El reflejo de Oriente. El espejo Makyo 9 · Cuenta de tutela
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9 · Cuenta de tutela

El baúl llegó después del cumpleaños. Carlos tenía cuatro años y alcanzaba el cierre inferior.

Los hombres lo dejaron en el gabinete, sobre una manta doblada junto al escritorio. Doña Piedad firmó el recibo de la conducción que había pasado por Marsella. Esperó a que salieran; luego hizo traer unas tijeras y abrió el baúl.

Sacó los libros, el cuaderno y el legajo.

Partió el lacre y cortó el bramante. Había sobres de distintas medidas, pliegos abiertos, una cubierta con la letra de Alejandro.

Separó el sobre fechado el veintiséis de julio y metió la punta de las tijeras bajo la solapa.

Leyó la carta entera, hasta la firma. Volvió al párrafo con la mancha junto a la primera letra de José.

Alisó el papel con la mano y lo dobló. Leyó los demás pliegos, los reunió y volvió a atar el legajo.

Carlos seguía la lista con el índice. Su abuela le retiró la mano para que no tapase las letras.

—Catorce.

El niño dijo el número. Después leyó «un espejo» y se detuvo en «metal». Piedad acercó el inventario al borde de la mesa. Él separó las sílabas de amarillo; volvió a juntarlas con la uña debajo de la palabra. En nácar tuvo que empezar otra vez.

La caja de madera estaba abierta. Su abuela levantó el espejo con el paño, lo dejó junto al reloj y al anillo y escribió en el libro de caja la fecha de entrada. No anotó la apertura del legajo.

El gabinete daba a la calle de Alcalá. Dos balcones altos recibían el polvo de los coches; entre las hojas de las contraventanas, aun cerradas, quedaban rendijas por las que entraba el ruido de las ruedas y se depositaba una raya gris en el antepecho.

La criada barría primero esa raya. Después recogía las migas del desayuno y sacudía en el patio el paño del escritorio.

Los viernes retiraba las sillas, enrollaba una punta de la alfombra y alcanzaba con el cepillo el espacio que quedaba bajo la cómoda.

Sobre su tablero había un retrato pequeño, un vaso para las flores y un devocionario.

El retrato había venido de Manila en 1858, hecho en la Escolta.

Mostraba a Alejandro sentado, con una mano junto al borde de la mesa.

Carlos lo señalaba cuando le preguntaban por su padre.

En enero de aquel año había estado en sus brazos, antes del embarque; en la casa, tres años después, solo aquel rostro inmóvil acompañaba el nombre.

La chaqueta conservaba el mismo pliegue.

El marco tenía un apoyo corto y caía si se empujaba la cómoda contra la pared.

Carlos aprendió a sujetarlo antes de que la criada terminase de mover el mueble.

Los papeles ocuparon un cajón. Dentro del cuaderno permaneció la hoja doblada que contenía el recibo en caracteres chinos; en el diccionario, la hoja suelta.

La Guía de Forasteros quedó entre ambos libros.

Piedad no desplegó el recibo ni buscó a nadie que lo leyera.

En la copia del inventario de Saigón, las prendas y las armas llevaban número de lote y nombre de comprador.

Esos ocho primeros números no llegaron a la casa.

El envío de efectos empezaba en el nueve y terminaba en el dieciséis; el espejo conservó el catorce cuando Piedad escribió su señal en la cubierta de la caja.

Los ciento cincuenta y tres pesos y las tres ligaduras constaban aparte, con la advertencia sobre cuentas y derechos pendientes.

Ella copió las cantidades sin reducir las ligaduras a moneda española.

En el libro doméstico no las sumó al dinero destinado al colegio.

Los gastos de Madrid se asentaron bajo sus propias fechas y con sus propios recibos.

El inventario de la testamentaría madrileña llamó al espejo «efecto de Ultramar».

La lista remitida de Saigón quedó detrás, doblada por los pliegues del viaje.

La vitrina se colocó contra el paño de pared entre los balcones, de espaldas a las ventanas.

Al abrir sus puertas de cristal aparecían dos vasos, una caja de rapé vacía y un plato que había que levantar para sacar lo de abajo.

El espejo entró en el estante central. Se guardó la caja de madera; el disco quedó apoyado, con la cara hacia la habitación y el mango sobre un trozo de terciopelo.

Para limpiar el cristal se sacaba el plato.

Para limpiar el espejo se pedía la llave.

Piedad lo llamó el espejo chino de papá. La criada repitió el nombre al ordenar a Carlos que se apartase. Él lo empleó después para distinguirlo del espejo rectangular de su cuarto, junto al que le abrochaban el cuello.

Una tarde de aquel noviembre, con el brasero encendido y los balcones cerrados, Piedad abrió la vitrina para sacar el reloj. Carlos se acercó. Ella dejó la llave puesta mientras daba cuerda; el niño introdujo las dos manos, levantó el espejo y lo sostuvo contra el pecho.

El disco le devolvió una cara amarilla. Movió la boca. La boca del metal se abrió; al elevar un poco el mango aparecieron los ojos. Carlos pasó un dedo por su mejilla y volvió a mirar.

—Déjalo en su sitio.

Buscó el terciopelo con el extremo del mango. El disco golpeó suavemente un vaso. Piedad lo sujetó antes del segundo golpe y lo dejó apoyado.

Carlos mantuvo las manos debajo, abiertas, hasta que ella cerró la puerta. Nadie habló del metal. El reloj empezó a sonar en la mesa.

En enero de 1862 llegó la carta de Rosario Yap con la copia de la escritura.

Piedad guardó ambas hojas junto a la carta original de julio.

Su respuesta salió fechada el veinte de enero.

En el paquete quedó una minuta, con espacio entre la última línea y el nombre.

En el libro de caja, bajo la columna de cantidades recibidas, escribió: «Manila.

Nada». Los gastos del correo estaban en otro renglón.

La casa siguió pagando el carbón, las velas, la ropa del niño y los recibos del colegio.

En cada trimestre aparecían unas botas nuevas o la compostura de las anteriores.

Los zapatos que dejaban de servirle se conservaban varios meses con el papel del zapatero metido en uno de ellos; luego salían por la cocina. El papel quedaba en la cuenta.

Piedad llevaba negro desde la muerte de Antonio, en 1859.

Después de los funerales de Alejandro añadió crespón a las mangas.

Las facturas de luto riguroso continuaron durante los dos años siguientes; las telas negras, después.

En verano apartaba el puño antes de meter la mano en el cajón y se quitaba el anillo para cerrar el libro.

La señal del aro persistía en el dedo mientras contaba.

Los días de más calor, Carlos debía sujetar las hojas para que no las levantara el aire del balcón.

Si soltaba una para espantar una mosca, empezaban otra vez por el primer recibo.

Las cuentas de tutela tenían rayas verticales.

A la izquierda iban las fechas; a la derecha, las cantidades; el concepto ocupaba el espacio intermedio.

Piedad escribía primero a lápiz, cotejaba las notas y pasaba la suma a tinta.

Al final del año reunía los justificantes por su orden y extendía la cuenta que debía entregarse a quienes llevaban los asuntos del menor.

En el ejemplar de casa añadía su «conforme».

Las hojas volvían al cajón, bajo la cuenta del año anterior.

En 1863 aumentó el renglón de ropa. Carlos había dejado cortas las mangas del traje de los domingos y las del abrigo.

El sastre soltó una costura, sacó el doblez y mostró la franja de paño que conservaba su color.

Piedad pidió que se arreglaran las mangas; el cuerpo del abrigo todavía abrochaba.

La factura separó la hechura de los botones.

Carlos llevó los viejos al colegio en el bolsillo y regresó con dos menos.

En 1864 apareció el dentista. El niño volvió con una gasa apretada entre los dientes.

Comió caldo y dejó enfriar la taza sobre el plato.

Al día siguiente, la criada encontró debajo de su almohada un papel con el diente envuelto.

Piedad guardó el recibo del dentista; el papel de la almohada pasó a una caja pequeña, con dos botones y una cinta. En las cuentas solo figuró la visita.

Desde el balcón del gabinete se veía un trecho de calle suficiente para seguir un coche hasta la esquina.

Por la mañana, las ruedas levantaban agua o polvo según la estación; al mediodía, en los balcones de enfrente, las sábanas tendidas sobre las barandillas ocultaban la parte baja de las ventanas.

Carlos hacía los deberes en la mesa lateral.

Cuando la criada sacudía la alfombra, tenía que cerrar el cuaderno.

Cuando llegaban visitas, lo llevaba al comedor.

El estuche, la cartilla y la tabla de multiplicar cabían en una mano; con la otra retiraba el vaso antes de sentarse.

La vuelta del colegio terminaba en el zaguán, donde la humedad oscurecía la piedra alrededor de los quicios.

Carlos esperaba a que le limpiaran las suelas antes de pisar la escalera.

Los días de lluvia quedaban allí los paraguas, abiertos a medias, con una gota pendiente de cada varilla.

La luz del patio alcanzaba los primeros peldaños; más arriba había que subir junto al pasamanos hasta encontrar la claridad de otro rellano.

El niño llevaba los dedos por la madera y los retiraba donde estaba astillada.

Con los años empezó a salvar aquel tramo sin tocarlo.

Al llegar a la puerta de casa, la criada le quitaba la bufanda y comprobaba si conservaba los guantes.

Él extendía ambas manos antes de que se lo pidiera.