandonar una mesa.
La práctica de esgrima le abrió una ampolla en la mano; la piel se secó y volvió a levantarse.
En el dedo corazón persistió el relieve producido por el lápiz.